Lillian Hellman

Biografia OpusVida por dina

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Lillian Florence Hellman fue una dramaturga, guionista cinematográfica y memorialista norteamericana. Conocida por su compromiso político con causas izquierdistas, por su relación sentimental con el escritor Dashiell Hammett, y por su larga amistad con la escritora Dorothy Parker, de quien fue su albacea.

Lillian Hellman nació el veinte de junio de 1905, en la ciudad de Nueva Orleans, en el estado sureño de Louisiana. Sus años de infancia y adolescencia transcurrieron en un ambiente social acomodado. Posteriormente, la familia se trasladó a Nueva York, donde Lillian Hellman tomó parte en la vida intelectual y social de la metrópolis, descubrió su identidad judía y se casó con el agente teatral, guionista y comediógrafo Arthur Kober. Gracias a su familia materna, entró en contacto con el mundo de la alta burguesía, cuya condescendencia hacia ella le produjo a la vez fascinación e indignación.

En 1932 se divorció de Kober. Hellman conoció a Dashiell Hammet, comunista y refinado autor de novelas policíacas, y ambos trabajaron juntos en Hollywood como guionistas cinematográficos. Hammet contribuyó a que se afianzaran en ella inquietudes radicales y ambiciones artísticas.

Después de desempeñarse como crítico literario y agente publicitario, comenzó a escribir sus propias obras en los años 1930. Su primer gran éxito fue The Children’s Hour de 1934, que trata sobre dos profesoras falsamente acusadas de lesbianismo. Este primer trabajo teatral estuvo dedicado a Hammet y tuvo un gran éxito: la obra representa el escándalo suscitado en una pequeña localidad de provincias norteamericana por las falsas acusaciones de lesbianismo proferidas por una alumna contra dos profesoras; el drama anticipó las delaciones políticas de la era de Mc Carthy, de las que fue víctima el propio Hammet. De ahí que, en 1952, se vuelva a poner en escena La hora de los niños, de la que Hellman destacó en primer plano sus valores políticos.

Analizó la rivalidad interna de una familia en su obra The Little Foxes de 1939 y la injusticia política en Watch on the Rhine de 1941. Se negó a testificar ante el Comité de Actividades Antiamericanas en 1952, sospechosa de comunismo por sus tendencias de izquierda.

Su carrera artística estuvo dividida en dos períodos muy distintos y  distanciados en el tiempo. El primer período trascurre desde 1934 hasta 1941, y está dedicado a la producción teatral. El segundo, entre 1969 y 1980, lo dedicó a cuatro libros de memorias.

Lo cierto es que Lillian Hellman se pronunció infatigablemente en contra de la hipocresía social de las clases altas norteamericanas. Lo que ya desde su infancia en Nueva Orleans, en una familia venida a menos, comenzó siendo un acto de desagravio al padre zapatero de origen judío-alemán, menospreciado por la rama materna y sus delirios de grandeza, se tornó con el tiempo en planteamientos cada vez más políticos que abarcaban las causas progresistas en muchos otros países. “Me rebelé contra la familia de mi madre y, en consecuencia, contra toda la gente rica, aunque me asustaba y me impresionaba”, escribe en “Pentimento”.

En adelante, su empresa como dramaturga consistirá en poner ante los ojos del espectador la degradación moral de ciertas clases sociales envenenadas por la ambición y la envidia. Dos ejemplos: la implacable Regina Hubbard de “La Loba” (recuérdese a Bette Davis en la versión cinematográfica que William Wyler hizo de “Little Foxes”) o la cruel niña de un internado de Massachussets, capaz de devastar la vida de dos entregadas profesoras, acusándolas de lesbianismo, en “The children’s hour” (traducida en la excelente versión teatral de Fernando Méndez-Leite como “La calumnia”). Esta novela tuvo dos versiones cinematográficas, ambas dirigidas por William Wyler. La primera es de 1936, interpretada por Miriam Hopkins y Merle Oberon, y la segunda de 1962, con Audrey Hepburn y Shirley McLaine de protagonistas.

Tal como nos cuenta en sus textos autobiográficos, comprendió pronto que los silencios elegantes de ciertas damas eran más estúpidos o crueles que misteriosos, y que aquella estilizada atrofia de emociones propia de la “gente bien” era lo más parecido a un estado de coma.

Desde entonces ella no dejó de protestar, de alinearse con los criados negros y con los miembros de la rama judía de la familia, no cesó de escribir obras críticas, prohibidas en varios estados, de colaborar económicamente, primero con la Liga Antinazi, y más tarde con la causa de los republicanos españoles (vendría a la guerra española como corresponsal y documentalista), no temió ser compañera de viaje de muchos intelectuales comunistas norteamericanos, y soportó con dignidad el varapalo económico y el ostracismo sufrido por aquellos que figuraban en las listas negras de McCarthy.

De todos los escritores norteamericanos de entreguerras, Lillian Hellman se fue a enamorar del más alcohólico y pendenciero, un ex detective tuberculoso y mujeriego, que había dejado olvidadas en algún lugar a una esposa y dos hijas, colaborador de la colección de novelas policíacas “Black Mask”, un individuo autodestructivo a quien, al final de su vida, “solamente el hecho de tomar aire le ocupaba todos los días y las noches”, un sujeto al que una actriz de segunda fila denunció por acoso y que escribía a Hellman : “Te he sido más o menos fiel”, y también: “Éste es el séptimo día que no bebo. ¿Cuándo vuelves a casa?” El escritor se llamaba Dashiell Hammett, autor de la novela negra más genial de todos los tiempos.

El 25 de noviembre de 1930 les presentaron en un restaurante de Hollywood. Ella era una guionista de talento contratada por el señor Goldwyn y a punto de separarse de su marido, un agente teatral llamado Kober; él arrastraba una borrachera de cinco días y acababa de tener un éxito fulminante con “El Halcón Maltés” y su detective Sam Spade. Siguieron bebiendo salvajemente y sólo recordaban haberse encontrado horas más tarde hablando de T. S. Eliot en el coche de Hammett. Así describe Lillian Hellman la primera impresión causada por el ex sabueso de la agencia Pinkerton : “Tenía feas cicatrices en las piernas, y una hendidura en la cabeza, era un hombre de suaves modales, educado, de aspecto elegante, excéntrico e ingenioso que derrochaba su dinero con las mujeres”.

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