La niña de los peines

Biografia OpusVida por dina

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La Niña de los Peines fue una cantaora flamenca considerada como una de las voces más importantes en la historia de este arte. (Sevilla, 10 de febrero de 1890 – Sevilla, 26 de noviembre de 1969).

Fue una cantaora total, una de las más completas de la historia. Insuperable en los tangos, por cantidad y por calidad, a los que dotaba de una extraordinaria jondura; todo el cante de Pastora fue esencialmente jondo. Las siguiriyas siempre se las pedía el público, en un tiempo en que las mujeres no frecuentaban ese cante. La petenera fue otra de las cumbres del cante de esta mujer, cuya forma de encarar el género es la que prevalece hasta hoy.

Suprema en las bulerías. E incluso se atrevió a alguna incursión en el campo creativo, como fue el caso de la bambera. El cantaor Aurelio de Cádiz reconocía explícitamente la supremacía virtual de la cantaora: “Pronto hizo desaparecer a los cantaores de su época y quedó sola, repartiéndose los triunfos nada más, ni nada menos, que con Chacón y con Torre. Caso igual de mujer, no se ha conocido”.

Contenido:

  1. Inicios
  2. Escucha “Al gurugú” de la Niña de los Peines utilizando el siguiente reproductor
  3. Su carrera
  4. Fallecimiento
  5. Su amigo: García Lorca
  6. Su legado
  7. Video
  8. Obra
  9. Galería de fotos de la Niña de los Peines
  10. Entrevista histórica a la niña de los peines

Inicios

Pastora María Pavón Cruz nació de un matrimonio gitano de tradición cantaora, su padre fue Francisco Pavón Cruz, conocido como “El Paiti”, natural del Viso del Alcor, su madre fue Pastora Cruz natural de Arahal, y sus dos hermanos Tomás Pavón y Arturo Pavón, también cantaores.

A los ocho años realizó su primera actuación pública, cuando fue contratada en una caseta de la Feria de Sevilla para sustituir a su hermano mayor.

Escucha “Al gurugú” de la Niña de los Peines utilizando el siguiente reproductor:

Su carrera

En 1901 debutó en Madrid, en el Café del Brillante, donde conoció a Ignacio Zuloaga que la convenció para actuar en Bilbao en el Café de las Columnas.

A partir de entonces comenzó a conocérsela como La Niña de los Peines por unos tangos que interpretaba frecuentemente y que sin embargo jamás grabó en disco a pesar de las insistencias de las casas discográficas:

“Péinate tú con mis peines, que mis peines son de azúcar, quien con mis peines se peina, hasta los dedos se chupa. Péinate tú con mis peines, mis peines son de canela, la gachí que se peina con mis peines, canela lleva de veras.”

En junio de 1922 participó como miembro del jurado en el Concurso de Cante Jondo, celebrado en Granada, en el que el gran Antonio Chacón ofició como presidente.

Fue amiga de Manuel de Falla, Julio Romero de Torres, que la pintó en uno de sus lienzos y Federico García Lorca a quien conoció en casa de La Argentinita. Lorca la citó poéticamente en sus escritos. «Jugaba con su voz de sombra, con su voz de estaño fundido, con su voz cubierta de musgo».

Viajó por toda la geografía española compartiendo escenario con los artistas flamencos más famosos del momento, Manolo Caracol, Pepe Marchena, Don Antonio Chacón, o los guitarristas Ramón Montoya y Melchor de Marchena entre otros muchos.

Poseedora de una gran inteligencia natural a pesar de carecer de cualquier tipo de estudio, profetizó ya en 1934 el cambio en los gustos del público: «No me puedo quejar del público, pero veo que el cante va por mal camino. A la gente ahora no le gusta más que el cante malo».

Tras el paréntesis de la guerra civil continuó su actividad con diversos espectáculos como Las calles de Cádiz de Concha Piquer o España y su cantaora que se estrenó en Sevilla con gran éxito.

En 1961 se le rindió un homenaje nacional en Córdoba con la participación entre otros de Antonio Mairena y Juan Talega

En 1968 fue inaugurado un monumento en su honor, situado en la Alameda de Hércules (Sevilla), obra del escultor Antonio Illanes. Más tarde se realizó otro como reconocimiento de la ciudad de Arahal, localidad a la que estuvo vinculada por su madre.

