A Diego “No le perdonaron muchos su origen. Yo he escuchado muchas veces, durante el año de su suspensión: “¿Y qué querés con ese negrito villero?”. No le perdonaron su origen. Tampoco se lo perdonaron a José María Gatica, a otros que desde muy, muy abajo llegaron muy arriba por su talento y sin ser alcahuetes de nadie. Ningún deportista padeció trauma semejante.”
Diego Armando Maradona nació el 30 de octubre de 1960 en el pobre barrio de Villa Fiorito de la perifería de Buenos Aires, Argentina. Diego creció con el fútbol. De pequeño Diego era un fenómeno. En los partidos de Argentinos Juniors, durante el descanso, un chico de la cantera deliciaba al público con sus jueguitos. “¡Que se quede!, ¡que se quede!” gritaba la hinchada de Argentinos. Ese chico se llamaba Diego Armando Maradona.
Defensa de Maradona - Conversación entre Alejandro Dolina y Jorge Dorio durante el programa radial La venganza será terrible, emitido el 30 de Junio de 1994
Texto:
[Alejandro Dolina]
Hoy estamos muy de indignaciones -¿No?- Es una jornada triste. Y yo hace unos minutos tuve ocasión de hacer un pequeño comentario por Canal 13 acerca de ésta desgracia de Diego Maradona; y quiero decir que si fuera solamente una desgracia futbolística, seguramente no la traería yo a colación en este programa y si fuera nada más que el comentario de un partido perdido, o de un jugador en infracción que ha quedado fuera del campeonato, bueno tampoco, porque aquí hay un equipo muy idóneo para esto -Creo que el mejor, ustedes saben la admiración que tengo yo por Víctor Hugo Morales-. De manera que no es un comentario deportivo éste.
Pero el sueño del regreso del Diego era -para éste que habla- un sueño mucho más grande que un sueño futbolístico. Creía yo ver en el regreso de éste chico al quien he admirado tanto y he querido tanto como jugador de fútbol y también como persona. Creía yo ver en ese regreso uno de los contadísimos éxitos que el hombre tiene frente al tiempo, frente a la muerte, frente a la maldad y frente a la mezquindad.
En general el tiempo siempre vence, la muerte prevalece, la mezquindad triunfa y las sencillas virtudes más tarde o más temprano, suelen quedar sepultadas. Recuerdo a Rubén Darío en esa línea, vencedor de la muerte.Vencedor del tiempo, vencedor de la maledicencia, vencedor de su propia equivocación: Volvía Diego Maradona.Y al margen de que a uno lo ponga contento que un tipo con la 10 celeste y blanca juegue bien… había más… había más… Había ese deportista que había sido vapuleado por una sociedad hipócrita que lo señaló como un delincuente, siendo que en ese mismo círculo que lo señalaba a él como delincuente, se verificaban las mismas costumbres que le enrostraban a Diego, con una hipocresía impresionante. Ciertos periodistas, pensadores y mediocres en general, atacaron a Diego. Se pusieron paternalistas con Diego. Empezaron a darle consejos a Diego. Empezaron a negar o a lamentarse de que Diego fuera ejemplo para muchos jóvenes. Al respecto debería decir yo lo siguiente, lo he dicho otra veces pero vale decirlo ahora: Yo creo que sí es ejemplo. Es ejemplo en un país, en un mundo, pero particularmente en un país donde la aspiración de las personas es obtener un 4 para poder seguir adelante, es decir, entregar lo menos posible para recibir lo más posible. Negar la excelencia como si fuera obsesiva y demencial, para conformarse con la mediocridad que permite zafar – Como suele decirse-. En un mundo que aspira un 4, Diego era el 10. Y en ese sentido es, sigue siendo un ejemplo para los chicos. Paradigma, porque les muestra que a veces es deseable ser el mejor de todos. Y aunque no se consiga serlo, que vale la pena la lucha para ver si uno lo logra.
Ningún deportista del mundo, ningún deportista del mundo fue tan perseguido.
Jugador de fútbol suspendido por un año en el ápice mismo de su carrera.
