Immanuel Kant

Biografia OpusVida por magui

PAGINAS: 1 2 3

Immanuel Kant fue un filósofo alemán de la Ilustración. Es el primero y más importante representante del idealismo alemán y está considerado como uno de los pensadores más influyentes de la Europa moderna y de la filosofía universal.

Nació en Königsberg, Prusia, el 22 de abril de 1724 y falleció en la misma ciudad un 12 de febrero de 1804.

Entre sus escritos más destacados se encuentra la Crítica de la razón pura (Kritik der reinen Vernunft), calificada generalmente como un punto de inflexión en la historia de la filosofía y el inicio de la filosofía moderna. En ella se investiga la estructura misma de la razón. Así mismo se propone que la metafísica tradicional puede ser reinterpretada a través de la epistemología, ya que podemos encarar problemas metafísicos al entender la fuente y los límites del conocimiento. Sus otras obras principales son la Crítica de la razón práctica, centrada en la ética; la Crítica del juicio, en la que investiga acerca de la estética y la teleología y La metafísica de las costumbres que indaga en la filosofía del Derecho y del Estado.

Kant adelantó importantes trabajos en los campos de la ciencia, el derecho, la moral, la religión y la historia, inclusive creía haber logrado un compromiso entre el empirismo y el racionalismo. Planteando la primera que todo se adquiere a través de la experiencia mientras que la segunda mantiene que la razón juega un papel importante. Kant argumentaba que la experiencia, los valores y el significado mismo de la vida serán completamente subjetivos sin haber sido primero subsumidos a la razón pura, y que usar la razón sin aplicarla a la experiencia, nos llevará inevitablemente a ilusiones teóricas.

El pensamiento kantiano fue muy influyente en la Alemania de su tiempo, llevando la filosofía más allá del debate entre el empirismo y el racionalismo. Fichte, Schelling, Hegel y Schopenhauer se vieron a sí mismos expandiendo y complementando el sistema kantiano de manera que justificaban el idealismo alemán. Hoy en día, Kant continúa teniendo una gran influencia en la filosofía analítica y continental.

Contenido:

  1. Familia y escuela
  2. Los estudios académicos
  3. La enseñanza privada
  4. Los empleos académicos
  5. Carrera y habilitación
  6. Video: La aventura del pensamiento Immanuel Kant, Parte I
  7. Profesorado
  8. Galería de fotos de Inmmanuel Kant
  9. Giro hacia la crítica
  10. Últimas obras de Kant
  11. Tumba
  12. Pensamiento Kantiano
  13. El uso teórico de la razón
  14. Planteamiento kantiano del problema del conocimiento
  15. La posibilidad de la metafísica como ciencia. Las condiciones del conocimiento científico
  16. Clasificación de los tipos de juicios
  17. Video: La aventura del pensamiento Immanuel Kant, Parte II
  18. La doctrina del conocimiento en la “crítica de la razón  pura”
  19. La “Estética transcendental”. Las formas a priori de la Sensibilidad
  20. La “Analítica transcendental”: la espontaneidad  del entendimiento
  21. La “Dialéctica transcendental”: la Razón y su exigencia de Lo  incondicionado
  22. El idealismo trascendental: el “fenómeno” y el “noúmeno”
  23. La filosofía kantiana, superación del empirismo y del racionalismo
  24. La “revolución copernicana” (o giro copernicano) en filosofía
  25. La filosofía kantiana: el Idealismo Trascendental
  26. El uso práctico de la razón. La razón práctica y el conocimiento moral
  27. Concepto de Razón Práctica
  28. El “factum de la moralidad”
  29. Tipos de principios o leyes prácticas
  30. Crítica de Kant a las éticas materiales
  31. Definición de ética material
  32. Los preceptos de toda ética material son hipotéticos, empíricos, condicionales
  33. Las éticas materiales son heterónomas
  34. La ética formal de Kant
  35. Formalismo de la ética kantiana
  36. Autonomía de la voluntad
  37. El deber por el deber. El rigorismo kantiano
  38. Postulados de la razón práctica
  39. Postulado de la libertad
  40. El “Sumo Bien” (o SUPREMO BIEN)
  41. Obras
  42. Del período precrítico
  43. Del período crítico
  44. Colecciones y otras ediciones