Fallecimiento

Después de una larga enfermedad, y padeciendo enajenación mental a causa de una aguda afección de arteriosclerosis, falleció el 26 de noviembre de 1969, veinte días más tarde que su esposo.

Su amigo: García Lorca

García Lorca estaba fascinado con ella y la tomó como paradigma de la cantaora enduendada escribiendo un texto antológico: “Una vez, la cantaora andaluza Pastora Pavón, La Niña de los Peines, sombrío genio hispánico, equivalente en capacidad de fantasía a Goya y a Rafael el Gallo, cantaba en una tabernilla de Cádiz: Jugaba con su voz de sombra, con su voz de estaño fundido, con su voz cubierta de musgo, y se la enredaba en la cabellera o la mojaba en manzanilla o la perdía por unos jarabes oscuros y lejanísimos. Pero nada; era inútil. Los oyentes permanecían callados (…) Pastora Pavón terminó de cantar en medio del silencio. Solo, y con sarcasmo, un hombre pequeñito, de esos hombrines bailarines que salen, de pronto, de las botellas de aguardiente, dijo con voz muy baja: ‘¡Viva París!’, como diciendo: ‘Aquí no nos importan las facultades, ni la técnica, ni la maestría. Nos importa otra cosa’. Entonces La Niña de los Peines se levantó como una loca, tronchada igual que una llorona medieval, y se bebió de un trago un vaso de cazalla como fuego, y se sentó a cantar sin voz, sin aliento, sin matices, con la garganta abrasada, pero… con duende.

Había logrado matar todo el andamiaje de la canción para dejar paso a un duende furioso y abrasador, amigo de los vientos cargados de arena, que hacía que los oyentes se rasgaran los trajes casi con el mismo ritmo con que se los rompen los negros antillanos del rito lucumí, apelotonados ante la imagen de Santa Bárbara. La Niña de los Peines tuvo que desgarrar su voz porque sabía que la estaba oyendo gente exquisita que no pedía formas, sino tuétanos de formas, música pura con el cuerpo sucinto para poderse mantener en el aire. Se tuvo que empobrecer de facultades y de seguridades; es decir, tuvo que alejar a su musa y quedarse desamparada, que su duende viniera y se dignara luchar a brazo partido. ¡Y cómo cantó! Su voz ya no jugaba, su voz era un chorro de sangre digna por su dolor y su sinceridad, y se abría como una mano de diez dedos por los pies clavados, pero llenos de borrasca, de un Cristo de Juan de Juni”.

Su legado

Considerada la más completa y destacada cantaora de toda una época, fue amiga de Manuel de Falla y Federico García Lorca -autor de las coplas llamadas lorqueñas, que interpretó por bulerías-, así como del pintor Julio Romero de Torres, que la reflejó en uno de sus lienzos.

Su figura y su arte ha sido cantada por numerosos poetas, entre ellos Antonio Murciano, Pablo García Baena, Juan de la Plata y Rafael Belmonte.

Su discografía, muy amplia, más de ciento setenta cantes, con las guitarras de Niño Ricardo, Ramón Montoya, Antonio Moreno, Currito el de La Jeroma, Luís Molina y Melchor de Marchena, da idea de su popularidad, dejando en ella registrada una gran gama de estilos desde las sevillanas a las saetas.

Entre las opiniones que se han emitido de su arte, están: Fernando el de Triana: «Cuando empezó la decadencia del cante andaluz en la mujer, empezó el reinado de La Niña de los Peines, porque se encontró siendo muy buena artista, pero casi sola, pues La Antequera, Carmen La Trianera, Paca Aguilera y alguna que otra de esas que no acaban la guerra, pronto desaparecieron del mapa artístico y quedó Pastora completamente sola como cantaora, sin más competidores que Antonio Chacón y Manuel Torres; el primero firme en su trono y el segundo con su ingenioso y enigmático clasicismo. En los tres se concentró lo que quedaba del arte, que no era poco. Murieron los dos competidores, y ya tenemos a Pastora sola y exclusiva representación de un arte que siempre contó por veintenas los artistas consumados en todos los sistemas de cante. Entre tanto, salió pegando fuerte El Cojo de Málaga y Manuel Escacena, dos taranteros clásicos, y otros, que Pastora con su gran arte supo postergar para seguir, como sigue, siendo el ama, además de ser la mejor festera que se ha conocido hasta hoy, únicamente imitada por Manuel Vallejo».

