–¿Te sentís viejo por la proximidad con los 40?
–Yo tengo como ochenta y pico, en realidad. La civilización se me ha vuelto muy aburrida. La vida de arte no, porque tiene muchos espejos, y a mí me encantan los vidrios y los espejos y los recovecos. Yo sé que esa vida es la mía. No tengo ganas ni de estacionar un auto ni de pagar la luz ni de nada de eso. Quiero que me digan a qué hora y dónde tengo que estar para hacer una función. Quiero estar rodeado de gente de confianza que se ocupe de todo el resto. Quiero tener a la gente contenta alrededor mío y no saber cuánto gana mi mucama ni cuánto gana nadie. Con un espacio para vivir, comer, dormir, amar, escribir y leer soy feliz. No quiero transar más con esas normas estúpidas y frívolas, y decretitos menemistas y duhaldistas impuestos por una sociedad de políticos sin principios, infames, indecentes e insensibles.
El que habla aquí tiene un vínculo con el que habla en su espectáculo del Paseo La Plaza, El niño muerto: por primera vez autorreferencial, dice, como si fuera un slogan. El que habla aquí es Peña, Fernando, la persona, el que aloja a los otros: Dick Alfredo, Palito, La Mega, Milagritos, Reboira Lynch, Roberto Flores, Sabino, habitantes de la radio nocturna.
–¿Cuál es el credo de alguien que parece no creer en nada?
–Siempre quise apostar por mí y tuve siempre una sociedad, incluyendo a mi mamá y a mi papá, que me decían: No, no tanto, no. Cuando les hice caso me fue como el c… En cambio, un día dije: Ya está. Voy a ser como yo quiera, y si el final es la cabeza contra la pared y quedar como una especie de tarta de espinaca reventada, estará bien, ahora me toca a mí. Y estoy haciendo lo que siento en las vísceras: no tengo nada que esconder, soy totalmente transparente, sin caer en agarrar una Itaka y matar a alguien. Lo mío no es la agresividad.
–Sin embargo, mucha gente vive tu humor negrísimo como agresividad.
–La gente no tiene tiempo para descubrir nada. Y como la primera lectura es ésa, se queda con eso. Es la razón por la que funcionan tan bien la publicidad subliminal y los carteles vistosos, y justifica el éxito de los diseñadores gráficos: la gente esta cada vez más tonta. Les vendés un diseño y lo compran sin cuestionar. No le quiero poner un toque comunista a mis ideas, pero realmente la gente no tiene más tiempo para pensar por sí misma. Elige en función de la masa y de lo que le gusta al vecino.
–Paradójicamente, eso te beneficia: da la sensación de que mucha gente va a verte al teatro porque estás de moda.
–No. No me beneficia. También estoy cansado de que no me entiendan. Me doy cuenta cuando no me entienden y hago la función enojado. A veces parece que fueran a ver un actor cómico, un Gasalla moderno, un Perciavalle del 2000, o a ver las voces de la radio, porque tampoco entienden quién es La Mega o Martín Reboira Lynch. No entienden nada. Pero yo los voy a hacer entender.
El niño terrible
Por algunos personajes públicos, Peña siente un encono especial. Entre ellos, el periodista Daniel Hadad ostenta un sitial de privilegio: Peña suele utilizar ese apellido como sinónimo de tonto o de mala persona.
–No es de Hadad del que hablo mal. Por mí, que viva 190 años. Pero yo quiero a mi país. A pesar de ser uruguayo, creo que la tierra donde uno habita y tiene sus sentimientos es su propia tierra. Y Hadad no quiere a este país. Lo unico que le interesa es hacerse multimillonario, tener 50 millones de dólares y después seguro que se va a vivir a Holanda. Y yo me voy a quedar acá con los despojos que él deje. Así que no quiero que Hadad le lave la cabeza a 400 mil doñas Rosa. Por mí, a Hadad le doy salud eterna, pero que sea… iba a decir docente, pero no. Que sea… La profesión de Hadad tendría que ser vender ballenitas, así no joroba a nadie. Aunque hasta así lo haría, porque las vendería falladas.
Y se ríe a carcajadas de su propia maldad.
–¿Cuál es el precio de ser tan corrosivo?
–Decir lo que pienso me trae muchísimos problemas. Es más, yo sé que me quieren matar. Sé que hay una gran campaña para hacerme callar, soy un gran peligro. Por eso todavía no pasó nada: ¿cómo tirás a Peña en una zanja? Yo no soy Cabezas. Es muy difícil que de un día para el otro Lanata se muera, o Peña se muera. Entonces, tiene que ser lento. Pero yo sé que quieren silenciarme. Y bueno, me silenciarán. Es parte del riesgo. Y si muero de una manera heroica sería bárbaro. Como el acto de matar es un acto carente de amor, el que mata es después el más matado. Y, por último, es el vencido. Yo moriré lleno de rosas, con el amor del pueblo.
