Henrik Ibsen

Biografia OpusVida por dina

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Henrik Ibsen es reconocido como el fundador del teatro moderno, y junto a William Shakespeare, es el dramaturgo que más obras realizado en el mundo.
Nació el 20 de marzo de 1828 en el puerto de Skien, pequeña ciudad al sur de Noruega, y murió el 23 de mayo de 1906 en Cristianía (actual Oslo). Ibsen es considerado el más importante dramaturgo noruego y uno de los autores que más han influido en la dramaturgia moderna, padre del drama realista moderno y antecedente del teatro simbólico. En su época, sus obras fueron consideradas escandalosas por una sociedad dominada por los valores victorianos, al cuestionar el modelo de familia y de sociedad dominantes. Sus obras no han perdido vigencia y es uno de los autores no contemporáneos más representado en la actualidad.

Publicó su última obra dramática “Cuando despertemos los muertos” en 1899, llamándola epílogo dramático. Quedó como el epílogo de su producción, la enfermedad le impidió escribir más. A lo largo de medio siglo había dedicado su vida y empeño en el arte dramático, y había conquistado una posición internacional como el dramaturgo más grande e influyente de su época. El mismo sabía que era él quien había llevado el nombre de Noruega más lejos en el mundo.

Henrik Ibsen también fue un poeta importante, publicando un libro de poemas en 1871, pero empeñó toda su energía literaria en el género dramático. Durante largos años afrontó una fuerte resistencia, pero venció al conservadurismo y prejuicios éticos de los críticos y el público. Más que ningún otro dio nuevas fuerzas al arte del teatro, aportando al drama burgués europeo una seriedad ética y profundidad psicológica que el teatro no había poseído desde los tiempos de Shakespeare. Ibsen contribuyó fuertemente a dar al género dramático europeo una vitalidad y una calidad artística comparables con las de las grandes tragedias griegas de la antigüedad.

Es en esta perspectiva que debemos situar el esfuerzo de Ibsen en la historia del teatro. Sus dramas contemporáneos realistas representan la continuación de la tradición europea de la tragedia. En estas obras describe las personas en el ambiente burgués de su tiempo, personas que en su vida cotidiana afrontan de repente una crisis profunda. Con su falta de visión y por sus acciones previas han contribuido ellos mismos a crear esta crisis. A través de un análisis retrospectivo del pasado quedan forzados a verlo. No obstante, Ibsen también ha creado otro tipo muy diferente de dramática, y llevaba más de 25 años como autor antes de que publicara su primera obra contemporánea realista, “Los pilares de la sociedad”, en 1877.

Vida y obra

La biografía de Ibsen es escasa en cuanto a grandes e importantes acontecimientos externos. Su vida de artista podrá parecer una larga e intensa lucha hasta la victoria y la fama — un camino espinoso desde la pobreza hasta el éxito internacional. Pasó 27 años en el extranjero, en Italia y Alemania. Abandonó la patria cuando tenía 36 años, en 1864. Regresó a los 63 años a su hogar, Cristianía, donde falleció en en 1906, a la edad de 78 años.

En la última obra dramática de Ibsen, “Cuando los muertos nos despertemos “, describe una vida artística que en muchas cosas podría parecerse a su propia línea de vida. El famoso escultor, el catedrático Rubek, ha regresado a Noruega tras haber permanecido muchos años en el extranjero. Está cansado de su vida artística, y no siente ninguna felicidad verdadera por su éxito y fama. En la obra central de su vida ha modelado una imagen de sí mismo, titulándola “el arrepentimiento sobre una vida desperdiciada”. Durante el transcurso de la obra se le obliga a admitir que ha hecho desperdiciar su felicidad y la de otros. Ha renunciado a todo por el arte, tanto al amor de su juventud como a su antiguo idealismo. Pero con esto también ha traicionado una parte esencial de su propio arte. Justamente la que era el amor de su juventud y su modelo, Irene, le visita a la hora del desenlace y le dice la verdad: Hasta que los muertos no nos despertamos, no vemos lo irremediable, que es que nunca hemos vivido.

Es la misma sensación trágica que es característica de los dramas de Ibsen, la sensación de una vida irreal y una forma de muerte viva. Como contrapartida se vislumbra una existencia utópica en libertad, verdad y amor, en resumen una vida feliz. En el mundo de Ibsen, los protagonistas aspiran a alcanzar una meta, pero la misma aspiración conduce a la frialdad y la soledad. No obstante, siempre ha existido la posibilidad de elegir otro camino, una vida con calor humano e intimidad. El problema para el personaje de Ibsen es que ambas posibilidades pueden aparentar como la alternativa feliz, pero el individuo no ve las consecuencias de su elección.

En “Cuando los muertos nos despertemos” la frialdad del arte se contrasta con el calor de la vida. El arte, bajo una perspectiva podrá parecer una cárcel de la que el artista no puede ni quiere salir. Como dice Rubek a Irene:

“Soy artista, Irene. Y no me avergüenzo de la fragilidad que quizás me acompaña. Porque soy artista innato, ves. — Y nunca seré nada más que artista de todas formas”.