Siendo el mejor de todos. Una carrera que como todos sabemos -lugar común mediante, tópico mediante: es breve-
[Jorge Dorio]
Hubo otro gesto, Alejandro -si me permite ahí en el medio- también en ese ápice y en el medio de esa caída, que es el haberse permitido cuando la comodidad a su vez le permitía circular tranquilo en medio del ruido y de la gloria, alzarse frente a los poderosos -equivocado o no, tampoco importa- sino tener una opinión personal, funcionar como un hombre en medio de ésta circulación de ídolos habitualmente vacíos de discursos, de opiniones y de pasiones.
[Alejandro Dolina]
Así es. Tomó la posición más incómoda. Se situó en el centro mismo de la incomodidad. Muy fácil hubiera sido para él, hacer como digamos como Pelé.
Hacerse amigo de los poderosos, hacerse patrocinar, marchar por las avenidas centrales de los “mangiaorejas” y no lo hizo así.
No le perdonaron muchos su origen. Yo he escuchado muchas veces, durante el año de su suspensión: “¿Y qué querés con ese negrito villero?”. No le perdonaron su origen. Tampoco se lo perdonaron a José María Gatica, a otros que desde muy, muy abajo llegaron muy arriba por su talento y sin ser alcahuetes de nadie. Ningún deportista padeció trauma semejante.
Alcanzó a volver. Fue atacado. Fue empujado hacia la equivocación incluso.
¿Pero por qué?. Los medios de comunicación, el mundo éste en que vivimos, suele obligar a los luchadores quijotescos y solitarios a jugar el juego que todos juegan. Y entonces… ¿Cuál es el juego que todos juegan?. El juego de los medios de comunicación, el juego del retruque, el juego de saber que Sócrates no escribió ningún libro, el juego de no comerse las ‘eses’. El juego de una cierta elegancia, y a ese juego, juegan muy bien quienes el mundo manejan. Y Diego jugó a ese juego, claro, al otro, al juego de él era muy difícil ganarle.
No he visto ningún periodista que lo desafiara a hacer “jueguito”, pero sí he visto periodistas que lo desafiaban a hablar, a una polémica. -Ah! -Gran cosa!… Pedirle a Diego que sea polemista, que sea culto. Bueno, por Dios…
[Jorge Dorio]
Si me permite Alejandro, también perdieron en ese juego justamente porque no esperaron -he insisto, esto no tiene que ver con las opiniones vertidas en cada ocasión por Diego Maradona, más allá de su posible acierto o error como si uno pudiera juzgar esto- también perdieron el punto en que no encontraron lo previsible: No encontraron la anuencia para el juego de los poderosos, no encontraron aquello que se debe esperar de un número uno.
[Alejandro Dolina]
No. No encontraron eso. No encontraron la complacencia, el beneplácito y la complicidad que suelen tener a veces los que llegan desde muy abajo y que encuentran cómoda, la alianza con los poderosos. No la hallaron en Diego.
Bueno, a todo esto se sobrepuso Diego. -Y casi este regreso, era un milagro!
Era un milagro. El milagro del héroe que vuelve del infierno. Teseo rescatado de los infiernos. El novio que espera a la princesa que está triste, de Rubén… pero bueno, y entonces sucede este episodio absurdo. Por eso mi tristeza y por eso el desengaño.
No la tristeza del hincha de fútbol que dice: -Uh! -Nos sacaron el mejor!
Esa sería una tristeza chiquita. No. La tristeza de un criollo que vió como un chico de Fiorito -El mejor jugador que yo haya visto nunca- pudo sobreponerse a los miserables y ver como -para alegría de tales miserables que seguramente ahora estarán llenandose la boca con reconvenciones legalistas y cosas por el estilo- como para alegría de ellos, ese sueño se frustró.
Yo estoy muy triste. He llorado, no por el fútbol -yo hace desde los 11 años que no lloro por el fútbol- lloro por una estética y por una ética que vuelve a ser pisoteada por los mediocres. Decía yo en canal 13 -quizá exagerando mis sentimientos- pero algo que es verdadero: Más deseo tenía yo de ver campeón a Diego que de ver campeón a Argentina. Y otra cosa dije también: A la hora de poner las manos sobre el fuego, el buen amigo habrá de ponerlas aun cuando sepa que es posible quemarse. Porque las manos en el fuego con la seguridad de no sufrir quemaduras las pone cualquiera. El verdadero amigo es el que pone las manos en el fuego aun cuando sabe que se va a quemar. Y si Dieguito Maradona que tantas alegrías nos ha dado, no merece que hoy nosotros pongamos las manos en el fuego aun cuando las saquemos quemadas, pues entonces yo no entiendo nada, ni de fobal, ni tampoco -lo que es peor- de la vida.
