Lola Mora

Biografia OpusVida por magui

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Dolores Mora Vega o Lola Mora como era conocida, fue una artista argentina, especializada en escultura. Es considerada y declarada como la primera escultora sudamericana, ha logrado con sus obras ser reconocida a nivel mundial en el campo del arte. Su vida y su tiempo estuvo lleno de adversidades, a las que supo sobreponerse y superarlas, por la impronta de su carácter, al margen de los criterios propios de aquel momento. En el mundo del arte y la cultura fue una clásicas; en lo social, una avanzada, y en lo empresarial, una visionaria.

Lola Mora, nació el 17 de noviembre de 1866 en la Provincia de Salta, Argentina y falleció el 7 de junio de 1936 en la ciudad de Buenos Aires.

La vida de Lola Mora se presenta desde un principio controvertida, ambigua, y no deja de sorprender a quienes se adentran en la historia de esta particular mujer que fue pintora, escultora, inventora, urbanista y se dedicó además a la búsqueda de petróleo en la provincia de Salta.

Contenido:

  1. Falcucci, el primer maestro
  2. Los trabajos iniciales
  3. Los maestros
  4. Las primeras esculturas
  5. Trabajos para la Argentina
  6. Video: La vida de  Lola Mora
  7. La Fuente de las Nereidas
  8. Galardones y  nuevos trabajos
  9. La Libertad, el relieve para la Casa de Tucumán y el monumento a Alberdi
  10. Galería de fotos de Lola Mora
  11. Las obras para el Congreso y el Monumento a Aristóbulo del Valle
  12. Trabajo y matrimonio
  13. El ocaso de Lola Mora
  14. Emprendimientos fallidos
  15. Últimos días
  16. Obras
  17. Inventora
  18. Otras obras
  19. Estatuas en Rosario

Primeros años

Sobre su origen, que se disputan tucumanos y salteños, una versión afirma que nació en Trancas, un pueblo al norte de Tucumán lindando con Salta. Otra versión -aceptada hace poco tiempo y teniendo en cuenta documentación encontrada- sostiene que nació en una estancia en la localidad de El Tala, departamento de La Candelaria, en la provincia de Salta. En la actualidad se reconoce que la artista vino al mundo el 17 de noviembre de 1866 en El Tala, provincia de Salta, más precisamente en el casco de la actual Finca El Dátil. Algunos historiadores, contradiciendo esta última versión, aseguran que la artista nunca afirmó ser salteña.

Su familia puede definirse como pudiente, con dinero y propiedades, aunque no de clase alta. Romualdo Mora era comerciante y hacendado y, siendo menor de edad, pidió se le concediera el derecho de manejar los bienes de su padre, inmediatamente después de su muerte: una casa, una pulpería, un pequeño terreno y ganado. El pedido fue satisfecho, y el escrito fue firmado por Nicolás Avellaneda, quien por entonces era Defensor General de Menores del foro tucumano.

En el documento respectivo, el futuro presidente consignaba que:

“Es notoria en este pueblo la carencia de ocupaciones útiles a que puede dedicarse un joven para instruirse en el manejo de los intereses que más tarde ha de tener que administrar; y la falta completa de escuelas que le puedan proporcionar una educación capaz de mejorar sus aptitudes con que debe entrar a la vida de la sociedad”.

A partir de la base que le proporcionaron los bienes sucesorios de su padre, Romualdo Mora entraría más adelante al negocio agrícola y su patrimonio crecería con la compra de numerosas propiedades en los alrededores. No obstante la posición económica que fue conquistando, la familia Mora no ocupaba un lugar privilegiado en la cerrada elite tucumana y eso se debió tal vez a que Regina Vega de Mora, madre de la artista y cuatro años mayor que su esposo, tenía un hijo natural del que se sabe poco y nada.

Tampoco se sabe mucho de esta mujer con la que se casó posiblemente en 1859, ni de sus antecedentes familiares; su apellido no era tucumano, sino riojano o catamarqueño. Una vez casada con Romualdo Mora, dio a luz a siete hijos: tres varones y cuatro niñas. Dolores fue la tercera en nacer.

Los Mora quisieron que sus hijas mayores recibieran la mejor educación posible, algo a lo que no podían acceder en la rural Trancas. Por ese motivo matriculan sucesivamente a sus hijas en el Colegio Sarmiento de Tucumán, en carácter de medio pupilas, hasta que decidieron mudarse a la ciudad. En agosto de 1874, a los 7 años de edad, Dolores comenzó sus estudios en el colegio, obteniendo más de una vez las mejores notas de su clase en todas las asignaturas.