Familia y escuela

Manuel Kant nació el 22 de Abril de 1724 en Koenisberg, siendo el cuarto hijo de una honrada familia de artesanos, de regular aunque insignificante fortuna. Eran sus padres oriundos de Escocia; de suerte que estaba Kant ligado por parentesco nacional con David Hume, de quien precisamente recibió el primer impulso para sus imperecederas elucubraciones filosóficas. Su padre, sillero, usaba todavía en su firma la ortografía escocesa, Cant. Nuestro filósofo cambió la primera letra para evitar una falsa pronunciación, Zant. Del mismo modo que en otros hombres célebres se ha observado que reciben principalmente de la madre las influencias que más persisten, así también Kant, que tenía por su madre el más vivo afecto, recibió de ella desde sus primeros años una influencia decisiva y parece que ella tuvo siempre por él una gran predilección. Hasta decía Kant haber heredado sus mismas facciones, y aún en sus últimos tiempos hablaba siempre de su excelente madre con el más profundo enternecimiento. «Nunca olvidaré a mi madre» –decía en el seno de la confianza– «ella es la que ha sembrado y fomentado en mi pecho el primer germen del bien; ella abrió mi corazón a las impresiones de la naturaleza; despertó mi inteligencia; la desarrolló, y sus enseñanzas han tenido sobre toda mi vida una influencia duradera y saludable.»

Los padres de Kant, y particularmente la madre, estaban entregados al pietismo que entonces imperaba y que tan poco se parece al que entre nosotros existe. Aun estando en contradicción con la creencia obstinada de la letra, buscaba aquel pietismo la salud del hombre, no en las exteriores manifestaciones, sino en la edificación interior, en la interior pureza y en la piedad del espíritu.

Esta dirección, que naturalmente no excluye la rigidez de la creencia, era la que propagaba en Koenisberg el Dr. Franz Albert Schultz, que vino a esta ciudad en 1731 de predicador y miembro del consistorio, que fue elegido profesor de teología al año siguiente, y que más tarde se encargó de la dirección del colegio de Federico (collegium Fridericianum).

Este hombre ejerció, de acuerdo con el sentido del príncipe reinante, una influencia duradera sobre todas las escuelas prusianas. En él puso la madre de Kant toda su confianza. Ella le consultaba para la educación de su hijo, y seguía con tanto más gusto sus consejos, como que Schultz indicaba la carrera teológica para él. Así, a los diez años, fue enviado Kant al colegio de Federico, dirigido por su protector, y donde imperaba desde su creación el espíritu del pietismo.

Una singular coincidencia ha confiado la educación de los innovadores de la filosofía moderna a poderes que más tarde han combatido ellos con la mayor energía. Bacon fue educado por escolásticos; Descartes por jesuitas; Spinoza por los rabinos, y Kant por los pietistas. Sin embargo, Kant no tuvo que sufrir la influencia de los pietistas; las estrechas miras de la intransigencia pietista le fueron completamente extrañas y no pudieron introducirse en el ánimo del escolar. Lo que tiene el pietismo de malsano y contrario a la razón y lo que a los espíritus débiles suele comunicar, no hallaba en Kant simpatía alguna. Pero en un aspecto ejerció el pietismo sincero cierta influencia saludable sobre su espíritu, a saber: en la severidad moral de sus sentimientos y en la rigidez de su conciencia, cosas que siempre pedía y qué mismo practicaba. Tampoco ha negado el reconocimiento que al pietismo tenía por lo que toca a la energía moral. Porque la perfecta y rigurosa pureza de los sentimientos fueron siempre el último fin, el único y el más elevado de sus doctrinas filosóficas sobre la moral. Esa disposición al rigorismo moral que en Kant observamos, fue alimentada y desarrollada, sin duda alguna, por su educación pietista. El mismo Schultz reunía en su persona el espíritu estrecho del pietismo y un carácter severo, moral y generoso, éste rodeaba del mayor cuidado al discípulo que le confiaron, y era para Kant y sus padres, un padre, un bienhechor, Kant, hasta en la edad más avanzada, habló siempre de él con el más vivo reconocimiento, y su deseo predilecto era levantar al maestro y bienhechor de su juventud un monumento público.

Los siete años de escuela (1733-1740), no ofrecen nada de particular. Él era todo lo contrario de un genio precoz. No era la escuela el escenario donde podían manifestarse con brillo y lucimiento sus facilidades extraordinarias. De estructura débil y delicada, de pecho estrecho y hundido y de no muy bien hecha figura, debía Kant ante todo obtener por un esfuerzo enérgico de la voluntad el sentimiento de su propio valor y flexibilidad intelectual. Tenía principalmente que combatir con dos obstáculos físicos: la timidez y la falta de memoria, defectos que bastan para ocultar las mejores disposiciones de un niño. Kant no pudo, hasta cierto punto, libertarse nunca de esta timidez innata. Y es que además estaba sostenida por su modestia.