[Jorge Dorio]
Hay algo más Alejandro que usted pensó y lo hablamos, después en una entrevista a veces las cosas se diluyen, no aparecen, se le escapan a uno.
Hay una especie de cita patria -diríamos- Hay algo que quizás se parezca -porque las dimensiones son diferentes- digo, pensaba en algún acontecimiento político hace un par de décadas -¿No?- Alguien que vuelve también, que reencuentra a la gente reunida en torno de sí, y eso se pierde, se diluye como ilusión, como emoción de todo un país.
Pero usted pensó en un ejemplo, en una historia que es precedente a eso y que funda a este país. Digamos, la necesidad de alguien que haga un gesto accesorio al gesto del héroe, un gesto más. Usted se acuerda perfectamente de quién estoy hablando.
[Alejandro Dolina]
Claro. No hubo en este caso -lástima que no lo haya habido- un Tadeo Isidoro Cruz para este Fierro. Tadeo Isidoro Cruz, aquel sargento de la partida, que va a prender a Martín Fierro que cuando lo ve batirse en inferioridad, pero con tanto coraje, dice: Yo no voy a permitir que se mate así a un valiente y toma su partido, el partido de los perdedores. Sabía Cruz, que tomar ese partido lo conducía a la marginalidad y al aniquilamiento pero lo tomó y dijo: Yo no voy a dejar que se mate así a un valiente. No hubo ningún Cruz para este Fierro.
Iba yo a hablar de algunas paradojas, de algunas aphorias, de Bertrand Russell, de Zenon de Elea, de Timénedes, pero las paradojas son jueguitos de manos de la razón, y pudo más por suerte esta vez, la potencia de la pasión.
Vamos a escuchar un tango, no importa cual, dedicado a Dieguito Maradona que canta un amigo nuestro.
Biografía
Una vez que toda la familia convenció a don Diego para que lo dejara ir a la prueba al Pelusa, hubo que esperar. Faltaba todavía. Fueron un par de días, nomás, pero a Diego le pareció un siglo. Al fin llegó.
Entonces, una banda de pibes de Villa Fiorito se tomó el colectivo 28 (el verde, como le decían) hasta Pompeya. De allí, el 44 hasta llegar al complejo de entrenamiento de Argentinos, que se llamaba Las Malvinas.
Entre todos ellos, había tres pibes, el Diego, el Goyo y Montañita, que no se separaban ni un minuto. Eso sí, cuando llegaron, la decepción fue de todos: llovía tanto, pero tanto, que las canchas no se podían ni pisar… ¡Se suspendía la prueba! ¿Se suspendía la prueba?
Vale detenerse un instante. No había sido fácil para Diego llegar hasta allí: el permiso de don Diego no valía para siempre, la plata para los boletos de colectivo costaba conseguirla, los entrenadores no tenían tanto tiempo como para andar yendo y viniendo con un grupo de pibes de Fiorito. ¿Habrá pensado Diego todo eso?
La voz de don Francis Cornejo, el entrenador, el descubridor de talentos, el conductor de aquel grupo que empezaba a nacer, lo sacó de su tristeza: “¡Vamos! Todos a la camioneta de don Yayo… ¡Nos vamos a otra canchita!”. La camioneta era un Rastrojero algo destartalado y don Yayo era José Emilio Trotta, ayudante de Cornejo. La otra canchita resultó ser el Parque Saavedra.Allí se armaron dos equipos. Diego y Goyo entraron, juntos, en la segunda tanda. Si habían sido siempre rivales, no se notó. Lo que más se notó en la comunicación futbolìstica entre ellos fue la amistad. Hicieron todo tipo de lujos y un montón de goles. Tantos, que Diego ni se acuerda cuántos fueron. Y aunque parezca mentira, ante semejante demostración, al primera reacción de don Francis no fue la mejor. El hombre pensaba que lo estaban cargando, que ese pibe flaco y bajito, con un montón de rulos en la cabeza, jamás podía tener nueve años. Estaba convencido de que era… ¡un enano! Cornejo se acercó a Diego y le preguntó si estaba seguro que era del sesenta. Y Diego, achicándose todavía más, algo asustado, le contestó que sí, por supuesto. Entonces el hombre le pidió los documentos y él se quiso morir… ¡No los tenía!
