Confucio

Biografia OpusVida por magui

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Confucio fue un filósofo chino, creador del confucianismo y una de las figuras más influyentes de la historia china. Su nombre en chino es K’ung-Tze (Kong Zi, según el moderno sistema Pinyin de latinización del idioma chino, reconocido ya mundialmente, N.T.), o K’ung-Fu-Tze (Kong Fu Zi. Idem, N.T.), latinizado por los primeros misioneros jesuitas como Confucio.

Las enseñanzas de Confucio han llegado a nuestros días gracias a las Analectas, que contienen algunas de las discusiones que mantuvo con sus discípulos. Su pensamiento fue introducido en Europa por el jesuíta Matteo Ricci, que fue la primera persona en latinizar el nombre como “Confucio”.

Nacido en  en 551 a. C. y fallecido en  478 a. C.

Por Confucianismo se entiende el complejo sistema de enseñanzas morales, sociales, políticas y religiosas construido por Confucio sobre las antiguas tradiciones chinas y perpetuado como religión de Estado hasta nuestros días. El Confucianismo se orienta no simplemente a hacer hombres de virtud sino también hombres educados y de buenas maneras.

El hombre perfecto debe combinar las cualidades del santo, del académico y del gentil hombre. El Confucianismo es una religión sin revelación positiva, con un mínimo de enseñanza dogmática, cuyos rituales populares se centran en las ofrendas a los muertos. En ella, la noción del deber se extiende más allá de la esfera de la moral estrictamente dicha para abarcar casi todos los detalles de la vida.

Contenidos:

  1. Biografía
  2. La humildad de los sabios
  3. Los textos Confucianistas
  4. Video: Filosofía de Confucio
  5. Los fundamentos religiosos
  6. Galería de fotos de Confucio
  7. Apoyos para la virtud
  8. Virtudes Fundamentales
  9. Ritos
  10. Política
  11. Historia del confucianismo
  12. Confucianismo vs. Civilización cristiana

Biografía

Confucio nació en 551 a.C., en lo que entonces era el estado feudal de Lu, y que ahora está incluido en la moderna provincia de Shan-tung (Shang Dong. Idem, N.T.). Sus padres, aunque no eran ricos, pertenecían a la clase superior. Su padre era un guerrero, que se había distinguido tanto por sus hazañas como por su noble ascendencia. Confucio era apenas un niño cuando su padre murió.

Desde su niñez mostró gran aptitud para el estudio, y si bien hubo de trabajar como sirviente en sus años mozos para mantenerse a sí mismo y a su madre, siempre encontró tiempo para proseguir sus estudios favoritos. Progresó tanto en ello que a los veintidós años abrió una escuela a la que muchos llegaron atraídos por la fama de sus conocimientos.

Su habilidad y fiel servicio le merecieron una promoción al cargo de ministro de justicia. Bajo su sabia administración el Estado alcanzó un grado de prosperidad y orden moral que nunca antes había visto. Pero a través de las intrigas de estados rivales, el Marqués de Lu fue llevado a preferir los placeres vulgares a la preservación del buen gobierno. Confucio intentó, con sanos consejos, volver a su señor al camino del deber, pero todo fue en vano. A raíz de ello, Confucio renunció a su alto puesto a costo de su tranquilidad y comodidad personales, y abandonó el país.

Durante catorce años fue de estado en estado, acompañado de sus fieles discípulos, buscando algún señor que quisiese escuchar sus consejos. Sufrió muchas privaciones. En más de una ocasión estuvo en riesgo inminente de ser acechado y muerto por sus enemigos, pero su valor, y la confianza en el carácter providencial de su misión, nunca lo abandonaron.

Finalmente volvió a Lu, donde pasó los últimos cinco años de su larga vida animando a otros al estudio y a la práctica de la virtud, y edificando a todos con su noble ejemplo. Murió el año 478 a.C., a los setenta y cuatro años de edad. Su vida coincidió casi exactamente con la de Buda, quien falleció dos años antes, a la edad de ochenta.

