Diego Maradona

Biografia OpusVida por magui

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Diego Armando Maradona es es un ex futbolista y director técnico argentino apodado El Diez y Pelusa, entre otros.

Es considerado como uno de los mejores jugadores de futbol en la historia, siendo calificado por muchos futbolistas y exfutbolistas, por periodistas y prensa en general,  por personalidades, técnicos y relacionados a entes deportivos y admiradores del fútbol en general,  como el mejor futbolista de la historia, asimismo ha sido catalogado como el mejor jugador de la historia de los mundiales,  ha sido elegido como el Mejor Jugador del Siglo con el 53,6% de los votos en una votación oficial realizada en el sitio web de la FIFA y obteniendo la tercera ubicación en una encuesta efectuada por los miembros de la Comisión del Fútbol de esa institución y los suscriptores de la FIFA Magazine.

Maradona nació el 30 de octubre de 1960 en el pobre barrio de Villa Fiorito de la periferia de Buenos Aires, Argentina. Diego creció con el fútbol. De pequeño Diego era un fenómeno. En los partidos de Argentinos Juniors, durante el descanso, un chico de la cantera deliciaba al público con sus jueguitos. “¡Que se quede!, ¡que se quede!” gritaba la hinchada de Argentinos. Ese chico se llamaba Diego Armando Maradona.

A Diego “No le perdonaron muchos su origen. Yo he escuchado muchas veces, durante el año de su suspensión: “¿Y qué querés con ese negrito villero?”. No le perdonaron su origen. Tampoco se lo perdonaron a José María Gatica, a otros que desde muy, muy abajo llegaron muy arriba por su talento y sin ser alcahuetes de nadie. Ningún deportista padeció trauma semejante.” (Alejandro Dolina)

Contenido:

  1. Biografía
  2. The monster
  3. Goles…a los ingleses
  4. Que se quede
  5. Argentino Juniors
  6. De Selección
  7. Argentinos / Selección
  8. Boca Juniors
  9. Barcelona
  10. Video: Gol a los Ingleses 86´
  11. Napoli
  12. Galería de fotos de Diego Maradona
  13. Sevilla
  14. Newellsoldboy
  15. Selección Nacional
  16. Defensa de Maradona, por Alejandro Dolina
  17. Regreso a la selección argentina como entrenador en 2008
  18. Reconocimientos y fanatismo
  19. Litigios judiciales
  20. Entrevista a Maradona en Cuba
  21. Video: Goles increíbles de Maradona
  22. Fragmentos de “Yo soy el Diego”, de Diego Armando Maradona

Biografía

Una vez que toda la familia convenció a don Diego para que lo dejara ir a la prueba al Pelusa, hubo que esperar. Faltaba todavía. Fueron un par de días, nomás, pero a Diego le pareció un siglo. Al fin llegó.

Entonces, una banda de pibes de Villa Fiorito se tomó el colectivo 28 (el verde, como le decían) hasta Pompeya. De allí, el 44 hasta llegar al complejo de entrenamiento de Argentinos, que se llamaba Las Malvinas.

Entre todos ellos, había tres pibes, el Diego, el Goyo y Montañita, que no se separaban ni un minuto. Eso sí, cuando llegaron, la decepción fue de todos: llovía tanto, pero tanto, que las canchas no se podían ni pisar… ¡Se suspendía la prueba! ¿Se suspendía la prueba?

Vale detenerse un instante. No había sido fácil para Diego llegar hasta allí: el permiso de don Diego no valía para siempre, la plata para los boletos de colectivo costaba conseguirla, los entrenadores no tenían tanto tiempo como para andar yendo y viniendo con un grupo de pibes de Fiorito. ¿Habrá pensado Diego todo eso?

