Blanca Luz Brum

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Blanca Luz Brum Elizalde, periodista uruguaya, poeta, artista, editora, militante de múltiples y hasta muy encontradas causas (Maldonado en 1905 – Chile el 7 de agosto de 1985).

No limitó su intensa biografía a las estrechas fronteras del Uruguay sino que actuó en el ambiente cultural y político de varios países de América Latina, donde las singularidades de su personalidad llamaron la atención y provocaron la admiración de quienes la frecuentaron.

Más que su obra es su vida la recordada por la posteridad: escribe poemas, artículos periodísticos, pinta y tiene actuaciones políticas que atraviesan varias gamas del espectro.

Tuvo una vida plena de aventuras y desventuras, que encontraría su final en una alejada isla chilena del archipiélago de Juan Fernández, Más a Tierra, la misma donde Daniel Defoe situó su novela Robinson Crusoe.

El poeta peruano Parra del Riego la imaginó diurna, campesina y diáfana. El muralista David Alfaro Siqueiros se aferró a ella como a la raíz del sueño. Más cautivante que bella, Blanca Luz Brum sedujo a la lente fotográfica con sus pómulos acentuados, sus cabellos oscuros y un aire entre pícaro y displicente. Enamoró a poetas, pintores y políticos y se dejó llevar por los vientos de la vanguardia y la revolución. Había nacido en el campo uruguayo, vivió en México y en Estados Unidos y quiso morir en la isla de Robinson Crusoe, frente a las costas de Chile.

Contenido:

  1. Comienzos
  2. Parra del Riego su primer amor
  3. Su estadía en Perú
  4. Regreso a Montevideo
  5. Almas gemelas
  6. Galería de fotos de Blanca Luz Brum
  7. México
  8. De vuelta a su Uruguay natal
  9. Su paso por Buenos Aires
  10. Esa mujer, la otra
  11. Su vida en Chile
  12. Su desilusión ante el comunismo
  13. Metamorfosis concluida
  14. Escribe sobre su vida en la isla
  15. Obras y publicaciones

Comienzos

Blanca Luz nació en medio de la sierra de las Ánimas, “entre vellones de ovejas y libras esterlinas guardadas en buches de avestruz, entre ombúes y rayos, entre parientes que se odiaban, entre matreros y esquiladores, entre negras y peones, entre cielo y campo”, y se educó en un colegio de monjas en Montevideo antes de casarse con Parra.

Parra del Riego su primer amor

Se casa a los 16 años con el poeta peruano –afincado en Uruguay- Juan Parra del Riego. A Blanca Luz la raptó del convento, según la leyenda que rodea este romance y que ella no desmintió al publicar las cartas de amor de Parra, en las que él le proponía marcar su época “con un amor divino y espantoso”.

No tenían dinero para los anillos de boda y Blanca Luz los pidió prestados a la viuda de Mendilharsu, quien no asistió a la ceremonia pero recibió el más agradecido relato: “Yo me puse el anillo de Julio Raúl y las lágrimas corrieron por mis ojos… he sentido que estaba abrazado a él, que todo lo grande y noble de su alma entraba a la mía. Ah! si Ud. me hubiera visto, parecía un loco, un novio extraño mirando y mirando y mirando este circulito de oro que esa mano tan querida llevaba con tanto orgullo y elegancia”. “Y le diré algo ahora también de nuestro matrimonio. Fue una ceremonia pura y llena de emoción. Juana de lbarbourou nos llenó de unas retamas maravillosas el cuarto; yo sentía mi alma serena y feliz, seguro de haber hecho lleno de convencimiento algo. Pero le diré que en toda la pieza la presencia espiritual de Ud se hacía sentir más que las flores y la misma luz del día espléndida que entraba por la puerta. Más de una vez mi Blanca Luz divina me dijo algo que la recordaba a Usted con una gracia de amor purísima”.

El 16 de noviembre de 1925 nace su hijo Eduardo y el 22 de ese mismo mes, muere Parra del Riego de tuberculosis.

El amor del poeta fue el segundo nacimiento de Blanca Luz y a nadie más amó de esa manera, salvo a su hijo Eduardo.

Parra conoció a su hijo a través de un vidrio para evitar el contagio de tuberculosis, aunque su madre también estaba tuberculosa. El poeta apeló al humor en ese momento de emoción única, pidiendo que acercaran el niño al vidrio: “¿No saben que soy corto de vista?” dijo, según Esther de Cáceres, depositaria de su memoria.

