Aristoteles Onassis

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Aristóteles Sócrates Onassis (Αριστοτέλης Σωκράτης Ωνάσης) (*15 de enero de 1906 – † 15 de marzo de 1975) fue el magnate griego más famoso de la industria naviera del siglo XX.

Onassis nació en Izmir (Esmirna), en el Imperio otomano, en una familia de clase media griega. En el momento de su nacimiento, Esmirna tenía una importante proporción de griegos entre sus habitantes. Tras ser ocupada brevemente por Grecia entre 1919 y 1922, después de la victoria aliada en la Primera Guerra Mundial, la ciudad fue recuperada por Turquía y las propiedades de la familia Onassis se perdieron, forzándola a regresar a Grecia como refugiados.

Su padre se dedicaba al negocio del tabaco. Cuando los Jóvenes Turcos promueven en su país un fuerte movimiento nacionalista, uno de los más dramáticos episodios fue cuando Esmirna resultó arrasada. El joven Onassis huye a Atenas, donde la vida le fue durísima. Recuerda que tiene algunos parientes lejanos en un lugar exótico de Sud America llamado Buenos Aires, y decide emigrar con sus escuálidos ahorros. Se embarca en el Transatlántico italiano “Tomaso di Savoia” en Nápoles.

¡Quien le diría a aquel jovencito de 17 años, hacinado en las bodegas de aquel barco en las condiciones más precarias imaginables, que llegaría un momento en su vida en que se daria el gusto de poseer el yate personal más lujoso de todas las épocas, que vendria a aquel Mar Mediterraneo como principal escenario de sus faraónicas singladuras!.

De lava platos a consul

Llega Onassis a Buenos Aires en Setiembre de 1923 siendo Marcelo T.de Alvear el Presidente de la República. Estamos en la postguerra, lo que da lugar a una nueva avalancha de inmigrantes que se dirigen a la Argentina. El muchacho llega prácticamente indocumentado. Debe formalizar su situación en la Policía Federal. Y es en ese momento en que luego de darse cuenta que los “turcos” eran considerados como gente de bajo nivel, como los “rusos”, da como lugar de nacimiento a Salónica (Grecia).

Se instala en una pensión situada en Corrientes y Pueyrredón. De inmediato comienza a hacer prolongadas recorridas por el puerto procurando que algún barco (preferentemente griego) lo tomara de tripulante. No hay caso. El negocio naviero está en uno de sus momentos de crisis. Trabaja entonces de lavaplatos, pasa  luego a una tintorería, después se convierte en sereno. Hasta que sus lejanos parientes griegos lo meten de electricista en la Unión Telefónica, para lo cual previamente adopta la ciudadanía argentina, que jamás abandonará y que utilizará segun su conveniencia. Comenzó a aprender castellano. Adicionalmente a su puesto de electricista, consigue en la misma Unión telefónica que lo pongan en el turno de la noche como operador, lo cual mejora apreciablemente sus ingresos, al punto que comienza a mandar dinero a sus parientes en Grecia. Con las conversaciones telefónicas que escucha como operador, empieza a hacer algunos negocios con aceite de lino y cueros.

Le escribe al padre y lo entusiasma para que extienda a Buenos Aires el negocio del tabaco. Al mismo tiempo fue perfeccionando su inglés y su francés (dominaba el turco y el griego, desde luego) y hasta tomó lecciones de piano, aunque este desliz tan poco redituable le duró poco.

Simultáneamente con lo de la Unión Telefónica (16 horas diarias de trabajo) y lo del tabaco, comenzó a vivir de doble “laburante” y de cultor de los bares más distinguidos de la ciudad, bien vestido y engominado, en procura de conectarse para sus propósitos.

Se vincula con el magnate rioplatense Alberto Dodero, que se convirtió para Onassis en una especie de paradigma, al que trataba de imitar hasta en sus gestos. Por razones comerciales, también trabó amistad con el fuerte tabacalero argentino Juan Gaona (dueño de la empresa Piccardo). De distribuidor de tabaco, se convirtió en fabricante de cigarrillos con sus propias marcas. AIlá por 1928 el negocio del tabaco con Grecia le representaba alrededor de 2 millones de dólares al año.

