Juan Ramon Giménez

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Juan Ramón Jiménez se entregó por completo a la poesía a lo largo de su vida. Gracias a su vocación, exigencia y tenacidad, se convirtió en el máximo exponente del modernismo lírico en España, junto a los hermanos Manuel y Antonio Machado; en el maestro de las jóvenes vanguardias de los años veinte y treinta del siglo XX, y en el poeta postmoderno insuperable de los años cincuenta. Nace el 23 de diciembre a las 12 de la noche de 1881, en Moguer, un pueblecito de la provincia de Huelva, cerca de las minas de cobre de Río Tinto y de las marismas del Guadalquivir. Un lugar muy blanco y reluciente por la luz intensa del sol, de calles estrechas y limpias. Era y sigue siendo una aldea de labradores y marineros, cercana al mar y rodeada por la campiña, donde se cultivan viñedos, fresas, maíz…

Juan Ramón fue el más pequeño de una familia adinerada que lo consintió y le permitió soñar y divertirse usando su imaginación. De niño prefería jugar solo y sentía fascinación con la belleza del campo, los cambios de estación y de la luz durante el día. Tenía un calidoscopio a través del cual le gustaba mirarlo todo, porque le parecía que las cosas se alteraban, adquiriendo una consistencia mágica. Le fascinaban la luz y los juegos con la realidad que esta le proporcionaba; de esa forma, las cosas transformadas le parecían otras.

Creía, por ejemplo, que había dos pimientas en la casa de enfrente a la suya: la que veía desde su balcón y la que miraba desde abajo del tronco, porque debido a la luz, le parecían distintas y así las concebía (Véase «XVI, La casa de enfrente». Platero y yo). Esta capacidad para soñar y crear un mundo maravilloso en los poemas fue una constante durante toda su vida. Asimismo sentía gran aversión hacia las cosas feas, que él relacionaba con la muerte y con la tristeza. Fea era la violencia, las fiestas donde las personas perdían la dignidad a causa del vino, la brutalidad hacia los animales, y la torpeza de los seres humanos al destruir la belleza natural. Desde pequeño se sintió llamado a combatir estas injusticias, creando con su imaginación y su poesía un mundo donde las cosas fuesen restituidas a su verdad y a su forma natural: «Dónde está la palabra, corazón, que embellezca de amor al mundo feo; que le dé para siempre —y sólo ya— fortaleza de niño y defensa de rosa» (Belleza, 1923). Fuerza y belleza, pero sin perder la inocencia y la espiritualidad: esa sería su meta.

Juan Ramón era capaz de captar detalles que a la mayoría pasaban desapercibidos y presentarlos en su obra como formas de ideal. Así por ejemplo se fijaba en la pequeña flor del camino a la que dedica un pasaje de Platero y yo, o en la «hojita verde con sol», protagonista de otro texto. Esa extraordinaria capacidad para captar los detalles más nimios le hacía asimismo sufrir más que otras personas. La muerte repentina de su padre, por ejemplo, una madrugada, cuando apenas tenía 19 años le sobrecogió y llenó de ansiedad. Se imaginó que él mismo era quien moría, o que iba a morir en cualquier momento, igual que su padre; por eso debió ser ingresado en un hospital psiquiátrico en Francia donde permaneció varios meses. A partir de entonces sintió pavor de la muerte y quiso vivir cerca de un médico. Desde los quince años comenzó a escribir poemas; abandonó sus estudios de Derecho para dedicarse a la poesía. Conoció a los escritores más influyentes de su tiempo, como Rubén Darío, Valle-Inclán, Unamuno, Manuel y Antonio Machado, José Ortega y Gasset, Pío Baroja y Azorín, entre otros muchos, y junto a ellos se formó en el krausismo, en boga entre los intelectuales de aquella época. Estas ideas se resumían en una recta actitud moral frente a la sociedad, frente al trabajo, y frente al arte, hasta el punto de que muchos de estos pensadores y artistas estuvieron dispuestos a dar la vida por sus ideales.