Esther y Alfredo Cáceres, el poeta Julio Raúl Mendilharsu y su esposa Maruja Blanco Acevedo, Eduardo Dieste y Juana de Ibarbourou fueron los amigos más cercanos de Parra del Riego cuando llegó a Montevideo en 1917.

Dos meses antes de morir, Parra del Riego publicó el libro Blanca Luz y en su prólogo contaba: “Una dentellada brutal de la vida bruscamente lo cambió todo. Enfermé de un mal terrible y solitario. Pero ¡oh! sorpresa de maravilla para mi corazón enloquecido. De la niña celeste salió como una crisálida otro ser de humanidad de fuego, devorada de compasión, terrible de sacrificio, sagrado de esperanza y fe” “¡Qué rara es mi vida! Siempre me caí de la barra en el momento de los tambores”, ironizó Parra del Riego adelantándose al desenlace.

La muerte llegó una luminosa mañana de noviembre de 1925, según Blanca Luz: “Cantaba la vida. Nuestro hijo tenía seis días. Yo tenía mis pechos crecientes”.

Cuando Parra murió, la continuidad de la vida estaba en su hijo Eduardo recién nacido. “Todos mis amigos escritores creen que un hijo es algo romántico y como un poema”, confió a su amigo Juvenal Ortiz Saralegui, “y un hijo tú lo sabes es la esperanza más humana de una verdadera madre y está sujeto a la dureza espantosa de la vida más que a la belleza y por él uno lucha como no lucha por uno mismo”.

“Repetir el amor es muy triste”, escribió Blanca Luz, como si hubiera quedado para siempre detenida en ese desamparo y su vida no hubiera sido más que una fuga hacia adelante, apretando el paso para ganarle a la muerte y cuando todo se convirtió en pasado -los viajes, las pasiones, las revueltas, los gritos, los odios- solo quedó la inmensa soledad de la Isla, donde la muerte se abrazaba a la vida.

Viuda parte hacia Lima para que el niño conozca la tierra y la familia de su padre.

Su estadía en Perú

Los Parra del Riego pertenecían a la alta burguesía peruana y contaban con medios económicos para llevar a Blanca Luz y su hijo a vivir a Lima. Fue entonces que se produjo su encuentro con Perú y con una América indígena hasta entonces desconocida, con Mariátegui y el marxismo revolucionario, con el Apra, fundado por el masón Raúl Haya de la Torre que reivindicaba las raíces afroindígenas de América.

En 1926, a pesar del gobierno de Manuel Leguía, Perú vivía un clima de efervescencia política e intelectual y José Carlos Mariátegui se había convertido en su epicentro. Había retornado de Italia en 1924, al año siguiente fundó el partido socialista peruano, afiliándose a la corriente marxista leninista, y publicó Escenas de la vida contemporánea.

Blanca Luz vio nacer la revista Amauta, que reunía a jóvenes intelectuales y concurrió a la casa de Mariátegui en la que se desarrollaban las charlas más variadas sobre todas las corrientes filosóficas, políticas y artísticas del momento. Mariátegui podía hablar de teatro experimental, los manifiestos surrealistas, el cubismo, la danza, la revolución en México, Rusia, China y Alemania. Ella estaba fascinada. Tenía diecisiete años y se convirtió en una ferviente revolucionaria. Fundó la revista Guerrilla y publicó el libro de poemas Levante, arte social y de combate.

No obstante su amistad con el presidente Leguía, sus vinculaciones con la aristocracia limeña y su posición económica, sufrió la pena de destierro.

Regreso a Montevideo

En 1928, cuando se publicaron los Siete ensayos de Mariátegui que marcarían a toda una generación de latinoamericanos, Blanca Luz había vuelto a Montevideo. Traía en la valija un buen acopio de papel con el logo “Guerrilla, Atalaya de la revolución”, y un enorme entusiasmo reflejado en sus cartas, que concluían con un “Salud y revolución”. En Montevideo encontró un medio quieto, burgués en demasía: “He nacido en esta ciudad sudamericana, he salido a cantar por todas las calles del universo, he llorado a gritos, he amado a gritos. He peleado y he regresado a esta ciudad sudamericana y todo estaba igual”.

Por afinidades múltiples, se hizo amiga incondicional de Luis Eduardo Pombo, pareja entrañable del pintor Guillermo Laborde. “Pombito” la consideraba su “reina comunista”. Con el pintor Domingo Bazurro habían logrado que el Círculo de Bellas Artes se convirtiera en un foro de las novedades políticas y sociales de la época, además de difundir las nuevas corrientes pictóricas. Sólo con ellos se sentía a gusto.