Pero para la traicionada Irene no es excusa suficiente. Su perspectiva es otra, ella le llama un lírico, uno que crea su propio mundo ficticio y por lo tanto, traiciona al ser humano dentro de sí mismo y en la persona que le ama. Es exactamente la misma acusación que hizo Ella Rentheim en “Juan Gabriel Borkman” (1896) al hombre que la sacrificó por su carrera. Lo trágico de la perspectiva de Ibsen parece ser que para el tipo de personaje que el describe, el conflicto aparentemente es imposible de solucionar, pero esto no le exime de responsabilidad por las elecciones que uno ha hecho.

Textos sobre Literatura

Aunque “Cuando los muertos nos despertemos” plantea una confrontación con el egoísmo artístico, no hay ninguna razón para ver el drama como la amarga autocrítica del autor. Rubek no es ningún autorretrato. Pero algunos de los investigadores de Ibsen le consideran como el portavoz de los conceptos artísticos del autor mismo. Rubek dice en otro lugar que el público solamente se fija en la “verdad” real exterior de su descripción de las personas. Lo que no entiende la gente es la dimensión escondida de estos retratos de personas; todos los agentes impulsores oscuros escondidos tras las altivas fachadas burguesas respetadas. En su juventud Rubek se había inspirado en una visión idealista de una forma superior de la existencia humana. La experiencia de la vida le ha convertido en un desvelador desilusionado de las personas, que en su opinión describe la vida tal como es. Lo animal gobierna a la persona, en la versión de Rubek de “La bête humaine” de Zola, y describe los cambios en su arte en esta forma:

“Inventaba lo que veía con mis propios ojos a mi alrededor. Tenía que incluirlo (….) Y surgiendo de las grietas de la tierra un torbellino de personas con caras de animal bajo el rostro. Mujeres y hombres — tal como les conocí en la vida misma”.

Es comprensible que algunos investigadores de Ibsen no hayan resistido la tentación de ver paralelos entre vida y obra, considerando este drama como la autocrítica despiadada del escritor. Como he mencionado, “Cuando los muertos nos despertemos” no tiene ninguna base autobiográfica. El parentesco entre Rubek y su autor tendría que buscarse, en su caso, a un nivel más profundo — en la materia conflictiva que Ibsen al final de su vida veía como un problema general e importante en la existencia humana.

Ibsen como psicólogo

En las obras del anciano escritor nos encontramos con una serie de personas que atraviesan conflictos similares. Juan Gabriel Borkman sacrifica su amor por su sueño del poder y la gloria de su obra. “Solness el constructor” destruye la vida y la felicidad de sus próximos, para exponerse como el artista célebre de su profesión. Y Hedda Gabler interviene soberanamente en los destinos de otros para llevar a cabo su sueño de libertad e independencia propias. Estos ejemplos de personas que persiguen su meta, teniendo que pisar a otros irremediablemente, son todos sacados de la última década de su obra. Ibsen desvela mediante su análisis psicológico las fuerzas negativas en las mentes de estas personas (los llama “demonios”, “ogros”). Las descripciones de los personajes en estas últimas obras dramáticas son extremadamente complicadas, cosa que es muy característica en todas sus obras posteriores al “El pato silvestre” (1884). En los últimos 15 años de su obra literaria Ibsen desarrolla su maestría dialéctica y su forma dramática peculiar — en la que el realismo, el simbolismo y la profundidad psicológica convergen. Es por esta fase de su obra literaria que le han llamado un “Freud en el teatro” — con o sin justificación. En todo caso es un hecho que Freud y una serie de psicólogos han podido usar las descripciones de los personajes de Ibsen para ilustrar sus propias teorías o servir de fundamento para el análisis de carácter. Es sobre todo conocido el análisis que hizo Freud de Rebekka West en “La casa Rosmer” (1886), un caso que trató en 1916 con otros tipos de carácter “que se hunden debido a la prosperidad”. Freud considera a Rebekka como una víctima trágica del complejo de Edipo y de un pasado incestuoso. El análisis dice quizás más sobre Freud que sobre Ibsen. Pero la influencia de Freud y del psicoanálisis en general ha sido considerable en el criterio del dramaturgo noruego.

Este interés por Ibsen como psicólogo podría fácilmente ocultar otros aspectos esenciales de su arte. Su presentación de la existencia humana ha sido situado en una clara perspectiva social e ideológica . Quizás sea justamente esto que es la esencia de su arte — y lo convierte en poesía existencial, con horizontes hacia muchos aspectos de la existencia. Esto vale en realidad para todo lo que escribió, incluso antes de que llegara a ser un dramaturgo conocido a nivel internacional en el período de los 1880.

“Una poesía desesperada”

La obra literaria de Ibsen representa una clara reflexión poética sobre la necesidad del ser humano de vivir en otra forma de la que realmente hace. Por eso, hay un profundo trasfondo de desesperación, pasión y añoranza en su poesía. “Una poesía desesperada” llamó Benedetto Croce a estos relatos de personas que viven en constante esperanza y se consumen por la añoranza de “algo más” de lo que la vida les ofrece.

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