Al mismo tiempo se observaba en él desde muy temprana edad una rápida presencia de espíritu, que le servía de mucho en los pequeños peligros que existen en la vida de un joven. Era tímido, pero no miedoso. Ya se podría prever que tendría voluntad e inteligencia de sobra para vencer los enojosos obstáculos que la naturaleza había colocado en su camino. A medida que avanzaba en la carrera escolar, sus facultades se hacían más notorias, y demostraba mayor celo en el estudio. En cuanto a la enseñanza que se le daba, iba muy bien en los estudios clásicos, particularmente en el latín, que lo aprendía con Heidernich, y muy mal en matemáticas y filosofía. Hasta tal punto era mala esta última parte, que Kant se inclinó con grandísima predilección a los estudios clásicos, y nadie hubiera adivinado en él al futuro filósofo. Se entregó sobre todo a la lectura de los autores latinos, y esto constituía para él un ejercicio de estilo y de memoria. Aprendió a escribir correctamente el latín; hasta tal punto, que supo más tarde expresar en el latín escolástico las más arduas cuestiones de metafísica.

Su memoria se llenó tanto de los escritos de los poetas romanos, que hasta en su vejez recitaba de memoria los trozos más escogidos, en particular el poema de Lucrecio. Entonces pensaba Kant dedicarse por completo a la filología. Ya se veía él hecho un filólogo futuro escribiendo libros en latín, con el nombre de Cantius en la portada. El celo por el estudio de los autores latinos, el proyecto de hacer de esto su única ocupación, lo compartía Kant con dos condiscípulos; uno de los cuales realizó en efecto, y con éxito, esos planes de la juventud: este fue David Ruhnken, de Stoepe, que en el mundo filológico ha hecho célebre el nombre de Ruhnkenius. El otro discípulo era Martin Kunde, de Koenisberg, cuyo talento ahogaron las necesidades materiales, y vivió siempre en muy triste situación hasta que al fin murió de rector en la escuela de Rastemburg. Los tres jóvenes rivalizaban en sus estudios filológicos; juntos leían a sus autores predilectos y en común formaban sus planes para el porvenir. Muchos años después, Ruhnken y Kant eran ya profesores célebres; el uno en Leyda, el otro en Koenisberg. En 1771, Ruhnken escribió a Kant una epístola clásica donde recordaba a su antiguo amigo los años de la juventud y el colegio. Federico Ruhnken sólo sabía entonces del filósofo Kant lo que oía decir y alguna que otra crítica sobre sus obras. Únicamente sabía que Kant se ocupaba de filosofía inglesa, a la cual estimaba en mucho. Encargaba a Kant que escribiera sus obras en latín para que los ingleses e irlandeses pudieran leerlas; que esto debía serle fácil al que en la escuela escribía, con tanto primor esta lengua. Es de creer que Kant fuera contado, cuando estaba en las clases superiores con Ruhnken, entre los mejores alumnos; este al menos es el recuerdo que en su amigo había dejado. Así le decía en esa carta: «Erat tum ea de ingenio tuo opinio, ut omnes predicarent, posse te, si studio nihil intermiso contenderes, ad id, quod in litteris summun est, pervenire.» Acaso haya exagerado un poco la retórica latina. Al comienzo de la carta, el primer recuerdo de la juventud está consagrado a los maestros pietistas, que parecen al filólogo clásico una mala aventura, de la cual los dos amigos han sacado el mejor partido posible: «anni triginta sunt lapsi, cum uterque tetrica illa quidem, sed utili nec poenitenda fanaticorum disciplina continebamur.»

Las ciencias filosóficas y matemáticas no contaban en la escuela con ningún Heydenreich, y el estudio de estos ramos fue infructuoso. Siempre que Kant recordaba aquellos estudios, decía a su amigo Kunde que sus antiguos profesores de filosofía, no solo no desarrollaban en él la llama de esta ciencia, sino que más bien estuvieron a punto de apagarla por completo.

Los estudios académicos

En la Universidad sucedió precisamente lo contrario. Aquellas ciencias que estaban más descuidadas en el colegio Federico, tenían en la universidad sus mejores representantes. Daba lecciones de filosofía y matemáticas el todavía joven e ilustre Martin Knutzen; de física, Gotfried Teske. Aquí entró nuestro Kant en un nuevo mundo, que en adelante había de ser su verdadera patria. La chispa que la escuela no pudo encender se convirtió aquí en brillante llama que con su fulgor iluminaría más tarde como reluciente astro al mundo del pensamiento. El que mayor influencia ejerció sobre Kant fue Knutzen, el cual le introdujo en el estudio de las matemáticas y de la filosofía, le hizo conocer las obras de Newton, le sirvió de amigo y de maestro y le ayudó con sus consejos.

