Golda Meir

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“La paz llegará, cuando los árabes amen a sus hijos más de lo que nos odian a nosotros”. Golda Meir, política, diplomática y estadista Israelí.

Golda Meir, antes Myerson, nacida como Golda Mabovitch (Kiev, Ucrania, 3 de mayo de 1898 – Jerusalén, 8 de diciembre de 1978), fue la cuarta Primera Ministra de Israel, entre 1969 y 1974. Fue una de las primeras jefas de gobierno del mundo —sólo precedida por Sirimavo Bandaranaike de Sri Lanka e Indira Gandhi de la India—, y la primera de Oriente Medio, seguida sólo por la primera ministra Tansu Çiller de Turquía.

Golda fue la séptima de los ocho hijos de los Mabovitch, una familia judía tradicionalista —aunque no religiosa— y de condición muy humilde, radicada en Kiev, actual capital de Ucrania y por aquel entonces parte del Imperio ruso. Su niñez supo de penurias y sufrimiento: cinco de sus hermanos mayores murieron de pequeños a causa de la pobreza y las enfermedades; su familia vivió en carne propia los pogromos antisemitas que asolaron a los judíos europeos a principios del siglo XX; en tanto su padre Moshé, un modesto carpintero, debió emigrar a los Estados Unidos en busca de sustento, dejando atrás a la pequeña Golda de 5 años, junto a su madre autoritaria, y a sus hermanas: la pequeña Tsipke, y su hermana mayor, Sheine. Golda admiraba a esta última, que se había afiliado a círculos sionistas socialistas clandestinos, castigados duramente por las autoridades del Zar.

Con el padre lejos y sumidas en la miseria, las cuatro mujeres se marcharon a Pinsk —hoy Bielorrusia— en busca de mejor suerte. El hambre era a veces tal, que las pocas migajas alcanzaban a alimentar sólo a Tsipke. Golda Meir diría años más tarde: «Siempre sentía demasiado frío por fuera, y demasiado vacío por dentro». Cuando a todo ello se sumó el peligro de que las actividades prohibidas de Sheine amenazaran a la integridad de la familia, decidió la madre, en 1906, reunirse con el padre, y la familia emigró a Milwaukee, Wisconsin (E.E.U.U). Aquellos duros primeros años, fraguaron el carácter de quien recibiera mucho más tarde el apodo de «la mujer de hierro». «Llevo conmigo el complejo de los pogromos, lo reconozco» —dijo— «mi recuerdo más remoto es ver a mi padre tapiando con tablas las entradas de la casa, ante la inminencia de las hordas enardecidas». Según la propia Meir, «si cabe una explicación al rumbo que tomó mi vida, es seguramente mi deseo y determinación que nunca más tuviera un niño judío que vivir semejante experiencia».

Estados Unidos: infancia y adolescencia

Establecida la familia Mabovitch en Milwaukee, no acabaron las vicisitudes para la pequeña de 8 años: su padre apenas ganaba para el sustento de la familia, en tanto su madre había abierto un almacén de barrio, en el que Golda trabajaba para ayudarle desde la más temprana madrugada, por lo que llegaba siempre tarde a la escuela, habiendo llorado durante todo el camino. Sus roces con sus padres, estrictos y conservadores, fueron aumentando con el tiempo, y se hicieron insostenibles cuando su madre se negó terminantemente a que Golda realizara su sueño: estudiar el magisterio en el colegio secundario. En cambio, y como correspondía por aquellas épocas a una moza judía de 14 años, pretendió casarle con un pretendiente mucho mayor que ella; ante lo cual, Golda huyó del hogar sin previo aviso— sólo dejó un recado explicatorio dirigido a sus padres, que reaccionaron de muy mala manera—, para refugiarse en la casa de su recientemente casada hermana Sheine, en Denver, Colorado.

Lejos de su hogar, Golda pareció florecer: prosiguió con sus anhelados estudios secundarios, hasta graduarse como maestra; y se integró de lleno en el grupo de jóvenes sionistas socialistas que se reunía a menudo en casa su hermana, y a cuyas entusiastas tertulias nunca faltaba. Uno de aquellos jóvenes, culto e instruido y también emigrado de Ucrania, era Morris Myerson, del que Golda pronto se enamoró. Luego de reñir también con su hermana mayor, tuvo que dejar su casa e irse a vivir con unas amigas, trabajando de costurera para ganarse el sustento. Finalmente, y al cabo de cuatro intensos años lejos de su casa, accedió al pedido de su padre —quien, temeroso por la salud de su madre, le suplicó que volviera—, y regresó, a los 18 años, a casa paterna.