“¡Pobre mundo el día que [se] desplomen sobre él las nalgas de Luisa Luisi”, se despachaba Blanca Luz en junio de 1928,” pero qué imbéciles son en el Uruguay!¡qué pesados! los poetas son unos muñecones reyenos de piedras, melenudos, serios espantosos, las poetisas gordas, invertidas y sucias. […] Ahí está La pluma’, mira esos poetas momificados, egipciados, idiotizados. Mira esa Juana, a mí no me pasa, es muy criolla y repugna a mi olfato de mujer flaca y revolucionaria, es muy adulona, muy dulzona, llena de cositas redondas. […] Todas esas augustas celebridades uruguayas me hacen mear de risa, ché pombito! por favor no publiques nada mío en la pluma, eso se parece a una guía telefónica, es muy burguesa, muy circunspecta, muy zumfeldiana… y yo acostumbro a tirar piedras a los pájaros, y a escupir los zapatos lustrados. Déjme desconocida, pero bastante odiada, y envidiada […] “.

Convencida de su propio valor, llegó a escribirle a Pombo: “Eduardito: Guarda esta carta que será con el tiempo de un fabuloso valor histórico: fíjate fechada en el pueblo por donde yo nací”. Se encontraba en Pan de Azúcar para un recital de sus poemas y su presencia despertó “la brutal curiosidad del pueblo” al punto de expresar: “Hoy saldré aunque sea disfrazada de dama de las camelias”.

Construyó una postura a imagen y semejanza de sus ideas. Setenta años después, Silvia Mainero recuerda esa originalidad: “Pombo me dijo que fuera a una exposición, que me la iba a presentar: Fui vestida con sombrero y saco de piel, como ‘las burguesas’. En esa época nadie iba al centro sin sombrero, las únicas que no lo usaban eran las domésticas y las prostitutas. Ella me miró de arriba abajo, dio media vuelta y se fue. Blanca Luz se vestía siempre de negro, llevaba boinita y se peinaba el pelo bien apretado. Después nos hicimos íntimas amigas”.

Ser revolucionaria y joven -como ella- eran sinónimos, y así presentó a los poetas comunistas, “doblemente poetas”, en las páginas del diario Justicia. Todo se volvía rojo pasión para los convencidos bolcheviques de esos años, que ansiaban apurar la hora de la revolución. La Internacional Sindical Roja preparaba un gran congreso latinoamericano de sindicalistas a realizarse en Montevideo. El Socorro Rojo Internacional actuaba como red solidaria para los militantes comunistas dispersos por el mundo. En agosto de 1928 se celebraron en Moscú, organizadas por la Federación Roja del Deporte, las Espartaquiadas. Se festejaba el quinto aniversario de la creación de la URSS. La fuerte connotación del color llegaba hasta tal punto que una tienda de artículos para hombres llamada Al signo Rojo incluía sus avisos en las páginas de Justicia.

A Blanca Luz no le resultó difícil convencer a la dirección del diario comunista de publicar una sección semanal a su cargo. “El arte por la revolución” comenzó a fines de 1928 con un manifiesto: “No se abre esta página para regocijo de los intelectuales burgueses”, “queremos un arte y una literatura proletarios”, ordenaba romper “a patadas la torre de marfil”, y abolir “todo aquello que tiene existencia y razón burguesas”. La declaración terminaba con la consigna: “¡Abajo el arte por el arte! ¡Hay que servir a la Revolución!”.

Almas gemelas

En mayo de 1929, llegó a Montevideo David Alfaro Siqueiros como delegado de México al Congreso de Sindica- listas. Su visita tuvo gran repercusión, ya que era “uno de los más cotizados valores de la plástica contemporánea, pues junto con Orozco y Diego Rivera, dio notable impulso a la decoración mural a base de grandes planos y utilizando como motivo inspirador el espíritu de redención social imperante en los obreros y campesinos de Méjico”, según escribió Luis Eduardo Pombo en Justicia. Los pintores Diego Rivera, Xavier Guerrero y Siqueiros integraban el comité ejecutivo del Partido Comunista mexicano desde 1923. Habían formado una Unión que agrupa ba a obreros, técnicos y plásticos, editando el periódico El Machete, al que se incorporó el revolucionario cubano Julio Antonio Mella, exiliado de la dictadura de Machado.

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