Primeramente se inscribió Kant en la facultad de teología, y desde la escuela estaba destinado a hacer estos estudios. Con suma puntualidad y aplicación siguió sus cursos, especialmente los de dogmática de Schultz, el antiguo director del colegio, y predicó algunas veces en las iglesias comarcanas. Había, pues, concluido sus estudios teológicos cuando abandonó por completo esta carrera. Por diferentes motivos debió tomar esa resolución. El más capital sin duda fue la preferencia que tuvo por las ciencias matemáticas y filosóficas; el segundo motivo que influyó contra la teología puede ser muy bien que lo hallara en esa misma ciencia, y sobre todo en el sentido pietista que tenía y que ahora en la universidad se revelaba mejor que en el colegio, y donde le parecía más refractaria como dogmática que lo que le era como moral y disciplina, manifestándose de esta suerte al futuro pastor como el yugo por el cual tendría que pasar para entrar en su carrera eclesiástica. Fácil es suponer cuán insoportable hubiera sido semejante imposición a un hombre como Kant, y con qué placer para evitar ese yugo renunciaría a la carrera teológica. Esperaba Kant siendo teólogo obtener en Koenisberg una plaza de sustituto; lo deseaba para permanecer en la ciudad universitaria y proseguir sus estudios científicos. Ese puesto era ordinariamente el primer paso en la carrera teológica, y el que precedía a todas las posiciones jerárquicas. No consiguió Kant el puesto y fue preferido para tan insignificante empleo un opositor aún más insignificante. Quizá fue este el último y decisivo motivo que para siempre le alejó de la carrera teológica.

La enseñanza privada

Kant no podía vivir en esta situación mucho tiempo en Koenisberg. Lo poquísimo que sacaba de algunas lecciones particulares y todo lo que en el porvenir pudiera sacar, no alcanzaba para cubrir las necesidades de su vida; y como con la muerte de su padre (1747) empeoró su situación económica, no quedaba a Kant otro recurso que salir de Koenisberg y asegurar su sustento entrando de profesor privado en el seno de alguna familia. En este puesto esperaba aprovechar en sus estudios científicos todo el tiempo que le quedara, y tal vez también ahorrar dinero suficiente para seguir más tarde su verdadera vocación. Su objeto era la carrera académica. Para empezar, además de la preparación científica, necesitaba Kant otra preparación económica que acaso le exigiría mayor tiempo que la primera. Brillantes trabajos habían probado ya su capacidad científica. En el momento en que termina Kant el período académico de su vida y en que se dispone a comenzar la del preceptorado, escribió su primera disertación: «Pensamientos sobre la verdadera evolución de las fuerzas vivas en la Naturaleza,» donde intentó resolver con sus propias fuerzas uno de los problemas más difíciles y profundos de la filosofía de la naturaleza. Imprimió a su costa este escrito, ayudado por un pariente materno. (Aquí sólo estudiamos la vida exterior del filósofo y ha de sernos permitido que no entremos en lo que al contenido de aquel escrito respecta.) Con aquel trabajo selló Kant el curso de su vida académica, y dio el primer paso en su nueva carrera.

Por espacio de nueve años (1746-1755) fue Kant preceptor de tres familias distintas. Primero en casa de un predicador reformador de los alrededores de Gumbinnen; después en casa del caballero de Hulsen, de Arensdorf, en Mohremgen; y por último, en casa del conde Kayserling, de Rautenburg, que pasaba en Koenisberg la mayor parte del año. Estos nueve años constituyen en la vida de Kant un período de calma, y carecemos de pormenores de ella. Kant mismo confesaba que valía mucho más su teoría pedagógica que la práctica, o, como en otros términos expresaba esta contradicción, que los mejores principios formaban los peores preceptores. Por lo demás, parece que supo tener gran tacto y habilidad en la difícil posición de preceptor en una casa particular, porque de sobra nos lo prueban el cariño y adhesión que se creó en el corazón de sus discípulos y el aprecio de sus padres. Con la familia Hulsen y Kayserling estuvo siempre relacionado, y con la última, en particular, mantuvo relaciones muy íntimas. Algún tiempo después le fue entregado como pensionista, en su casa, uno de los jóvenes Hulsen, y también se notó que el primer propietario prusiano que libró a sus aldeanos de la servidumbre, fue precisamente el discípulo de Kant.