–¿Ser coherente aun a riesgo de la propia vida?
–Lo más importante es sostener la coherencia. Aun los Hadad, aun los malos no son capaces de sostener su mafia. Ese es el problema. No hay sustento. Se viene el fin del sistema en el nivel social. Esta sociedad que hemos creado no resiste más porque no hay fidelidad, no hay coherencia, no hay sustento a los caprichos individuales.
–¿Cómo viviste el hecho de estar tan cerca de la muerte?
–Nunca fui tan feliz como cuando la tuve cerca. Sentí una paz interna tremenda, una enorme felicidad y una alegría desconocidas. Desde ese momento, las frases cotidianas de la gente me dan risa. No puedo creer las estupideces que siguen diciendo ni las preocupaciones que tienen. Por ejemplo, cuando escucho cosas como: No sé si vender la 4 x 4. Todo es mucho más importante y más profundo de lo que el mínimo ser humano que somos puede llegar a ver. La masa está yendo al revés. Me dan ganas de detener a todos y gritarles: ¡No, paren, es al revés! Es todo tan importante, tan sublime. Todo. Y la cultura de este principio de milenio enseña que todo es liviano, intrascendente, pasajero. Eso me angustia mucho. La única manera de detenerlo sería que cada uno parara. Yo paré. Hay que detenerse y darle importancia a todo. Cuando sos consciente de la muerte es cuando realmente honrás la vida. Vivimos en una construcción que hay que derrumbar urgente.
–¿Cómo es tu experiencia cotidiana con la enfermedad?
–Me enteré de que tenía sida hace dos años. Sospeché cuando me lo contagié, en 1987, porque mi novio era HIV. No tuve ningún síntoma hasta hace dos años. Desarrollé un linfoma agudísimo, que es un tumor líquido en la sangre que no se puede extirpar. Me sometí a un esquema muy rígido de quimioterapia durante seis meses, que me tuvo pelado, gordo, inflamado, cansado… y mutilado emocionalmente: estaba cuatro días por semana, las 24 horas conectado a la máquina de quimio. Y a la semana me empezaban los dolores, los calambres, la falta de aire, me dolía todo. Pero bueno, lo eliminé. Y ahora el virus está indetectable, quiere decir que la carga viral es mínima.
–Entonces, no te vas a morir tan rápido.
Lanza otra sonora carcajada y dice, con cara de niño travieso: “No. De esto, parece que no”.
Carta abierta a Cristina Fernández (Fernando Peña 29.03.2008)
Cristina, mucho gusto. Mi nombre es Fernando Peña, soy actor, tengo 45 años y soy uruguayo. Peco de inocente si pienso que usted no me conoce, pero como realmente no lo sé, porque no me cabe duda que debe de estar muy ocupada últimamente trabajando para que este país salga adelante, cometo la formalidad de presentarme. Siempre pienso lo difícil que debe ser manejar un país… Yo seguramente trabajo menos de la mitad que usted y a veces me encuentro aturdido por el estrés y los problemas. Tengo un puñado de empleados, todos me facturan y yo pago IVA, le aclaro por las dudas, y eso a veces no me deja dormir porque ellos están a mi cargo. ¡Me imagino usted! Tantos millones de personas a su cargo, ¡qué lío, qué hastío! La verdad es que no me gustaría estar en sus zapatos. Aunque le confieso que me encanta travestirme, amo los tacos y algunos de sus zapatos son hermosísimos. La felicito por su gusto al vestirse.
Mi vida transcurre de una manera bastante normal: trabajo en una radio de siete a diez de la mañana, después generalmente duermo hasta la una y almuerzo en mi casa. Tengo una empleada llamada María, que está conmigo hace quince años y me cocina casero y riquísimo, aunque veces por cuestiones laborales almuerzo afuera. Algunos días se me hacen más pesados porque tengo notas gráficas o televisivas o ensayos, pruebas de ropa, estudio el guión o preparo el programa para el día siguiente, pero por lo general no tengo una vida demasiado agitada.
Mi celular suena mucho menos que el suyo, y todavía por suerte tengo uno solo. Pero le quiero contar algo que ocurrió el miércoles pasado. Es que desde entonces mi celular no deja de sonar: Telefe, Canal 13, Canal 26, diarios, revistas, Télam… De pronto todos quieren hablar conmigo. Siempre quieren hablar conmigo cuando soy nota, y soy nota cuando me pasa algo feo, algo malo. Cuando estoy por estrenar una obra de teatro –mañana, por ejemplo– nadie llama. Para eso nadie llama. Llaman cuando estoy por morirme, cuando hago algún “escándalo” o, en este caso, cuando fui palangana para los vómitos de Luis D’Elía. Es que D’Elía se siente mal. Se siente mal porque no es coherente, se siente mal porque no tiene paz. Alguien que verbaliza que quiere matar a todos los blancos, a todos los rubios, a todos los que viven donde él no vive, a todos lo que tienen plata, no puede tener paz, o tiene la paz de Mengele.