La humildad de los sabios

Poca duda cabe que Confucio poseía una noble y avasalladora personalidad. Ello queda claro por los datos que tenemos acerca de su carácter, por sus elevadas enseñanzas morales, y por los hombres de altos ideales a los que educó para que siguieran su labor. En su entusiasta cariño y admiración, ellos lo declararon el más grande de los hombres, el sabio infalible, el hombre perfecto. Los propios dichos que de él se conservan muestran que él nunca pretendió poseer la plenitud de la virtud o de la sabiduría.

Él estaba consciente de sus limitaciones y nunca intentó ocultar dicha conciencia. Más de su amor por la virtud y la sabiduría no puede haber duda. En las “Analectas”, VII, 18, se le describe como “alguien que en su apasionada búsqueda del conocimiento olvidó la comida, y en el gozo de alcanzarlo olvidó su pena”. Cualquier cosa que en las constancias del pasado, ya en la historia, ya en la poesía lírica, o en los ritos y ceremonias, fuese edificante y conducente a la virtud, él lo buscaba con celo infatigable y lo daba a conocer a sus discípulos.

Era un hombre de naturaleza afectiva, compasivo y sumamente considerado con los demás. A sus discípulos valiosos los amó entrañablemente y, a su vez, mereció de ellos su perdurable devoción. Era modesto y sin afectaciones en su porte, inclinado a la seriedad, pero poseía sin embargo una jovialidad natural que raramente lo abandonaba. Educado desde la niñez en la adversidad, aprendió a encontrar satisfacción y serenidad de mente aún donde faltaban las comodidades ordinarias. Gustaba mucho de la música vocal e instrumental y frecuentemente cantaba, acompañándose del laúd. Su sentido del humor se revela en una crítica que hizo de un canto muy estrepitoso: “¿Porqué utilizar un cuchillo para reses cuando se quiere matar un gallo?”.

Con frecuencia se tiene a Confucio como el prototipo de hombre virtuoso sin religión. Se afirma que sus enseñanzas son principalmente éticas, en las que se buscaría en vano una recompensa en la vida futura como sanción de buena conducta. Pero la familiaridad con las antiguas religiones chinas y de los textos confucianistas deja al descubierto lo hueco de la aseveración de que Confucio estaba desvinculado de cualquier pensamiento o sentimiento religioso. Él fue religioso a la manera de los hombres religiosos de su tiempo y de su tierra. Al no hacer referencias a premios y castigos en la vida venidera él sencillamente estaba siguiendo el ejemplo de sus ilustres predecesores chinos, cuyas creencias religiosas no incluían este elemento de la retribución futura. Los clásicos chinos, antiguos ya incluso en tiempos de Confucio, no tienen nada que decir del infierno. Sí tienen, sin embargo, mucho que decir de los premios o castigos otorgados en la presente vida por el Cielo que todo lo ve. Hay una multitud de textos que muestran abiertamente que él no se separó de la creencia tradicional en el supremo Dios-cielo y los espíritus subordinados, en la divina providencia y en la recompensa, y en la existencia consciente de las almas después de la muerte. Tales convicciones religiosas de su parte quedaron expresadas en múltiples actos de piedad y culto.

Los textos Confucianistas

Dado que el Confucianismo en su sentido más amplio abraza no sólo las enseñanzas inmediatas de Confucio, sino también los documentos, costumbres y ritos tradicionales que él ratificó con su aprobación y que hoy se apoyan sobre todo en su autoridad, entre los textos reconocidos como confucianistas se cuentan varios que aún en sus días eran venerados como herencia sagrada del pasado. Los textos están divididos en dos categorías conocidas como los “king” (ching. Idem, N.T. ) (clásicos), y los “shuh” (libros). Se reconocen comúnmente cinco, y a veces seis, “king”, que son los primeros en importancia.