Los empleos académicos

Carrera y habilitación

En 1755 llegó por fin el momento de aspirar a los grados académicos, época por cierto desfavorable bajo el punto de vista científico, porque sobrevino esto un año antes de la guerra de los siete años. El 12 de Junio de 1755 fue Kant nombrado doctor después de una disertación sobre el fuego, que fue de la aprobación completa de su antiguo profesor Teske, y hecho privat docent de la universidad de Koenisberg, después de otra disertación publica hecha el 27 de Septiembre del mismo año sobre los principios de los conocimientos metafísicos. Con arreglo, a una real orden de 1749 no podía nadie ser admitido al profesorado extraordinario sin haber sostenido antes tres discusiones sobre una disertación impresa. Llenó Kant este requisito con una discusión sobre la monadología física. Estaban, pues, franqueados los primeros grados de la carrera académica. Hasta ahora había subido Kant merced a sus propios esfuerzos, y muy de prisa por cierto. Pero de hoy en adelante necesitaba el apoyo de la suerte y de las circunstancias, y éstas le fueron tan desfavorables que sólo adelantaba en su carrera con una extremada lentitud. Quince años estuvo Kant de privat docent antes de obtener la merced de entrar en la universidad como profesor ordinario.

Debemos indicar aquí los obstáculos que se interpusieron en su camino, y que tan lento hicieron el progreso de su carrera académica. Apenas terminó Kant su tercera disertación, se presentó para el profesorado extraordinario de matemáticas y filosofía. Con motivo de la muerte de su profesor Knutzen estaba esta clase vacante desde 1751. La guerra era inminente en estos momentos, y había decidido el gobierno prusiano no conceder ninguna cátedra extraordinaria. Su nombramiento fracasó esta vez. Dos años más tarde, en 1758, vacó también la cátedra ordinaria de lógica y metafísica, y era menester proveerla a pesar de la guerra. Pretendió Kant la clase con otro privat docent, llamado Buck. A principios del mismo año habían invadido los rusos la provincia de Prusia; el 22 de Enero entraron en Koenisberg. Toda la administración de la provincia, la civil y la militar y la distribución, por consiguiente, de los puestos académicos estaban en manos de un general ruso. Apoyaba la candidatura de Kant su antiguo profesor Schultz, cuya conducta en esta ocasión es bastante característica. La benevolencia que prestaba a su antiguo discípulo luchaba en su ánimo con las sospechas que le inspiraba el desertor de la teología. Era Schultz un wolfiano ortodoxo y en la tesis de recepción se había mostrado Kant contrario a Wolf en cuestiones muy capitales. Tenía, pues, Schultz más de una razón para permanecer indeciso. Pero quería convencerse ante todo en lo que toca a la fe. Hizo llamar a Kant, y apenas hubo entrado en su cuarto, le preguntó: «¿Tenéis en vuestro corazón el temor de Dios?»– Indudablemente tenía la pregunta más trascendencia que la que le supone Borowski creyendo que fue sencillamente un medio para hacer que callara Kant. No fue Kant más afortunado en esta ocasión. El general ruso le excluyó y dio la cátedra a su rival.

Al fin de la guerra fueron mejorando los tiempos. Pedro III subió al trono a principios de 1762; se hizo la paz entre Prusia y Rusia; la hostilidad se convirtió en alianza; se devolvieron las provincias conquistadas, y volvió la universidad de Koenisberg a ser regida por la administración prusiana. Así por sus lecciones como por sus escritos, uno de los cuales acababa de ser premiado por la Academia de Berlín, se había atraído Kant la atención del gobierno prusiano. Se dijo que le darían la primera cátedra vacante. En Julio de 1762 vacó, en efecto, una clase; pero –nuevo contratiempo– la clase era de poesía.

Kant no podía naturalmente pretender ese puesto, que entre otras funciones, imponía al propietario la obligación de juzgar todas las poesías de circunstancias, y de hacer las oficiales para las grandes solemnidades, navidad, coronaciones, natalicios, &c. La guerra había concluido, y era indispensable proveer la vacante el gobierno se fijó en Kant. El ministro encargado de la administración de las universidades escribió al curatorium de Koenisberg pidiéndole informes sobre cierto magister de aquel lugar, llamado Manuel Kant, que ya el gobierno conocía por algunos escritos suyos que demostraban un profundo saber, y preguntando si tenía las dotes necesarias y el deseo de ser profesor de poesía. No aceptó Kant el empleo, y se recomendó para otra ocasión. Respondió el ministro «que sería colocado el magister M. Kant tan pronto como hubiera una ocasión, para honor y utilidad de la Academia de Koenisberg.»