Algo, la intuición tal vez, le hizo ver a don Francis que no valía la pena hacerse problema. Que lo único importante era que aquel chico siguiera jugando. Nunca imaginó que, poco tiempo después, tendría que ser él mismo el que mintiera sobre la edad de su fenómeno. Y no precisamente en el mismo sentido.
The monster
Al fin, Francis tuvo los documentos de Diego. Y más también. Porque si a alguien le tenín confianza don Diego y doña Tota para confiarles a su hijo, ese era don Francis. Así que el hombre lo llevaba a Maradona a todas partes. Hasta a los partidos con pibes más grandes, lo llevaba. Parece increíble, pero así fue. Así como los brasileños ponen futbolistas más grandes en los torneos menores, Argentinos apelaba a uno más chico para jugar contra los más grandes.
Una vez, en la cancha de Sacachispas, contra Racing, el partido de los chicos de 14 años estaba duro, cero a cero y no pasaba nada. Francis le hizo una seña al negrito que tenía en el banco y lo mandó para la cancha. Once años tenía Maradona y dos golazos metió. Chau partido. El técnico rival, que lo conocía muy bien a Francis, se le acercó, asombrado: “Pero, ¿cómo tenés a ese fenómeno en el banco?”, le preguntó, sabiendo que Francis erraba pocas veces. “Cuidalo, que va a ser un genio”, agregó. Francis sólo sonrió, le dio una palmada y se fue.
Otra vez, en un partido contra Boca, hizo lo mismo. Pero como ya todos conocían el nombre de Maradona, se lo cambió. En la planilla puso Montanya. La cosa es que ese partido estaba todavía peor: perdían tres a cero. Entonces, Cornejo mandó a… Montanya a la cancha. Enseguida hizo un gol, otro más, consiguieron el empate. Y en el último festejo, a los compañeros se les fue la lengua: “¡Grande, Diego!”, le gritaron. Y el técnico rival se puso como loco, llegó corriendo hasta donde estaba Cornejo y le gritó: “¡Me pusiste a Maradona, hijo de…!”
Maradona ya era todo un apellido, aún cuando la primera vez que apareció publicado en un medio se deslizó un pequeño error. Para Clarín, según publicó el 28 de septiembre de 1971, había un pibe con porte y clase de crack que se llamaba… Caradona. No aparecía así en las listas de los partidos de Los Cebollitas, que tenían una formación bastante estable: Ojeda; Trotta, Chaile, Chammah, Montaña; Lucero, Dalla Buona, Maradona; Duré, Carrizo y Delgado. Estuvieron 136 partidos invictos, todos registrados en un cuaderno que guardan celosamente Claudia, y en los últimos tiempos hacían giras por todas partes; hasta en Uruguay y Perú estuvieron. Y la serie se les terminó en Navarro, provincia de Buenos Aires. Pero la historia ya estaba escrita y también anunciaba lo que estaba por venir, tarde o temprano.
Goles…a los ingleses
La historia de Maradona es circular, cíclica. Y por eso fantástica. Es posible encontrar en ella guiños y señales que lo explican todo. O buena parte. En su inolvidable Época Cebollita, Diego hizo dos goles que bien pudieron ser el molde de los que, muchos años después, les convertiría en un único partido a los ingleses, durante el Mundial de México ’86.
Aunque parezca mentira ya había realizado algo parecido a esa proeza que está considerado el mejor gol de la historia de los mundiales. Fue en 1973, en una final contra River. Diego gambeteó a siete jugadores y definió.
Y lo más curioso es que también hizo uno como el otro, el de La Mano de Dios. Fue en el Parque Saavedra, los contrarios lo vieron, el referí no y se armó un lío bárbaro. Al fin, fue gol.