El primero de ellos es el “Shao King” (Shuh Ching. Idem, N.T.) (Libro de la Historia), una obra religiosa y moral, que detecta la mano de la Providencia en una serie de eventos grandiosos de la historia pasada e inculca la lección de que el Dios-cielo concede prosperidad y larga vida únicamente al gobernante virtuoso que es motivado por el verdadero bienestar de su pueblo. La unidad de su composición puede muy bien ubicar la fecha de su publicación en algún punto alrededor del siglo sexto a. C., aunque las fuentes en que se basan los primeros capítulos podrían ser casi contemporáneas a los mismos sucesos relatados.

El segundo “king” es el así llamado “She-king” (Shi Ching. Idem, N.T.) (Libro de los Cantos), frecuentemente mencionado como las “Odas”. De sus 305 breves poemas líricos, algunos pertenecen a la época de la dinastía Shang, (1766-1123 a.C.). El resto, y quizás la parte mayor, a los cinco siglos de la dinastía Chow (Zhou. Idem, N.T.), o sea, hasta cerca del año 600 a. C.

El tercer “king” es el así llamado “I-king” (I Ching. Idem, N.T.) (Libro de los Cambios), un enigmático tratado sobre adivinación utilizando tallos de una planta nativa, los cuales, una vez arrojados y según se conformen, dan diferentes indicaciones referentes a alguno de los sesenta y cuatro hexagramas formados por tres líneas continuas y tres discontinuas. Las breves explicaciones que los acompañan, en gran medida arbitrarias y fantásticas, se ubican en el tiempo de Wan y de su ilustre hijo, Wu, fundadores de la dinastía Chow (1122 a.C.). Desde el tiempo de Confucio, la obra se ha visto acrecentada por una serie de apéndices, en número de diez, de los cuales ocho se atribuyen a Confucio. Sin embargo, únicamente una porción de éstos es probablemente auténtica.

El cuarto “king” es el “Li-ki” (Li-chi. Idem, N.T.) (Libro de los Ritos). En su forma actual el libro data del siglo segundo de nuestra era. Constituye una compilación de un amplio número de documentos cuya mayor parte se remonta a la parte inicial de la dinastía Chow. La obra proporciona normas minuciosas de conducta referentes a ceremonias religiosas de culto, funciones de la corte, relaciones sociales y familiares, vestido. En pocas palabras se refiere a todas las esferas de la actividad humana. Continúa siendo aún la guía más autorizada del comportamiento correcto para todo chino cultivado. En el “Li-ki” se encuentran muchos de los dichos atribuidos a Confucio y dos largos tratados compuestos por sus discípulos, de los que se puede decir que reflejan con substancial acierto los dichos y las enseñanzas del Maestro. Uno de ellos es el tratado conocido como “Chung-Yung” (La Doctrina del Medio) y conforma el libro XXVIII del “Li-ki”. El otro tratado, que forma el libro XXXIX del “Li-ki”, es el llamado “Ta-hio” (Ta Hsüeh. Idem, N.T.) (Gran Aprendizaje). Pretende contender la descripción de un líder virtuoso hechas por el discípulo Tsang-tze, basado en las enseñanzas del Maestro. El quinto “king” es el breve tratado histórico conocido como “Ch’un-ts’ew” (Ch’un Ch’iu. Idem, N.T.) (Primavera y Otoño) y del que se dice que fue escrito por el mismo Confucio. Consiste en una serie interrelacionada de simples anales del reino de Lu que van del año 722 al 484 a.C. A esos cinco “king” se les añade un sexto, el así llamado “Hiao-king” (Hsiao Ching. Idem, N.T.) (Libro de la Piedad Filial). Los chinos atribuyen su composición a Confucio, pero en la opinión de los críticos investigadores, es el producto de la escuela de su discípulo, Tsang-tze.