La voz de don Francis Cornejo, el entrenador, el descubridor de talentos, el conductor de aquel grupo que empezaba a nacer, lo sacó de su tristeza: “¡Vamos! Todos a la camioneta de don Yayo… ¡Nos vamos a otra canchita!”. La camioneta era un Rastrojero algo destartalado y don Yayo era José Emilio Trotta, ayudante de Cornejo. La otra canchita resultó ser el Parque Saavedra.Allí se armaron dos equipos. Diego y Goyo entraron, juntos, en la segunda tanda. Si habían sido siempre rivales, no se notó. Lo que más se notó en la comunicación futbolìstica entre ellos fue la amistad. Hicieron todo tipo de lujos y un montón de goles. Tantos, que Diego ni se acuerda cuántos fueron. Y aunque parezca mentira, ante semejante demostración, al primera reacción de don Francis no fue la mejor. El hombre pensaba que lo estaban cargando, que ese pibe flaco y bajito, con un montón de rulos en la cabeza, jamás podía tener nueve años. Estaba convencido de que era… ¡un enano! Cornejo se acercó a Diego y le preguntó si estaba seguro que era del sesenta. Y Diego, achicándose todavía más, algo asustado, le contestó que sí, por supuesto. Entonces el hombre le pidió los documentos y él se quiso morir… ¡No los tenía!

Algo, la intuición tal vez, le hizo ver a don Francis que no valía la pena hacerse problema. Que lo único importante era que aquel chico siguiera jugando. Nunca imaginó que, poco tiempo después, tendría que ser él mismo el que mintiera sobre la edad de su fenómeno. Y no precisamente en el mismo sentido.

The monster

Al fin, Francis tuvo los documentos de Diego. Y más también. Porque si a alguien le tenín confianza don Diego y doña Tota para confiarles a su hijo, ese era don Francis. Así que el hombre lo llevaba a Maradona a todas partes. Hasta a los partidos con pibes más grandes, lo llevaba. Parece increíble, pero así fue. Así como los brasileños ponen futbolistas más grandes en los torneos menores, Argentinos apelaba a uno más chico para jugar contra los más grandes.

Una vez, en la cancha de Sacachispas, contra Racing, el partido de los chicos de 14 años estaba duro, cero a cero y no pasaba nada. Francis le hizo una seña al negrito que tenía en el banco y lo mandó para la cancha. Once años tenía Maradona y dos golazos metió. Chau partido. El técnico rival, que lo conocía muy bien a Francis, se le acercó, asombrado: “Pero, ¿cómo tenés a ese fenómeno en el banco?”, le preguntó, sabiendo que Francis erraba pocas veces. “Cuidalo, que va a ser un genio”, agregó. Francis sólo sonrió, le dio una palmada y se fue.

Otra vez, en un partido contra Boca, hizo lo mismo. Pero como ya todos conocían el nombre de Maradona, se lo cambió. En la planilla puso Montanya. La cosa es que ese partido estaba todavía peor: perdían tres a cero. Entonces, Cornejo mandó a… Montanya a la cancha. Enseguida hizo un gol, otro más, consiguieron el empate. Y en el último festejo, a los compañeros se les fue la lengua: “¡Grande, Diego!”, le gritaron. Y el técnico rival se puso como loco, llegó corriendo hasta donde estaba Cornejo y le gritó: “¡Me pusiste a Maradona, hijo de…!”

Maradona ya era todo un apellido, aún cuando la primera vez que apareció publicado en un medio se deslizó un pequeño error. Para Clarín, según publicó el 28 de septiembre de 1971, había un pibe con porte y clase de crack que se llamaba… Caradona. No aparecía así en las listas de los partidos de Los Cebollitas, que tenían una formación bastante estable: Ojeda; Trotta, Chaile, Chammah, Montaña; Lucero, Dalla Buona, Maradona; Duré, Carrizo y Delgado. Estuvieron 136 partidos invictos, todos registrados en un cuaderno que guardan celosamente Claudia, y en los últimos tiempos hacían giras por todas partes; hasta en Uruguay y Perú estuvieron. Y la serie se les terminó en Navarro, provincia de Buenos Aires. Pero la historia ya estaba escrita y también anunciaba lo que estaba por venir, tarde o temprano.