Ricardo Molina: «Pastora es la encarnación misma del cante flamenco, como Bach lo fue de la música. Genios de la talla de esta gitana aparecen en la historia muy de tarde en tarde. Pastora es una figura pontificial que une a través de su personalidad el pasado ilustre con el presente renacimiento, Pastora es, como Azorín, supervivencia preciosa de una generación de titanes. Pastora es puente vivo y sonoro por el que llegan a nosotros las grandes sombras de El Nitri, de La Serneta, del Loco Mateo, de Enrique El Mellizo. Por eso puede tener en la historia del cante futuro, significación auroral de punto de partida para nuevas generaciones de auténticos cantaores… Yo canto, amigos míos, como el hombre que respira, escribió Lamartine. Pastora Pavón podría decir lo mismo de tal manera cantar es su destino y su vocación. Como milagro fue saludado el arte de La Niña de los Peines cuando irrumpió como astro de luz propia a principios de siglo, y el milagro seguimos proclamándolo cuantos tuvimos la suerte y el privilegio de haberla sentido hace unos meses -escribe en 1961-, en la cordial intimidad del sotanillo famoso del Bar Pinto sevillano; de ese bar que pasará a la historia del cante al lado del Burrero y de los más insignes cafés cantaores del siglo XIX… No es posible calcular el tesoro de cantes de los que Pastora es maravillosa depositaria. El estudioso siempre aprende algo valioso hablando con ella. Ya evoca el raro y sorprendente recuerdo de un cante de siguiriyas de Frijones de Jerez o revive con arte mágico la venerable reliquia de una toná olvidada o trae a nuestro tiempo el prestigio de la malagueña de La Trini, o salva del olvido una dramática siguiriya de Tomás El Nitri, o nos transporta a primitivos aires de tarantas y cartageneras de remoto abolengo. Esta mujer extraordinaria es como un mar sin fondo y sin orillas. Ella sola es toda la historia flamenca. Ella abarca todo el misterioso legado de nuestros cantes. Ignoramos lo que habían sido en su tiempo La Andonda, La Serrana, María Borrico, Merced La Serneta y tantas otras cantaoras famosas, pero parece imposible que ninguna superase a Pastora Pavón en vastedad de repertorio, frescura de voz, rajo gitano y vitalidad contagiosa». Juan de la Plata: «Como artista genial, Pastora Pavón lo cantó todo -soleares, siguiriyas, tientos, fandangos, malagueñas, etc.-, pero donde dejó su impronta de gran creadora fue en las peteneras, los tangos, los bamberas y las bulerías lorqueñas». Manuel Ríos Ruiz: «Hay algo muy importante, importantísimo, en la personalidad artística de La Niña de los Peines, en lo que hasta ahora no se ha reparado. Algo que afecta tanto a su cante como al cante de Sevilla. Se trata de una evolución en las formas más tradicionales trianeras, debidas a las influencias de los aires jerezanos y gaditanos que se destacaron en su voz. La Niña de los Peines, sin olvidar nunca los giros cantaores más añejos de Triana y el magisterio de su hermano Tomás Pavón, descubre la brillantez y el ritmo de los cantes de Jerez y los puertos, sobre todo por la magia buleaera de El Gloria, y tiene la capacidad de engarzar toda una riqueza de matices flamencos, perfilando su propio estilo. En ello radica la clave de su originalidad artística, junto a los dones de su voz y de sus facultades. Estilizó así y aligeró los sones de su tierra, cantando con un compás que hasta ella no se había dado en los intérpretes sevillanos. Por otra parte, su enciclopedismo es realmente asombroso, y hay que destacar el gran mérito que supone popularizar la petenera, las bamberas o la zambra por soleá».

Obra

Destacó principalmente por sus seguiriyas, tangos, peteneras, bulerías y soleás, aunque realmente fue una cantaora muy completa que dominó todos los palos del flamenco y creó estilos nuevos como la bambera.

Dentro de las distintas modalidades de soleás que interpretaba, es preciso destacar la de Mercé la Serneta, a quien había conocido en su juventud.

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