Le cuento que todo empezó cuando llamé a la casa de D’Elía el miércoles porque quería hablar tranquilo con él por los episodios del martes: el golpe que le pegó a un señor en la plaza. Me atendió su hijo, aparentemente Luis no estaba. Le pregunté sencillamente qué le había parecido lo que pasó. Balbuceó cosas sin contenido ni compromiso y cortó.
Al día siguiente insistí, ya que me parecía justo que se descargara el propio Luis. Me saludó con un “¿qué hacés, sorete?” y empezó a descomponerse y a vomitar, pobre Luis, no paraba de vomitar. ¡Vomitó tanto que pensé que se iba a morir! Estaba realmente muy mal, muy descompuesto. Le quise recordar el día en el que en el cine Metro, cuando Lanata presentó su película Deuda, él me quiso dar la mano y fui yo quien se negó. Me negué, Cristina, porque yo no le doy la mano a gente que no está bien parada, no es mi estilo. Para mí, no estar bien parado es no ser consecuente, no ser fiel.
Acepto contradicciones, acepto enojos, peleas, puteadas, pero no tolero a las personas que se cruzan de vereda por algunos pesos. No comparto las ganas de matar. El odio profundo y arraigado tampoco. Las ganas de desunir, de embarullar y de confundir a la gente tampoco. Cuando me cortó diciéndome: “Chau, querido…”, enseguida empezaron los llamados, primero de mis amigos que me advertían que me iban a mandar a matar, que yo estaba loco, que cómo me iba a meter con ese tipo que está tan cerca de los Kirchner, que D’Elía tiene muuuucho poder, que es tremendamente peligroso. Entonces, por las dudas hablé con mi abogado. ¡Mi abogado me contestó que no había nada qué hacer porque el jefe de D’Elía es el ministro del Interior! Entonces sentí un poco de miedo. ¿Es así Cristina? Tranquilíceme y dígame que no, que Luis no trabaja para usted o para algún ministro. Pero, aun siendo así, mi miedo no es que D’Elía me mate, Cristina; mi miedo se basa en que lo anterior sea verdad. ¿Puede ser verdad que este hombre esté empleado para reprimir y contramarchar? ¿Para patotear? ¿Puede ser verdad? Ése es mi verdadero miedo. De todos modos lo dudo.
Yo soy actor, no político ni periodista, y a veces, aunque no parezca, soy bastante ingenuo y estoy bastante desinformado. Toda la gente que me rodea, incluidos mis oyentes, que no son pocos, me dicen que sí, que es así. Eso me aterra. Vivir en un país de locos, de incoherentes, de patoteros. Me aterra estar en manos de retorcidos maquiavélicos que callan a los que opinamos diferente. Me aterra el subdesarrollo intelectual, el manejo sucio, la falta de democracia, eso me aterra Cristina. De todos modos, le repito, lo dudo.
Pero por las dudas le pido que tenga usted mucho cuidado con este señor que odia a los que tienen plata, a los que tienen auto, a los blancos, a los que viven en zona norte. Cuídese usted también, le pido por favor, usted tiene plata, es blanca, tiene auto y vive en Olivos. A ver si este señor cambia de idea como es su costumbre y se le viene encima. Yo que usted me alejaría de él, no lo tendría sentado atrás en sus actos, ni me reuniría tan seguido con él.
De todas maneras, usted sabe lo que hace, no tengo dudas. No pierdo las esperanzas, quiero creer que vivo en un país serio donde se respeta al ciudadano y no se lo corre con otros ciudadanos a sueldo; quiero creer que el dinero se está usando bien, que lo del campo se va a solucionar, que podré volver a ir a Córdoba, a Entre Ríos, a cualquier provincia en auto, en avión, a mi país, el Uruguay… por tierra algún día también.