Goles…a los ingleses

La historia de Maradona es circular, cíclica. Y por eso fantástica. Es posible encontrar en ella guiños y señales que lo explican todo. O buena parte. En su inolvidable Época Cebollita, Diego hizo dos goles que bien pudieron ser el molde de los que, muchos años después, les convertiría en un único partido a los ingleses, durante el Mundial de México ’86.

Aunque parezca mentira ya había realizado algo parecido a esa proeza que está considerado el mejor gol de la historia de los mundiales. Fue en 1973, en una final contra River. Diego gambeteó a siete jugadores y definió.

Y lo más curioso es que también hizo uno como el otro, el de La Mano de Dios. Fue en el Parque Saavedra, los contrarios lo vieron, el referí no y se armó un lío bárbaro. Al fin, fue gol.

Que se quede

La fama de Los Cebollitas creció con sus triunfos y con su magia. Y la Maradona, igual. Al punto que fue invitado por Pipo Mancera, conductor del programa más visto de la televisión argentina en aquellos tiempos, principios de los setenta. Diego trepó a las inferiores de Argentinos Juniors y su debut en la novena división tuvo como premio el primer título, la primera vuelta olímpica.

Obviamente, su nombre no sólo era llamativo para los medios. Allí estaba los otros clubes, más grandes. A través de su presidente, William Kent, River hizo conocer su interés. El dirigente encaró a don Diego y le pidió que le pusiera precio al pase de su hijo, que lo quería comprar. La respuesta del querido Chitoro está en la historia grande de Maradona: “No, no, gracias, Dieguito está muy feliz de jugar en Argentinos”.

Dieguito estaba felìz, por ejemplo, de divertirse con las redonditas pelotas Pintier en el entretiempo de los partidos de primera. Había sido una idea de Cornejo: le tiró una pelota, Diego se puso a hacer jueguito y la gente ya no tuvo atención para otra cosa. Cuando volvieron los equipos de primera, para reanudar el partido, bajó la ovación: “¡Que se quede / Que se quede!”. Fue la primera ovación que recibió Maradona en su vida, el antecedente del clásico “¡Maradóóó, Maradóóó!”.

Por aquellos tiempos ya andaba cerca del grupo Jorge Cyterszpiler. El hermano del Gordo o el Ruso, que así lo llamaban, había sido una gran promesa de Argentinos Juniors. Pero una enfermedad había acabado con esa ilusión y también con su vida. Cyterszpiler no había vuelto a pisar el club hasta que le contaron de un tal Maradona. Entonces volvió. Y no se separó más de aquel grupo, fue el hermano mayor de todos.

Muchas veces Diego comió y durmió en su casa. Compartió con él los sueños que ya estaban más cerca de hacerse realidad. Como aquella vez que casi, casi debuta en primera. Fue el 14 de agosto de 1975. Una huelga de futbolistas dejó sin profesionales a la primera división. Argentinos tenía que jugar contra River, en la cancha de Vélez. Francis, que no quería que lo apuraran contra los grandotes, le pidió al técnico, que era Francisco Campana, que lo pusiera, porque jugaban pibes contra otros pibes… No pudo ser, se quedó con las ganas. Pero no faltaba mucho, apenas un año.

Argentino Juniors

Por el barrio en el que nació, Villa Fiorito, Diego Armando Maradona bien podría haber sido jugador de Independiente. O, más todavía, debía haber sido. Pero no. Y está bien. Porque Argentinos Juniors, se confirmó con los años, tiene más que ver con su historia, con eso de pelear desde abajo. Con eso de engrandecer a los humildes.

Como después viviría con otras camisetas, con la de Argentinos empezó peleando el descenso y terminó buscando el título. Y la vieja cancha de Boyacá y García se convirtió en el centro de atención de todo el mundo futbolero: como quien parte en procesión a adorar a un Dios, los hinchas de cualquier club se encaminaban hacia allí para ver jugar al morocho retacón y de rulos con el número diez. Siempre. Desde que debutó, el 20 de octubre de 1976, hasta que se fue, en los primeros días de 1981.