Se presentó esa ocasión al año siguiente, aunque sin ser todavía una cátedra, sino el modesto puesto de sub-bibliotecario del palacio real, con el sueldo no menos modesto de 62 thalers anuales. Por orden del gabinete, fecha 14 Febrero de 1766, fue otorgado este puesto «al hábil magister Kant, célebre por sus escritos científicos.» Este fue su primer empleo oficial. Tenía a la sazón 42 años.

Por último, después de quince años de esperar, después de tantos infructuosos esfuerzos, llegaba Kant al puesto que tan merecido tenía. En Noviembre de 1769 recibió el nombramiento para la universidad de Erlangen de profesor ordinario en la materia a que se había consagrado; en Enero del año siguiente le ofreció la misma clase la de Jena. Como no se le ofrecía nada en Koenisberg, se disponía ya a aceptar la proposición de Erlangen. Casi había cerrado sus compromisos, cuando se le ofreció en Koenisberg la perspectiva de la cátedra de matemáticas. Buck, aquel que obtuvo del general ruso la clase de lógica y metafísica, pasó a aquella cátedra y fue nombrado Kant profesor de la que dejaba vacante en Marzo de 1770, consiguiendo al fin la clase que en vano pretendió doce años atrás. El 20 de Agosto de 1770 inauguró su profesorado con la tesis: «de la forma y de los principios del mundo sensible e inteligible.» El que respondió en esta ocasión fue Marcus Herz, uno de sus más distinguidos discípulos. En esta disertación están contenidos los principios de la filosofía crítica. Kant había hallado ya su nuevo camino, y en este escrito penetraba en él defendiendo las bases de una filosofía completamente nueva. Así, el año de 1770 constituye en su vida un momento muy importante, y hace época, así por su vida exterior, como por el desenvolvimiento científico de su espíritu.

Sin ningún otro título honorífico ocupó Kant hasta su muerte esta cátedra, cuyos deberes cumplió con escrupulosa puntualidad todo el tiempo que le fue posible.

En 1772 se desprendió del cargo de bibliotecario, que a más de serle molesto, le robaba un tiempo precioso, y se entregó por completo a sus lecciones y estudios. Durante esta docena de años estuvo constantemente preocupado con la gran idea de una transformación completa de la filosofía. Progresaba con gran lentitud en la facultad. Sólo los cuatro primeros miembros de ésta tenían asiento en el Senado académico. En 1780 alcanzó Kant el cuarto lugar en la facultad, y la entrada por consiguiente en el Senado. En el verano de 1786 fue por primera vez rector de la Universidad, y como tal tuvo que hablar en nombre de la Albertina al rey Federico Guillermo II que acababa de subir al trono, y que se encontraba en Koenisberg para recibir el homenaje de esta ciudad. Apunta Borowski en su manuscrito que Kant fue muy distinguido en esta ocasión, especialmente por el ministro Herzberg. Nosotros, por nuestra parte, decimos que Kant, que no buscaba tales honores, borró esas líneas en el manuscrito. En el verano de 1788 fue rector por segunda vez, y antes de 1792 señor de toda la facultad y también de toda la Academia.

Video: La aventura del pensamiento Immanuel Kant, Parte I

Profesorado

Hemos indicado las condiciones exteriores de su posición oficial. Debemos ahora tratar de cómo llenó sus funciones, de la extensión y naturaleza de sus lecciones académicas. En el invierno de 1755 al 56 dio Kant su primera clase. Borowski asistió a la apertura del curso. «Vivía entonces –nos dice este– con el profesor Kypke, en la ciudad nueva. Un número increíble de estudiantes ocupaba por completo la vasta sala que allí había, el vestíbulo, y se extendía hasta las escaleras. Esto parecía embarazarle. No teniendo el hábito de estas cosas, casi perdió el dominio de sí mismo, hablaba más bajo que de costumbre y se corregía frecuentemente. Pero esto hacía crecer nuestra admiración por aquel hombre que creíamos todos de un vastísimo saber, y que, sin temor verdadero, se presentaba ante nosotros con tan grande modestia. En las lecciones siguientes ya no sucedió lo mismo, y no solo fueron profundas sus explicaciones, sino también fáciles y amenas.» Todos los que le oyeron coinciden en decir que sus lecciones eran interesantísimas, de grandísima doctrina, y que cuando el objeto que trataba lo requería, les imprimía grandísimo vuelo y elevación. El fin que Kant seguía en sus explicaciones era el del profesor, y sobre todo del profesor de filosofía. Antes que propagar ideas propias, excitaba en sus discípulos el estímulo y los inclinaba al propio pensamiento. Mil veces dijo él, desde lo alto de su cátedra, que no se viniera allí a aprender filosofía, sino a filosofar. No era su objeto trasmitir resultados adquiridos, sino que delante de sus mismos oyentes procedía a la investigación, les hacía seguir la operación científica y brotar a sus ojos las concepciones justas, despertando de esta suerte en ellos la actividad del pensamiento, y a la vez encadenando la atención y el espíritu de los que le escuchaban. Es lógico que no sirvieran para todas las cabezas semejantes lecciones, que sólo se atrajeran las inteligencias algo elevadas y que se alejaran los espíritus mediocres, probablemente los más numerosos. Tampoco le gustaban los que escribían, y no quería oyentes que por completo se entregaran a su palabra. A causa del constante cuidado de provocar la meditación en sus oyentes, y de preferir que la verdad brotara del espíritu de los otros a publicarla él mismo, puede decirse que nunca fue Kant dogmático en su clase, ni aun como profesor de filosofía.