Quiero creer que pronto la Argentina, además de los cuatro climas, Fangio, Maradona y Monzón, va a ser una tierra fértil, el granero del mundo que alguna vez supo ser, que funcionará todo como corresponde, que se podrá sacar un DNI y un pasaporte en menos de un mes, que tendremos una policía seria y responsable, que habrá educación, salud, piripipí piripipí piripipí, y todo lo que usted ya sabe que necesita un país serio. No me cabe duda de que usted lo logrará. También quiero creer que la gente, incluso mis oyentes, hablan pavadas y que Luis D’Elía es un señor apasionado, sanguíneo, al que a veces, como dijo en C5N, se le suelta la cadena. Esa nota la vio, ¿no? Quiero creer, Cristina, que Luis es solamente un loco lindo que a veces se va de boca como todos. Quiero creer que es tan justiciero que en su afán por imponer justicia social se desborda y se desboca. Quiero creer que nunca va a matar a alguien y que es un buen hombre. Quiero creer que ni usted ni nadie le pagan un centavo. Quiero creer que usted le perdona todo porque le tiene estima. Quiero creer que somos latinos y por eso un tanto irreverentes, a veces también agresivos y autoritarios. Quiero creer que D’Elía no me odia y que, la próxima vez que me lo cruce en un cine o donde sea, me haya demostrado que es un hombre coherente, trabajador decente con sueldo en blanco y buenas intenciones.
Cuando todo eso suceda, le daré la mano a D’Elía y gritaré: “Viva Cristina”… Cuántas ganas tengo de que todo eso suceda. ¿Estaré pecando de inocente e ingenuo otra vez? Espero que no.
La saluda cordialmente,
Fernando Peña
Enfermedad y fallecimiento
“Fue a fines de abril. Estaba en la casa de Carlos Perciavalle, en Uruguay. Mientras caminábamos alrededor de una laguna, empecé a sentir un fuerte dolor. Como si fuera en el bazo, pero del lado opuesto. Era como una mano que se adentraba en mí. Horrible. Pensé que era muscular, por el ejercicio. Cuando volví a Buenos Aires, el dolor siguió. Y fui al médico. Me hicieron una ecografía, primero. Y una tomografía y biopsia, después. Así me enteré.”
Así fue como el artista se informó del diagnóstico que, inesperadamente, cambiaba todos los planes de su vida: tenía un tumor en el hígado. Cáncer. “Ni dolorosa enfermedad, ni ‘la papa’. Basta de pelotudeces en esta sociedad en la que no se hablan las cosas. ¡No se habla de nada! Un montón de injusticias que se han cometido con gente que se murió de cáncer”, argumentó Fernando, sin evasivas ni metáforas.
Había una razón: “Hay personas que no se hacen una tomografía porque tienen miedo. Muchos que piensan que la quimioterapia te mata… La quimioterapia es fuerte, hace muy mal, porque mata todo. ¡Pero hay algunos que ni se animan a ir a una consulta! Quiero dejar un mensaje, una enseñanza. Porque esto que me pasa le puede pasar a cualquiera. No tiene nada que ver con mi HIV, ni con el alcohol que tomo”, explicó.
En pos de ese fin, el actor comenzó a filmar cada una de sus visitas al oncólogo, un día a día con (y contra) el cáncer. Y hasta sus sesiones de quimioterapia, intensas y agresivas. La triste realidad no era del todo nueva para él. En realidad, el conductor volvía a convivir con el fantasma de una enfermedad que atravesó seis años atrás. Pero esta vez, hacía testigo a todo el mundo de su más dura realidad.
“Tengo ganas de dejar algo. Y lo necesito”, dijo, entero y ciento por ciento Peña, en su última entrevista televisiva, mano a mano con Jorge Rial, el 4 de junio de 2009. Con una salvedad que electriza la piel: “Ojo, que quede claro que no me quiero morir. Tengo casi cincuenta años y no sabes los planes que tengo. ¡Ahora no! Ahora no me quiero morir”, repitió Peña, al tiempo que iniciaba una batalla (más) frente a la embestida de la muerte.
La lucha por vivir comenzó un mes antes de su fallecimiento. Repleta de altos y bajos anímicos, momentos de esperanza y decaimiento, días con sensaciones encontradas y una gran resistencia al dolor físico. “Siento que estoy mendigándole a la vida o, lo que es peor, a un tomógrafo, como si el tomógrafo tuviera injerencia o pudiera tener piedad como para cambiar el resultado de lo que ve. La sensación es espantosa, siento muy poco respeto por mi ser. La quimioterapia es veneno. Te come los huesos, los tejidos, te morfa entero. El tratamiento también te pudre psicológicamente. Yo tuve un linfoma no Hodgkin en el riñón izquierdo y pude destruirlo, vencerlo, derrotarlo, hacerme amigo, o curarme. Pasaron casi seis años y otra vez una manchita, otra vez el miedo, no tanto a la muerte sino al dolor, a no poder vivir como quiero, a no estar del todo sano”.
El 17 de junio de 2009 falleció a consecuencia de un cáncer de hígado, complicado por el VIH que portaba desde hacía ocho años.