Como se jactan los partidarios de cada uno de los equipos por los que pasó, los del Bicho aseguran que ellos tuvieron al mejor Maradona. El más puro, el diamante en bruto, incontaminado. Es posible. En todo caso, siempre se habla del Mejor Maradona y la discusión se eleva cada vez más.

En Argentinos hay hitos maradonianos, claro. Aquel debut en primera división, con caño incluido, cuando todavía no tenía 16 años. Los dos primeros goles, enseguida, a días de su presentación. La bronca en forma de goles (tres) después de la frustración de Argentina ’78. Goleador, goleador, goleador, goleador, goleador, cinco veces goleador sobre nueve campeonatos jugados con esa querida camiseta. Giras y más giras con él como atracción principal. Y un subcampeonato, por supuesto, el único segundo puesto que alguna vez él festejó.

Y la referencia ineludible, para siempre. Hoy, y por todos los tiempos, Argentinos Juniors fue, es y será el club donde se inició Diego Armando Maradona.

De Selección

Si toda la gente que dice haber presenciado el debut de Diego Armando Maradona en primera división realmente hubiera estado en el estadio de Boyacá y García, no habrían sido suficientes el Maracaná, el Santiago Bernabeu y el Giusseppe Meazza juntos para recibirlos. Fueron muchos, igual, los afortunados que aquel miércoles 20 de octubre de 1976 estuvieron en la cancha de Argentinos Juniors para ver el partido del local contra la sensación del Campeonato Nacional, Talleres de Córdoba. Dejaron en boleterías una recaudación de 1.273.100 pesos de entonces. Como referencia de lo que valía la plata en aquellos tiempos, vale decir que Central Norte, de Salta, jugando contra Newell’s Old Boys, recaudó en aquella misma fecha 2.410.000 pesos.

Muchos de los que fueron a La Paternal soñaban con disfrutar con el gran fútbol de los cordobeses. Se encontraron con un chico de 15 años (le faltaban 10 días para cumplir 16) que en la primera pelota que tocó, después de ingresar en el arranque mismo del segundo tiempo, reemplazando al Nº 10 Giacobetti, con el número 16 en la espalda, le tiró un caño al primer rival que se le cruzó en el camino, Juan Domingo Patricio Cabrera. Es que eso mismo le había pedido el técnico, Juan Carlos Montes, a Maradona: “Vaya, Diego, juegue como usted sabe”. Eso que hizo sabía hacer Maradona.

Para la prestigiosa revista El Gráfico cubrió el partido quien era nada menos que el director de la publicación, Héctor Vega Onesime. El escribió en la síntesis del partido, que calificó como intenso: “De no haber sido por las condiciones y las dimensiones del campo de juego, el espectáculo pudo ser mejor. Los dos equipos mostraron más inclinación a crear que a destruir. Aun cuando en el segundo tiempo Talleres se apretó contra sus palos para defender el 1-0, Argentinos quedó sepultado en su incapacidad ofensiva. Ni siquiera la inclusión del sorprendente, habilidoso e inteligente ex “cebollita” Maradona (16 años (N. de la R.: todavía no los había cumplido) alcanzó para resolver el problema. Los cordobeses tenían la alternativa de ganar o ganar. Y ganaron. Para más adelante esperamos ese fútbol que tienen, pero todavía no afloró. Campo: pésimo. Juez: Maino (bien)”. El remate era la calificación de Maradona, que jugó sólo 45 minutos: 7 puntos.

Es que jugó realmente bien. Los nervios desaparecieron rápidamente para él, apenas pasó el toque de aquella primera pelota, con caño incluido. Nunca desaparecieron de su alma, sin embargo, todas las sensaciones de aquel debut. Alguna vez dijo, en tono de confesión: “Fue la primera vez que sentía que tocaba el cielo con las manos”.