Que se quede
La fama de Los Cebollitas creció con sus triunfos y con su magia. Y la Maradona, igual. Al punto que fue invitado por Pipo Mancera, conductor del programa más visto de la televisión argentina en aquellos tiempos, principios de los setenta. Diego trepó a las inferiores de Argentinos Juniors y su debut en la novena división tuvo como premio el primer título, la primera vuelta olímpica.
Obviamente, su nombre no sólo era llamativo para los medios. Allí estaba los otros clubes, más grandes. A través de su presidente, William Kent, River hizo conocer su interés. El dirigente encaró a don Diego y le pidió que le pusiera precio al pase de su hijo, que lo quería comprar. La respuesta del querido Chitoro está en la historia grande de Maradona: “No, no, gracias, Dieguito está muy feliz de jugar en Argentinos”.
Dieguito estaba felìz, por ejemplo, de divertirse con las redonditas pelotas Pintier en el entretiempo de los partidos de primera. Había sido una idea de Cornejo: le tiró una pelota, Diego se puso a hacer jueguito y la gente ya no tuvo atención para otra cosa. Cuando volvieron los equipos de primera, para reanudar el partido, bajó la ovación: “¡Que se quede / Que se quede!”. Fue la primera ovación que recibió Maradona en su vida, el antecedente del clásico “¡Maradóóó, Maradóóó!”.
Por aquellos tiempos ya andaba cerca del grupo Jorge Cyterszpiler. El hermano del Gordo o el Ruso, que así lo llamaban, había sido una gran promesa de Argentinos Juniors. Pero una enfermedad había acabado con esa ilusión y también con su vida. Cyterszpiler no había vuelto a pisar el club hasta que le contaron de un tal Maradona. Entonces volvió. Y no se separó más de aquel grupo, fue el hermano mayor de todos.
Muchas veces Diego comió y durmió en su casa. Compartió con él los sueños que ya estaban más cerca de hacerse realidad. Como aquella vez que casi, casi debuta en primera. Fue el 14 de agosto de 1975. Una huelga de futbolistas dejó sin profesionales a la primera división. Argentinos tenía que jugar contra River, en la cancha de Vélez. Francis, que no quería que lo apuraran contra los grandotes, le pidió al técnico, que era Francisco Campana, que lo pusiera, porque jugaban pibes contra otros pibes… No pudo ser, se quedó con las ganas. Pero no faltaba mucho, apenas un año.
Por el barrio en el que nació, Villa Fiorito, Diego Armando Maradona bien podría haber sido jugador de Independiente. O, más todavía, debía haber sido. Pero no. Y está bien. Porque Argentinos Juniors, se confirmó con los años, tiene más que ver con su historia, con eso de pelear desde abajo. Con eso de engrandecer a los humildes.
Como después viviría con otras camisetas, con la de Argentinos empezó peleando el descenso y terminó buscando el título. Y la vieja cancha de Boyacá y García se convirtió en el centro de atención de todo el mundo futbolero: como quien parte en procesión a adorar a un Dios, los hinchas de cualquier club se encaminaban hacia allí para ver jugar al morocho retacón y de rulos con el número diez. Siempre. Desde que debutó, el 20 de octubre de 1976, hasta que se fue, en los primeros días de 1981.
Como se jactan los partidarios de cada uno de los equipos por los que pasó, los del Bicho aseguran que ellos tuvieron al mejor Maradona. El más puro, el diamante en bruto, incontaminado. Es posible. En todo caso, siempre se habla del Mejor Maradona y la discusión se eleva cada vez más.
En Argentinos hay hitos maradonianos, claro. Aquel debut en primera división, con caño incluido, cuando todavía no tenía 16 años. Los dos primeros goles, enseguida, a días de su presentación. La bronca en forma de goles (tres) después de la frustración de Argentina ’78. Goleador, goleador, goleador, goleador, goleador, cinco veces goleador sobre nueve campeonatos jugados con esa querida camiseta. Giras y más giras con él como atracción principal. Y un subcampeonato, por supuesto, el único segundo puesto que alguna vez él festejó.
Y la referencia ineludible, para siempre. Hoy, y por todos los tiempos, Argentinos Juniors fue, es y será el club donde se inició Diego Armando Maradona.