Un día se entera que a raíz de la tirante situación que mantenía con Bulgaria, el gobierno de Grecia había establecido un recargo del mil por ciento a las importaciones de países con los cuales Grecia no tuviera un convenio de comercio vigente. Y resultaba que no había tal convenio entre Argentina y Grecia, lo que representaba un serio peligro de que al implantarse tan desmesurado recargo a los envíos de cereales y otras cargas, la Argentina adoptara medidas de represalia, y entonces, adiós el negocio del tabaco!. Onassis no vaciló un momento. Se embarcó con destino a Grecia, y se las arregló para que el recargo no rigiera en el caso Argentino.

Todo esto sucedía en 1929 momentos en que además de su ciudadanía argentina y a raíz del Tratado de Lausana, también obtuvo la nacionalidad griega como refugiado del Asia Menor. La cosa es que dado el predicamento que Onassis había adquirido entre la Comunidad griega de la Argentina, el gobierno de Atenas lo nombra Cónsul General de Grecia en Buenos Aires. Desde su flamante puesto de Cónsul, debía intervenir en el despacho de los barcos griegos que retornaban a Europa desde el puerto de Buenos Aires, a veces tres o cuatro barcos diarios. Esto no hizo mas que reavivar su ferviente inclinación por el mar. Con el tabaco ya había amasado una pequeña fortuna, pero veía cómo sus paisanos griegos ganaban dinero en abundancia con el transporte, entre otras cosas, del tabaco que él recibía de Grecia. Decidió hacerse armador, aunque mas no fuera que para emular a su ídolo don Alberto Dodero.

Armador bajo distintos pabellones

Dado el estado del negocio naviero en esos momentos, nada floreciente (salvo para los griegos), pensó que lo mejor era comprar cargueros de segunda mano a precios bajísimos, mantenerlos inactivos en amarre, y recuperar el momento en que los fletes se entonaran para hacer capote. Comenzó por comprar en Buenos Aires el carguero “María Protopapas”, de 7.000 toneladas de porte bruto (TPB), que estaba semilhundido en el Rio de la Plata, lo hizo reacondicionar, pero al poco tiempo este barco se perdió frente a Montevideo a raíz de una furiosa tempestad.

Comprobó luego que el mercado del Río de la Plata no ofrecía muchas posibilidades para lo que tenía pensado, y entonces se metió en el “Graff Zeppelin” para ver qué podía pescar en Europa. Su padre ya había muerto. Visitó varios países, entre ellos Suecia, a raíz de una recomendación que en tal sentido le hizo un amigo de Buenos Aires, que lo contactó con los directivos del astillero Gotaverken. Pero Onassis lo que quería eran naves de segunda mano, donde pudiera poner al máximo de potencia su capacidad levantina de regatear los precios. Lo de mandar a construir quedaría para otro momento. Se va a Londres, y allí se conecta con colosos griegos de la talla de Stavros Livanos, Andre Embiricos y Emanuel Kulunkundis.

Llega a su conocimiento que el armador canadiense Canadian Steamship Company estaba atravesando graves apreturas financieras, al punto que tenia amarrados en el rio San Lorenzo diez cargueros, que iban de las 8.500 TPB a las 10.000 TPB, varios de la Primera Guerra Mundial y otros construidos en astilleros canadienses entre 1919 y1921. Los canadienses pretendían 30.000 dólares por barco, un precio bastante próximo al valor de chatarra vigente en Europa.

Esto era justamente lo que Onassis quería que se le pusiera a tiro, barcos de segunda mano, a precios bajísimos, en manos de un armador financieramente apremiado!. Se va de inmediato al Canadá, acompañado por un maquinista griego. Durante tres días y bajo temperaturas de congelación, Onassis recorrió los diez barcos desde las primeras horas del día hasta que no había más luz. Inspeccionó salas de máquinas y calderas, se arrastró sobre sus manos y rodillas a través de túneles de ejes y se metió en cuanto recoveco había a bordo, no sin darse cuenta de la ansiedad con que lo miraban sus acompañantes canadienses. En el hotel, cada noche, volcaba en su cuaderno de anotaciones (esta será otra constante de su vida naviera, la célebre libretita con sus anotaciones en griego) cuanto había visto y hacía sus cálculos.

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