El técnico le había dicho que iba a ir al banco de los suplentes en el último entrenamiento semanal, en el club Comunicaciones, el martes 19. Entonces había salido como loco, corriendo, a contárselo a don Diego y a doña Tota, a sus hermanas, a sus hermanos, a sus amigos. A Villa Fiorito. En aquellos días, ya Argentinos le había alquilado su primera casa, en la calle 2746 de Villa del Parque, pero todavía estaban en plena mudanza. Así que la mayoría de los seres a los que él quería y que lo querían de verdad estaban allí, en Fiorito. Fue un raro festival de alegría y de llantos, fue el mejor premio a tanto esfuerzo. De plata, ni hablar todavía. Apenas si pudo preparar el único pantalón especial, uno de corderoy turquesa, válido para invierno o para verano, y estar listo para jugar. Para jugar, que nunca dejó de hacerlo. Y la historia apenas comenzaba.

Argentinos / Selección

Después de aquel debut en primera división, Diego Armando Maradona no volvió a dejar el equipo principal. Es más, se hizo habitual que actuara como titular, con la camiseta número diez. Y no sólo se entrenaba en Argentinos Juniors, también tenía un lugar en el seleccionado juvenil. Fue justo en una de aquella prácticas, a comienzos de 1977, que César Luis Menotti lo llamó aparte, después de un partido de entrenamiento entre los juveniles y los mayores.

Diego confesó, mucho tiempo después, que le temblaban las piernas. Que escucharlo al Flaco, en aquel tiempo, era como escucharlo a Dios. Y la verdad es que lo que el técnico le dijo le sonó a milagro. Lo estaba convocando para concentrarse con la selección mayor, para un partido amistoso contra Hungría. En menos de cuatro meses le estaba pasando todo, quizás demasiado. Lo cierto es que cuando se puso la camiseta celeste y blanca con la que siempre había soñado jugar tenía apenas ¡doce partidos en primera!

Argentinos fue la plataforma de lanzamiento para la consagración internacional. Desde abajo, desde la pelea por evitar el fondo de la tabla, Diego se hizo fuerte. Fuerte de verdad. En aquel Campeonato Metropolitano 1977, el primer torneo que siguió al de su debut, jugó 37 partidos consecutivos como titular. Y se consolidó.

Algunos nombres de aquel plantel hacen volar los recuerdos. El arquero era Munutti. Los defensores, Minutti, Carrizo, Agresta del Cerro, Gette, Núñez, Fusani. Cicogna, Roma, Milani, Romano, Rojas. Los volantes, Jorge López, Fren, Fusani, Giacobetti, Giordano, Méndez, Di Donato, González. Los delanteros, Carlos Alvarez, Hallar, Ovelar, Ruiz, Bravi. Y Maradona, claro.

Lo hizo goleador a Carlos “Bartolo” Alvarez (20 tantos) y él también grito, 13 veces. Contra Platense, contra Lanús, contra Atlanta (2), contra All Boys (2), contra Huracán (2), contra Quilmes, contra Chacarita, contra Estudiantes y contra… Boca (2). Contra Boca, nada menos. No fue poco para empezar.

Boca Juniors

Para que no queden dudas, de entrada: Boca es Maradona, Maradona es Boca. Aquella historia que tiene avales en la propias palabras del protagonista de esta historia, sobre su simpatía con Independiente, tiene una razón, también en Boca de Diego: su fascinación por el juego extraordinario de Bochini y de Bertoni. Pero lo cierto es que en aquella humilde casita de Azamor y Mario Bravo, la suya, en Villa Fiorito, flameaba en los corazones familiares una única bandera: la de los colores azul y oro. Eso mamó desde pequeño. Y además, intuyó, también desde muy chico, que algo muy especial se estaba gestando entre él y el pueblo boquense.