Juan Ramón demostró en su vida y en su obra esa dedicación completa a vivir y trabajar dentro de unos altos principios éticos y estéticos. Para el poeta andaluz, los valores morales formaban parte de los componentes estéticos de pureza y rigor. Fue una persona exigentísima para consigo mismo y para con los demás. Leía sin descanso, tanto a los escritores, poetas y filósofos españoles, como a los extranjeros. La vasta biblioteca de su padre en Moguer le era muy familiar, así como la colección de libros del doctor Lalanne en Francia, y la del doctor Simarro en Madrid. Además de leer, escribía constantemente sus ideas, en aforismos y prosas; y sus impresiones líricas en poemas. Aquellos años de juventud entre Moguer, Sevilla, Francia y Madrid le permitieron adquirir una sólida formación que le prepararía para escribir su obra mejor; por eso y para eso trabajaba sin descanso. No obstante, la poesía era su forma natural de vida y los poemas fluían de su pluma con una facilidad inusitada, no exenta de constante pulimento.

Así, comenzó a publicar, libro tras libro, durante estos primeros años, influido principalmente por Bécquer y Espronceda. Ninfeas, Almas de violeta, Rimas, Arias tristes, Jardines lejanos y Pastorales serán sus libros de juventud. En todos ellos el poeta se recrea en la belleza del campo, en deseos amorosos imposibles, en sueños y alucinaciones. En los textos de esta primera época puede apreciarse una predisposición a la melancolía. Después seguirán otros muchos libros (véase la cronología y la bibliografía de este monográfico) en los que Juan Ramón va dejando constancia de sus sensaciones, del paso de las estaciones, del goce con las cosas sencillas, de sus temores, ansias y amores. Sus poemas son como una guía espiritual o el diario de una persona sensible atravesada de sensualidad, espiritualidad y anhelo de perfección.

Como Antonio Machado y Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez creía que los símbolos irían desentrañando verdades profundas y misteriosas que sólo la poesía podía desvelar. Así, la conciencia del misterio se impone en numerosos poemas donde el poeta de Moguer presenta las interrogantes primeras, que pueden resumirse en el intento de captación de lo eterno en el instante: «Quisiera clavarte, hora, igual que una mariposa, en su corazón… ¿Adónde irás, hora mía, mariposa no prendida?» (Estío, 1915).

En los años que pasó en Moguer (1905-1911) escribió numerosos libros de poemas, pero quizá sea Platero y yo el texto con el que obtuvo fama inmediata, ya que se tradujo rápidamente a treinta idiomas. El libro está formado por estampas de su pueblo en las que el poeta va retratando tanto las cosas hermosas del entorno moguereño como las injusticias o la pobreza e ignorancia de la gente, transformadas gracias a su escritura en momentos idílicos, y Moguer en el paraíso de su imaginación. Puede verse cómo el poeta se concentra en las cosas sencillas que lo rodean y ahonda en ellas hasta encontrar lo esencial de las mismas: «¡Cómo está la mañana! El sol pone en la tierra su alegría de plata y de oro; mariposas de cien colores juegan por todas partes, entre las flores, por la casa —ya dentro, ya fuera— , en el manantial. Por doquiera, el campo se abre en estallidos, en crujidos, en un hervidero de vida sana y nueva» (XXV «La primavera», Platero y yo). Juan Ramón veía el mundo en su dinamismo natural y quiso captar en su poesía las cosas en incesante transformación, con la esperanza de que al capturarlas en el poema lograría darles eternidad; empresa no del todo fácil: «Mariposa de luz, / la belleza se va cuando yo llego / a su rosa. // Corro, ciego, tras ella…/ la medio cojo aquí y allá…/ ¡Sólo queda en mi mano / la forma de su huida!» (Piedra y cielo).

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