Activista sionista

Ya de vuelta en Milwaukee, Golda encontró a sus padres más holgados económicamente y viviendo en una casa amplia; más compenetrados con la vida comunitaria judía, y habiendo adquirido cierta posición social. Ciertamente, los años consiguieron abrir a los Mabovitch a nuevas ideas: ya no objetaron que su hija estudiara y enseñara. La joven Golda, por primera vez sin necesidades básicas que la agobiaran, pudo abocarse de lleno a lo que le apasionó desde siempre: la docencia, y la actividad sionista. Dentro de este último marco, se afilió al partido político socialista «Po’alei Sión» (del hebreo, ‘obreros sionistas’); asistió a encuentros con dirigentes sionistas prominentes, como David Ben-Gurión e Isaac Ben-Tsvi; organizó una manifestación en Milwaukee, como acto de repudio a los pogromos antisemitas de la época en Ucrania, en la que fue principal oradora; y fue elegida representante de su ciudad ante el Congreso Judío Estadounidense. A los 19 años, en 1917, logró convencer finalmente a su prometido Meir Myerson de hacer aliyá y emigrar a Palestina, lo que allanó el camino a su boda. La inmigración de ambos se concretó finalmente en 1921, junto a su hermana Sheine y su familia (sus padres les siguieron los pasos, en 1926).

Primeros años en Palestina

Recién llegados a Palestina, a la sazón bajo mandato colonial británico, la pareja Myerson se instaló en un apartamento alquilado en Tel Aviv; y al poco tiempo, pidieron incorporarse como miembros del kibutz Merjavia, al norte del país. La respuesta negativa del kibutz, que temió que la pareja americana fuera demasiado refinada para las rudas tareas agrícolas, no arredró a Golda, quien no cejó en sus intentos hasta que fueron aceptados. Golda disfrutó de aquellos cuatro años en el kibutz, en los que trabajaron duro, plantando árboles y criando pollos, aun estando lejos de sus aspiraciones de dedicarse a la enseñanza del inglés. No así su esposo Morris, quien pronto se hartó de la vida comunal, las privaciones y las enfermedades. Aquellas épocas fueron el comienzo de la desarmonía conyugal; Morris se negó terminantemente a tener hijos, en tanto no dejaran la comuna.

Finalmente él ganó por cansancio, mudándose ambos nuevamente a Tel Aviv, y luego a Jerusalén, en la cual recibieron sendos puestos de trabajo en la constructora Solel Boné, una de las empresas de la organización sindical Histadrut. Allí, Golda Myerson dio a luz a sus dos hijos: Menájem y Sara. Su estancia en Jerusalén, supuso para ella el reencuentro con una vieja conocida: la pobreza. Golda rememoró en su autobiografía esa época de estrechez, en la que lavaba la ropa sucia de todos los niños del jardín de infantes al que enviaba a su hijo mayor, por no tener cómo pagar la mensualidad, como «la más miserable de toda mi vida».

Actividad pública

El gran cambio en la vida de Golda Myerson, llegaría durante 1928, cuando le fue ofrecido ocupar el cargo de directora de la rama femenina de la Histadrut. Al aceptar el puesto, que supondría numerosos viajes, Golda reconocía también la irreversibilidad de la ruptura conyugal. Se trasladó con sus hijos a un pequeño apartamento en Tel Aviv, en el que la madre durmió por largo tiempo en el sofá de la sala de estar, en tanto el padre venía de visita los fines de semana. Golda y Morris nunca se divorciaron formalmente; él moriría en 1951.

Entre 1932 y 1934, Myerson fue enviada a los Estados Unidos para recaudar fondos para la causa sionista, estancia que aprovechó para tratar a su hija Sara de la grave insuficiencia renal de la que sufría. De vuelta al país, fue elegida delegada del Partido Laborista al ejecutivo del poderoso e influyente gremio sindical Histadrut, cargo que ocupó ininterrumpidamente hasta la creación del Estado en 1948, junto a figuras de la talla de David Ben-Gurión, Moshé Sharet y Berl Katzenelson.

Su historia personal, marcada a menudo por la zozobra y la precariedad, motivó que su quehacer público hiciese hincapié en dos cuestiones principales: los derechos del trabajador —y más aún, de la trabajadora—, y el auxilio a los refugiados. En 1938, como «observadora judía de Palestina» asistió a la Conferencia de Evian realizada en Francia que buscaba ayudar a los refugiados Judíos de Alemania y Austria, Golda se enfureció con la hipocresía de los países occidentales, que llenaron sus bocas de simpatía por los perseguidos, al tiempo que explicaban que sus países no podrían ofrecerles refugio. De modo similar y por motivos humanitarios, condujo la lucha en contra de las fuertes restricciones a la inmigración judía, impuestas por el Mandato inglés mediante el Libro Blanco de 1939, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial.

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