Fueron los primeros que lo ovacionaron en una cancha, cuando aquel “¡Que se quede / Que se quede!” se convirtió en himno en el entretiempo de un partido de primera entre Argentinos y… Boca. El no tenía más de 12 años. Años después, no demasiados, siempre con la camiseta de Argentinos le pegó cuatro cachetazos a un símbolo de Boca, a Hugo Orlando Gatti. Fueron cuatro goles en un solo partido que provocaron otra ovación unánime: la de los hinchas de Argentinos, por supuesto, y también la de los hinchas de… Boca.

Por eso presionó como presionó para que un día, al fin, se pusiera esa camiseta. Al punto de que él mismo generó el pase. Así fue: el gran interés era de River Plate, que daba hasta lo que no tenía para contar con él; sólo bastó que él sugiriera en una entrevista que Boca Juniors también estaba interesado —cuando en realidad Boca no tenía ni interés… ni plata- para que la historia cambiara de rumbo.

Al fin, el sueño se concretó, en una operación financiera que podría estar en la leyenda de la economía mundial. Millones de dólares, avales bancarios, cuotas escalofriantes.

Nada suficiente para pagar lo que generó, desde aquel debut contra Talleres de Córdoba, el 22 de febrero de 1981. Dos goles de penal en una Bombonera colmada que le permitieron adquirir la seguridad que su ajetreado físico necesitaba, porque era consciente de que no podía dar todo lo que tenía de entrada.

En el arranque, le cedió la posta del protagonismo a Miguel Angel Brindisi, un socio ideal. Como para que nadie dudara, igual mostró su distinción en los partidos diferentes. Como contra River, en la Bombonera nocturna y lluviosa, tres a cero inolvidable, 10 de abril. Y en el remate del campeonato, el mejor Maradona. Para dejar atrás a aquel Ferro de Carlos Timoteo Griguol, engorroso pequeño gran rival que mezclaba fútbol, básquetbol y ajedrez, con ese Boca que luchaba y luchaba dirigido por Silvio Marzolini.

Después llegó el Nacional. Pero no vino solo. Lo acompañó una serie de giras y partidos amistosos que terminaron por minar tanto el físico de todos, que el camino quedó más tranquilo para la marcha del River de Kempes.

Diego se fue de Boca en el verano del ’82, casi un año exacto después de su llegada. Pero no se fue para siempre…

El embarazo de catorce años, gestado en Europa, desarrollado en Barcelona, Nápoles y Sevilla, con un acercamiento final en la argentina Rosario, finalmente derivó en el parto del gran retorno.

1995 fue el año; octubre, como corresponde en cada renacimiento maradoniano, el mes. Primero en la lejanísima Corea del Sur, tierra amante de Maradona como pocas. Después, en La Boca, su tierra. “Quiero que la gente diga otra vez: ‘Vamos a la cancha, vamos a ver a El Diego’”, deseó en una frase íntima. Y así fue. En La Bombonera otra vez, el 7 de octubre de 1995, pisó la cancha más querida. Boca ganó 1 a 0, pero ese fue un detalle.

Todos fueron detalles, en realidad. Cada uno de los 30 partidos que jugó, imponiendo algo que fue más allá de sus 7 goles, sus triunfos, sus empates, sus derrotas en aquellos dos años, dirigido consecutivamente por Silvio Marzolini, Carlos Bilardo y Héctor Veira: la sensación inevitable de todos y cada uno de sus compañeros y rivales de que estaban compartiendo el campo de juego con un monumento de carne y hueso. Y de talento.

Lo persiguieron con extraños controles antidoping hasta que el dolor (no físico, sí del alma) lo obligó a gritar basta. Justo contra River, justo en el Monumental, justo cinco días antes de cumplir 37 años de edad. Aquel 25 de octubre quedará en la historia. Lo que nunca nadie se animará a escribir es lo que sigue: fue el último partido oficial de fútbol de Diego Armando Maradona. Sólo es una referencia; jamás una verdad absoluta.

Barcelona

“¡Lo quería Barcelona / lo quería River Plei / Maradona es de Boca / porque gallina no es!”, cantaba el pueblo boquense con razón y con orgullo. Pero los dólares (o las pesetas) pudieron más y retenerlo en el equipo fue una utopía. No en el corazón, claro, que eso no tiene precio.