Hacía sus cursos, según costumbre, por manuales impresos, que, así a sus discípulos como a él, fueron muy útiles por el gran número de cursos que dio. No se sujetaba, sin embargo, al manual, ni se rebajó a convertir sus cursos en meras explicaciones de los párrafos impresos. Empleaba en él también aquella espontaneidad que quería surgiese en el ánimo de sus oyentes. Sin traba alguna, se entregaba por completo al libre curso de sus pensamientos, y cuando estos le arrastraban demasiado lejos del tema dado, cortaba de repente el hilo con un: «así sucesivamente», o «etcétera», y cogía de nuevo el asunto con un «in summa, señores.» Pero lo que sobre todo cautivaba a sus oyentes, aun a los más incapaces de pensar por sí mismos, era, además de aquella libertad en sus explicaciones y de sus maneras llenas de animación, las aplicaciones interesantes, graciosas y a veces poéticas que hacía cuando, para hacer más claras sus lecciones, buscaba ejemplos y comparaciones en los poetas, viajeros o historiadores. Dada esta manera de tratar las cuestiones, cualquier interrupción del cuidado que tenía que observar, le era en extremo desagradable. La cosa más insignificante, si no estaba habituado a ella, por ejemplo, una singularidad en el traje de un estudiante, bastaba para turbarle. Cuenta Jachmann un rasgo de este género, muy característico y a la vez muy cómico. Dice que tenía Kant costumbre de fijar sus ojos, parare recogerse en sí mismo cuando hablaba, en uno de sus oyentes más cercanos, como si a él fueran dirigidas todas sus demostraciones. Estaba un día cerca de él un estudiante a quien faltaba en la levita un botón: Kant advirtió este hueco. Sin cesar caía involuntariamente su mirada en el sitio del botón, como si contemplara algún defecto de la naturaleza; todo el curso de la lección se le notó excesivamente turbado.

El círculo obligado de su enseñanza comprendía las asignaturas que había profesado: matemáticas, física, lógica y metafísica, y además derecho natural, moral, teología natural, geografía física y antropología. Los manuales de que se servía eran: en matemáticas y física, los de Wolf y Eberhard; en lógica, el de Baumeister, después el de Meier, y en metafísica, el de Baunister al principio, después el de Baumgarten.

Desde 1760 empezó a extender el campo de sus lecciones a fin de hacer más atractivos los estudios académicos y de propagar los adelantos de las ciencias. Para los teólogos daba el curso de filosofía de la religión o teología natural, para otra antropología y otra geografía física. Desde que publicó en 1763 y 1764 su disertación sobre «la única base posible para la demostración de la existencia de Dios» y sus observaciones sobre el sentimiento de lo bello y de lo sublime», entraron estas materias en sus explicaciones bajo el nombre de «Crítica de las pruebas de la existencia de Dios» y «Tratado de lo bello y de lo sublime.»

Con el más riguroso celo llenó Kant durante cuarenta años sus deberes académicos. después vinieron los obstáculos: primero, el conflicto que tuvo con el gobierno; segundo, su avanzada edad. En 1794 interrumpió su curso de teología racional, causa del conflicto con el gobierno. En el verano de 1795 suspendió todas sus lecciones particulares, y sólo continuó con las públicas de lógica y metafísica. Por último, en el otoño de 1797 terminó para siempre sus cursos académicos.

Hacía sus cursos en las horas diarias, rigurosamente determinadas, como en general acostumbraba en la distribución de su tiempo. Cuatro veces por semana daba sus lecciones, de siete a nueve de la mañana, dos veces, de ocho a diez, y además el sábado de siete a ocho las repeticiones. Tuvo siempre estas horas con la mayor puntualidad. Asegura Jachmann que en los nueve años que estuvo oyendo a Kant no se acuerda de una sola vez que faltara a sus clases, ni que se haya hecho esperar un cuarto de hora.