De Selección
Si toda la gente que dice haber presenciado el debut de Diego Armando Maradona en primera división realmente hubiera estado en el estadio de Boyacá y García, no habrían sido suficientes el Maracaná, el Santiago Bernabeu y el Giusseppe Meazza juntos para recibirlos. Fueron muchos, igual, los afortunados que aquel miércoles 20 de octubre de 1976 estuvieron en la cancha de Argentinos Juniors para ver el partido del local contra la sensación del Campeonato Nacional, Talleres de Córdoba. Dejaron en boleterías una recaudación de 1.273.100 pesos de entonces. Como referencia de lo que valía la plata en aquellos tiempos, vale decir que Central Norte, de Salta, jugando contra Newell’s Old Boys, recaudó en aquella misma fecha 2.410.000 pesos.
Muchos de los que fueron a La Paternal soñaban con disfrutar con el gran fútbol de los cordobeses. Se encontraron con un chico de 15 años (le faltaban 10 días para cumplir 16) que en la primera pelota que tocó, después de ingresar en el arranque mismo del segundo tiempo, reemplazando al Nº 10 Giacobetti, con el número 16 en la espalda, le tiró un caño al primer rival que se le cruzó en el camino, Juan Domingo Patricio Cabrera. Es que eso mismo le había pedido el técnico, Juan Carlos Montes, a Maradona: “Vaya, Diego, juegue como usted sabe”. Eso que hizo sabía hacer Maradona.
Para la prestigiosa revista El Gráfico cubrió el partido quien era nada menos que el director de la publicación, Héctor Vega Onesime. El escribió en la síntesis del partido, que calificó como intenso: “De no haber sido por las condiciones y las dimensiones del campo de juego, el espectáculo pudo ser mejor. Los dos equipos mostraron más inclinación a crear que a destruir. Aun cuando en el segundo tiempo Talleres se apretó contra sus palos para defender el 1-0, Argentinos quedó sepultado en su incapacidad ofensiva. Ni siquiera la inclusión del sorprendente, habilidoso e inteligente ex “cebollita” Maradona (16 años (N. de la R.: todavía no los había cumplido) alcanzó para resolver el problema. Los cordobeses tenían la alternativa de ganar o ganar. Y ganaron. Para más adelante esperamos ese fútbol que tienen, pero todavía no afloró. Campo: pésimo. Juez: Maino (bien)”. El remate era la calificación de Maradona, que jugó sólo 45 minutos: 7 puntos.
Es que jugó realmente bien. Los nervios desaparecieron rápidamente para él, apenas pasó el toque de aquella primera pelota, con caño incluido. Nunca desaparecieron de su alma, sin embargo, todas las sensaciones de aquel debut. Alguna vez dijo, en tono de confesión: “Fue la primera vez que sentía que tocaba el cielo con las manos”.
El técnico le había dicho que iba a ir al banco de los suplentes en el último entrenamiento semanal, en el club Comunicaciones, el martes 19. Entonces había salido como loco, corriendo, a contárselo a don Diego y a doña Tota, a sus hermanas, a sus hermanos, a sus amigos. A Villa Fiorito. En aquellos días, ya Argentinos le había alquilado su primera casa, en la calle 2746 de Villa del Parque, pero todavía estaban en plena mudanza. Así que la mayoría de los seres a los que él quería y que lo querían de verdad estaban allí, en Fiorito. Fue un raro festival de alegría y de llantos, fue el mejor premio a tanto esfuerzo. De plata, ni hablar todavía. Apenas si pudo preparar el único pantalón especial, uno de corderoy turquesa, válido para invierno o para verano, y estar listo para jugar. Para jugar, que nunca dejó de hacerlo. Y la historia apenas comenzaba.
Argentinos / Selección
Después de aquel debut en primera división, Diego Armando Maradona no volvió a dejar el equipo principal. Es más, se hizo habitual que actuara como titular, con la camiseta número diez. Y no sólo se entrenaba en Argentinos Juniors, también tenía un lugar en el seleccionado juvenil. Fue justo en una de aquella prácticas, a comienzos de 1977, que César Luis Menotti lo llamó aparte, después de un partido de entrenamiento entre los juveniles y los mayores.