Pero hacia España partió Diego, al fin. Primero, para jugar el Mundial ’82. Y después, para quedarse en uno de los clubes más ricos del planeta: el Barcelona Fútbol Club.

No fue fácil. O, mejor, no se la hicieron fácil.

Más allá del catalán como lengua oficial de esa hermosa región española que es Cataluña, todos hablaban el mismo idioma… fuera de la cancha. Dentro de ella, Diego se encontró con que, para la mayoría de sus compañeros, era más importante correr que jugar. Más furia, menos talento. Y si bien los demás no podía aprender lo que él sabía desde la cuna, intuyó que él debía incorporar aquello que todos consideraban una virtud —”Dejar la piel en el campo”, según la irónica definición de César Luis Menotti- para poder así contagiar algo de su magia intacta.

No lo ayudó nada su primer entrenador en el club, el alemán Udo Lattek. El hombre se preocupaba más porque los jugadores cargaran gigantescas pelotas de entrenamiento que usaran la verdaderas —las de “fulbo”- en los partidos. Sin embargo, él se impuso. Y volvió a generar esa fantástica discusión positiva: son muchos los que dicen que las cosas que Maradona hizo con la pelota —con la de verdad- en el Barcelona, no las hizo en ninguna otra parte. Por ejemplo, aquel maravilloso gol a Real Madrid, eterno: con una amague, quebró a toda la defensa rival, que presionaba en la mitad de la cancha; corrió y corrió con la pelota pegada a su zurda, hasta encontrarse con el arquero, que salió a buscarlo más allá de su área; con otro amague no dejó que los rozara, ni a él ni a la pelota; entonces, encaró hacia el arco vacía, sin romper la amistad entre su pie y la pelota; cuando ya casi había llegado a la línea de gol y el travesaño le hacía sombra, aunque que era de noche, espió por uno de los tantos ojos de su nuca; Juan José, un barbado y melenudo defensor madrileño venía con todo, dispuesto a acabar con todas las partes de aquella relación; entonces, la magia; frenó de golpe, quitó su pie y… su pelota de la barrida del rival y lo dejó que pasara de largo, como el torero al toro; el pobre Juan José se estrelló contra el poste; el grandioso Diego tocó, ahora sí, al gol.

Ningún hombre podía para a un futbolista así. Pero una enfermedad, sí. Una hepatitis lo enganchó desde atrás, cuando apenas llevaba tres meses exponiendo su magia.

Había debutado el 4 de septiembre de 1982, perdiendo contra el Valencia, en Mestalla, por 2 a 1. Llevaba 13 partidos y 6 goles cuando debió ingresar en reposo absoluto. Reapareció recién tres meses después, el 12 de marzo, contra el Betis. El técnico era otro y las posibilidades de soñar también: Menotti y la Liga se ofrecían, con los brazos abiertos. Todo no pudo ser, pero algo sí: la codiciada Copa del Rey.

Era cuestión de empezar de nuevo, no había forma de quebrar tanta determinación.

Sí. La había. Tenía nombre y apellido: Andoni Goikoetxea fue el verdugo de la mejor zurda de la historia del fútbol. Aquel 24 de septiembre de 1983, muchos pensaron que su carrera se había acabado, en el peor de los casos, o que habría que esperar demasiado para volver a verlo en un campo, en el mejor. Se equivocaron ambos: su regreso en apenas 106 días fue el último milagro en España.

Eso sí: para salvar su relación con el presidente Joseph Luis Núñez, que pretendía más protagonismo del que debía, hacía falta algo más que ayuda divina. más que ayuda divina. Y eso ya no tuvo solución. Al cierre de la temporada, en medio de una gresca real, en el final de la Copa del Rey contra el archirival Athletic de Bilbao, el 5 de mayo de 1984, en Madrid, todo se acabó.