Se acaba de hacer mención de los dos tratados incorporados en el “Li-ki”, “La Doctrina del Medio” y “El Gran Aprendizaje”. En el siglo XI de nuestra era esas dos obras fueron unidas con otros textos confucianistas constituyendo lo que se conoce como “Sze-shuh” (Shih Shu. Idem, N.T.) (Cuatro Libros). El primero de estos es “Lun-yü” (Analectas). Esta es una obra de veinte breves capítulos que nos muestran qué clase de persona era Confucio en la vida diaria y conservan muchos de sus impresionantes dichos referentes a temas morales e históricos. La obra, escrita por alguno de la siguiente generación, parece incorporar el auténtico testimonio de sus discípulos.

El segundo lugar en el “Shuh” se le da al “Libro de Mencio”. Mencio, “Meng-tze” (Meng-zi. Idem, N.T.), no fue discípulo directo del Maestro; vivió cerca de un siglo después. Adquirió gran fama como exponente de la enseñanza Confucianista. Sus dichos, en su mayoría referentes a temas morales, fueron atesorados por sus discípulos y publicados bajo su nombre. En tercer y cuarto orden del “Shuh” están “El Gran Aprendizaje” y “La Doctrina del Medio”.

Nuestros primeros conocimientos de los contenidos de los textos confucianistas se los debemos a la penosa investigación realizada por los misioneros jesuitas en China durante los siglos diecisiete y dieciocho. Ellos unían al celo heroico por la extensión del Reino de Cristo una diligencia y una habilidad tales para el estudio de las costumbres chinas, literatura e historia que les han dejado un reto perdurable a sus sucesores investigadores. Entre ellos podemos mencionar a los Padres Prémare, Régis, Lacharme, Gaubil, Noël, Ignacio da Costa, por quienes fueron traducidos y explicados con gran erudición la mayoría de los textos confucianistas. Era natural, sin embargo, que sus estudios pioneros en un campo tan difícil estuviera destinado a ceder su lugar a los monumentos más precisos y completos de la investigación moderna. Pero aún allí tienen dignos representantes en académicos de la talla del Padre Zottoli y Henri Cordier, cuyos estudios chinos rinden evidencia de su vasta erudición. Los textos confucianistas fueron hechos asequibles a los lectores de habla inglesa por el Profesor Legge. Al lado de su obra monumental en siete volúmenes, intitulada “Los Clásicos Chinos” y su versión del “Ch’un ts’ew”, ese autor ha terminado las traducciones revisadas de “Shuh”, “She”, “Ta-hio”, “Y” y “Li-ki” en los volúmenes III, XVI, XXVII, y XXVIII de “Los Libros Sagrados del Oriente”.

Video: Filosofía de Confucio

Los fundamentos religiosos

La religión de la antigua China, a la que Confucio prestó su adhesión reverente, era una forma de culto a la naturaleza, muy cercana al monoteísmo. Aunque se reconocían muchos espíritus asociados con la naturaleza- espíritus de montañas y ríos, de la tierra y de los granos, de los cuatro cuartos del cielo, el sol, la luna y las estrellas- todos estaban subordinados al supremo Dios-cielo, T’ien (Cielo), también llamado Ti (Señor), o Shang-ti (Supremo Señor). Todos los demás espíritus no eran sino sus ministros, actuando siempre en obediencia a su voluntad. T’ien era quien sostenía la ley moral, practicando una providencia benigna sobre los hombres.

Nada que se hiciese en secreto podía escapar su ojo omnipresente. Su castigo para las malas acciones tomó ya la forma de calamidades o muerte prematura, ya la de alguna desgracia ocurrida a los descendientes del malvado. En numerosos pasajes del “Shao-” y “She-king” encontramos esta creencia, afirmada como motivación a la conducta recta. La muestra de que esto no fue soslayado por Confucio está en su dicho: “quien ofende al Cielo no tiene ya a quien orar”. Otro motivo cuasi religioso para la práctica de la virtud era la creencia de que las almas de los parientes difuntos dependían en gran parte para su felicidad de la conducta de los descendientes vivos.

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