Bien se comprende que en el curso de cuarenta años poco a poco se fueran apagando sus fuerzas oratorias, mucho más si se recuerda que no le acompañaban las físicas, y sobre todo la débil edad de voz que siempre tuvo. Mientras influían en el ánimo de los oyentes, la vivacidad de las lecciones, el nombre del maestro y la novedad del asunto, parece como si la misma debilidad de aquel órgano fuera una causa más para atraerse la atención de aquellos oyentes. Con el tiempo era lógico que perdieran sus lecciones la vivacidad que antes tenían. En los primeros años podía Kant influir poderosamente, y hasta arrastrar a los más impresionables, sobre todo cuando valiéndose de Pope y Haller, sus poetas favoritos, se entregaba a los trasportes de su fantasía. Una de estas lecciones debió ser la que enamoró en tal grado a un oyente, que éste reprodujo todos los pensamientos en una composición poética, que al otro día por la mañana enviaron a Kant. Gustó tanto la poesía al filósofo, que no pudo dejar de leerla en la clase. El oyente poeta era Herder, que a la sazón (1762-1764) estudiaba en Koenisberg, y seguía los cursos de Kant. Recordando más tarde Herder en sus cartas sobre el progreso de la humanidad los tiempos de su juventud académica, trazó el retrato de su antiguo maestro con los más vivos y entusiastas colores. El pasaje que dedica a la memoria de Kant le hace más honor que la desentonada y errónea polémica que más tarde sostuvo contra la filosofía crítica. «Yo tuve la dicha –dice él– de conocer a un filósofo, que fue mi maestro.

En los años más florecientes de su vida tenía la jovialidad de un mancebo y creo que siempre la tuvo hasta en su edad madura. Su ancha frente, que indicaba la fuerza del pensamiento, era morada de permanente jovialidad; salía de sus labios la palabra más abundante en pensamientos; disponía a su antojo del chiste, del humor y de la broma, de suerte que sus lecciones, a la par que científicas, eran el entretenimiento más agradable. Con el mismo interés examinaba a Leibniz, Wolf, Baunigarten, Crusius, Hume, estudiaba las leyes de Newton, de Keplero y otros físicos; daba entrada a los escritos de Rousseau, Emilio y la Eloisa, que entonces acababan de publicarse, así como también a cuantos descubrimientos científicos ocurrían, viniendo a parar siempre en el conocimiento imparcial de la naturaleza y en el valor moral del hombre. La historia de la humanidad, de los pueblos, de la naturaleza, de las ciencias naturales y la experiencia eran siempre las fuentes de que se valía para dar animación a sus explicaciones: nada digno de ser sabido le era indiferente; buscando siempre la verdad y su propagación, no conocía cábalas, ni sectas, ni prejuicios. Animaba y hasta obligaba a sus oyentes a pensar por propia cuenta. Ignoraba lo que era el despotismo. Ese hombre, que con el mayor respeto, que con el más vivo agradecimiento nombro, es Manuel Kant: tengo ante mis ojos su agradable imagen.»

Treinta años más tarde vino Fichte a Koenisberg para oír a Kant. Después de asistir a su clase escribió Fichte en su diario: «He oído a Kant y tampoco me ha satisfecho. Su explicación es soporífera.» había llegado Fichte a Koenisberg con una idea tan exagerada de Kant, que el Kant real no correspondía a ella. No es esto una censura para Kant, todo lo contrario. Podrá ser tan justo el juicio de Fichte como el de Herder. Las explicaciones que Herder oyó son treinta años anteriores a la que oyó Fichte.

Los cursos más concurridos de Kant eran los de antropología y de geografía física, dedicados a la generalidad de las gentes cultas.

PAGINAS: 1 2 3

Paco de Lucia

Francisco Sánchez Gómez, de nombre artístico Paco de Lucía, (Algeciras (Cádiz), 21 de diciembre de 1947, Cancún (México), 26 de […]

Lermo Balbi

Lermo Balbi, fue un poeta, escritor y dramaturgo nacido en Rafaela, provincia de Santa Fe, donde también falleció. Bachiller, fue […]

Francisco Paco Urondo

Francisco Paco Urondo fue un poeta, periodista, académico y militante político.Dio su vida luchando por el ideal de una sociedad […]

Los Muppets

Los Muppets son un grupo de marionetas creados por Jim Henson en 1964. Este peculiar grupo de personajes fue protagonista […]