Video: Gol a los Ingleses 86´

Napoli

Maradona ya estaba en Nápoles cuando se enteró de que su nuevo club se había salvado del descenso por un sólo punto en la última temporada. Si bien se sorprendió, no se alarmó; ya estaba acostumbrado. Fue como volver a los orígenes, a aquel Argentinos Juniors que les peleaba desde abajo a todos los grandes.

Lo que sí le llamó la atención de esa populosa y sureña región a la que arribaba, fue la discriminación que sufría de parte del resto de Italia. Lo vivió de entrada, nomás. Cuando viajó al norte con el equipo, para jugar su primer partido en la Liga italiana, en el millonario calcio, contra el Verona. Fue el 16 de septiembre de 1984 y el dolor y las ganas de revancha se mezclaron en la sangre de Maradona por el resultado en contra, 3 a 1, y por las banderas de los hinchas rivales. “¡Lavatevi!”, lávense, se leían en ellas.

El calcio ya era el campeonato de las estrellas y el Napoli tenía la mayor, pero le faltaba otras para brillar en serio. La primera rueda de aquella primera temporada, 1984/85 fue la de un equipo que apenas hace méritos para salvarse raspando del descenso. La segunda, en cambio, ya tuvo otro color: el Napoli sacó más puntos que el equipo que finalmente se consagró campeón, el Verona del italiano Galderisi, el alemán Briegel y el danés Elkjaer-Larsen.

De la mano de Diego, descenso había pasado a ser una mala palabra hasta en el dialecto napolitano.

El cambio de mentalidad fue tan evidente que, en la segunda temporada, la 1985/86, y en sociedad con un delantero que él mismo había hecho comprar, Bruno Giordano, el Napoli de Maradona asustó a los poderosos del norte: finalizó tercero y entre el nuevo número nuevo y Diego convirtieron 21 tantos. Temblaba la Juventus, que en ese año se quedó con el scudetto. Por poco tiempo…

La explosión se produjo en la tercera temporada, la de 1986/87: tras 60 años de espera, el Napoli consiguió su primer scudetto, dejando en el camino al poderoso Milan y desatando el carnaval napolitano. La consagración fue en el San Paolo, el 10 de mayo de 1987; le alcanzón con empatar, 1 a 1. A partir de aquel dí y sin temor a la herejía, los napolitanos entronizaron a un nuevo santo: junto a San Gennaro, patrono de la ciudad, ahora estaba El Diego. O Diecó, mejor.

Ciudad de extremos al fin, Nápoles vivió el gozo y la frustración con la pasión con que sólo puede vivirse allí en la cuarta temporada de Maradona, la de 1987/88. Fue, quizás, el mejor arranque del Diez y de todo el equipo en su historia de vida juntos, pero todo se derrumbó de tal manera al final que es imposible darle la dimensión verdadera. Resultó que el Napoli comenzó como una máquina arrasadora, batiendo todos los records estadísticos a los que los italianos son tan propensos, pero cerca de la meta su motor se fundió. La fórmula Ma-Gi-Ca, conformada por el mismo Maradona, Giordano y Careca, el brasileño que se había sumado al club, no fue suficiente para evitar el desastre: de los últimos siete partidos, perdió cinco y empató dos. El partido clave se perdió contra el Milan, 3 a 2, el 1 de mayo y en el mismísimo San Paolo. La sombra del totonero oscureció la imagen de un grupo excepcional, le costó el puesto a varios y obligó a Maradona a redoblar la apuesta, molesto por la sospecha.

En su quinta temporada, la de 1988/89, el Napoli demostró que no era ninguna casualidad pelear arriba. Perdió la pulseada ante un gran Inter., pero fue más allá de las fronteras italianas: Maradona le regaló la primera Copa de la UEFA de su historia, en una extraordinaria campaña y venciendo al Stuttgart alemán; el partido final de vuelta se jugó en Alemania, 17 de mayo de 1989, y el empate, 3 a 3, permitió la vuelta olímpica.

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