Diego confesó, mucho tiempo después, que le temblaban las piernas. Que escucharlo al Flaco, en aquel tiempo, era como escucharlo a Dios. Y la verdad es que lo que el técnico le dijo le sonó a milagro. Lo estaba convocando para concentrarse con la selección mayor, para un partido amistoso contra Hungría. En menos de cuatro meses le estaba pasando todo, quizás demasiado. Lo cierto es que cuando se puso la camiseta celeste y blanca con la que siempre había soñado jugar tenía apenas ¡doce partidos en primera!
Argentinos fue la plataforma de lanzamiento para la consagración internacional. Desde abajo, desde la pelea por evitar el fondo de la tabla, Diego se hizo fuerte. Fuerte de verdad. En aquel Campeonato Metropolitano 1977, el primer torneo que siguió al de su debut, jugó 37 partidos consecutivos como titular. Y se consolidó.
Algunos nombres de aquel plantel hacen volar los recuerdos. El arquero era Munutti. Los defensores, Minutti, Carrizo, Agresta del Cerro, Gette, Núñez, Fusani. Cicogna, Roma, Milani, Romano, Rojas. Los volantes, Jorge López, Fren, Fusani, Giacobetti, Giordano, Méndez, Di Donato, González. Los delanteros, Carlos Alvarez, Hallar, Ovelar, Ruiz, Bravi. Y Maradona, claro.
Lo hizo goleador a Carlos “Bartolo” Alvarez (20 tantos) y él también grito, 13 veces. Contra Platense, contra Lanús, contra Atlanta (2), contra All Boys (2), contra Huracán (2), contra Quilmes, contra Chacarita, contra Estudiantes y contra… Boca (2). Contra Boca, nada menos. No fue poco para empezar.
Para que no queden dudas, de entrada: Boca es Maradona, Maradona es Boca. Aquella historia que tiene avales en la propias palabras del protagonista de esta historia, sobre su simpatía con Independiente, tiene una razón, también en Boca de Diego: su fascinación por el juego extraordinario de Bochini y de Bertoni. Pero lo cierto es que en aquella humilde casita de Azamor y Mario Bravo, la suya, en Villa Fiorito, flameaba en los corazones familiares una única bandera: la de los colores azul y oro. Eso mamó desde pequeño. Y además, intuyó, también desde muy chico, que algo muy especial se estaba gestando entre él y el pueblo boquense.
Fueron los primeros que lo ovacionaron en una cancha, cuando aquel “¡Que se quede / Que se quede!” se convirtió en himno en el entretiempo de un partido de primera entre Argentinos y… Boca. El no tenía más de 12 años. Años después, no demasiados, siempre con la camiseta de Argentinos le pegó cuatro cachetazos a un símbolo de Boca, a Hugo Orlando Gatti. Fueron cuatro goles en un solo partido que provocaron otra ovación unánime: la de los hinchas de Argentinos, por supuesto, y también la de los hinchas de… Boca.
Por eso presionó como presionó para que un día, al fin, se pusiera esa camiseta. Al punto de que él mismo generó el pase. Así fue: el gran interés era de River Plate, que daba hasta lo que no tenía para contar con él; sólo bastó que él sugiriera en una entrevista que Boca Juniors también estaba interesado —cuando en realidad Boca no tenía ni interés… ni plata- para que la historia cambiara de rumbo.
Al fin, el sueño se concretó, en una operación financiera que podría estar en la leyenda de la economía mundial. Millones de dólares, avales bancarios, cuotas escalofriantes.
Nada suficiente para pagar lo que generó, desde aquel debut contra Talleres de Córdoba, el 22 de febrero de 1981. Dos goles de penal en una Bombonera colmada que le permitieron adquirir la seguridad que su ajetreado físico necesitaba, porque era consciente de que no podía dar todo lo que tenía de entrada.
En el arranque, le cedió la posta del protagonismo a Miguel Angel Brindisi, un socio ideal. Como para que nadie dudara, igual mostró su distinción en los partidos diferentes. Como contra River, en la Bombonera nocturna y lluviosa, tres a cero inolvidable, 10 de abril. Y en el remate del campeonato, el mejor Maradona. Para dejar atrás a aquel Ferro de Carlos Timoteo Griguol, engorroso pequeño gran rival que mezclaba fútbol, básquetbol y ajedrez, con ese Boca que luchaba y luchaba dirigido por Silvio Marzolini.
Después llegó el Nacional. Pero no vino solo. Lo acompañó una serie de giras y