La familia ocupó una gran casa de diez habitaciones en la céntrica calle Belgrano al 72-74 que, entre sus comodidades y gustos, incluía un fino mobiliario, elegante platería, una sorprendente colección de joyas pertenecientes a Regina Vega y un piano Pleyel que Lola sabía tocar.

La vida transcurrió tranquila y con buen pasar para los Mora hasta la inesperada muerte de los padres. Romualdo, de 48 años, muere el 14 de septiembre de 1885 a causa de una neumonía; dos días más tarde fallece Regina de un “hipertrófico de corazón”, tal como figura en su acta de defunción. Pero los hermanos no quedaron a la deriva. Paula Mora, que por entonces tenía 25 años, contrajo matrimonio dos semanas después de la muerte de sus padres con el ingeniero Guillermo Rücker, quien en un principio se hizo cargo de los huérfanos.

Falcucci, el primer maestro

En 1887 llega a radicarse en Tucumán el pintor italiano Santiago Falcucci (1856-1922), quien fue profesor del Colegio Nacional, de la Escuela Normal y más adelante, de la Academia Provincial de Bellas Artes. De acuerdo a un artículo que el maestro publicó en la Revista de Letras y Ciencias Sociales en 1904, y que es la única fuente que reseña los primeros pasos sistemáticos de Lola Mora en el arte, la joven le pidió lecciones y comenzó a tomar clases particulares con él a poco de su llegada a la provincia. Así, cuenta el pintor, comenzaría un trabajo disciplinado, abocado al dibujo y a la técnica del retrato, con inspiración en las escuelas neoclasicista y romántica italianas, de las que Lola Mora no se apartaría en toda su producción.

Los trabajos iniciales

Su primer trabajo fue un retrato del entonces gobernador de Salta, Delfín Leguizamón, que Lola Mora quiso realizar para lograr que éste ayudara a su familia en cierto pleito que tenía en esa provincia. Lola realizó la obra al carbón, y trabajó con empeño y prolijidad. De acuerdo a Falcucci “era la copia de una fotografía, pero tenía todo de propio, de individual en la factura. Lola Mora principiaba a revelarse”.

En 1892 participa de una “Exposición en Miniatura” en una kermesse organizada por la Sociedad de Beneficencia de Tucumán con motivo del IV Centenario del Descubrimiento de América.

Su primer éxito fue la ambiciosa obra que presentó en una exposición en 1894, con motivo del aniversario del 9 de julio. Consistía en una colección de 20 retratos de los gobernadores tucumanos desde 1853, realizados en carbonilla. La exposición tuvo lugar en la Escuela Normal de Maestras y recogió numerosos elogios, entre ellos del diario tucumano El Orden, que publicó:

“Es la obra quizás de más aliento de cuantas se han llevado a la exposición. (…)Muchos de ellos son algo más que un retrato, son verdaderas cabezas de estudio, de franca y valiente ejecución…”.

La Cámara de Diputados dispuso recompensar el trabajo de Lola Mora con 5.000 pesos, lo que fue promulgado como ley por el gobernador interino Agustín S. Sal.

En julio de 1895, Mora viajó a Buenos Aires en busca de obtener una beca de la Sociedad Estímulo de Bellas Artes para continuar sus estudios en Europa. Un decreto firmado por el presidente José Evaristo Uriburu el 3 de octubre del año 1896 acordó a “Dolores C. Mora, durante dos años, la subvención mensual de cien pesos oro ($ oro 100), para que perfeccione sus estudios de pintura en Europa”.

Los maestros

Una vez instalada en Roma, en 1897, Lola logró ser aceptada como discípula del afamado pintor Francesco Paolo Michetti. Acompañó su aprendizaje pictórico con un curso de modelado en creta dictado por otro amigo del pintor, el escultor Constantino Barbella.

A través de Michetti conoció al gran escultor Giulio Monteverde, quien era considerado por muchos como “el nuevo Miguel Angel”, y le  propuso ser su alumna. En pocos meses sus progresos fueron tales que el maestro le recomendó dejar la pintura para dedicarse exclusivamente al arte escultórico, consejo que la artista siguió sin dudar.

Las primeras esculturas

Ettore Mosca, por entonces corresponsal del diario La Nación en Italia, visitó el taller de Lola Mora en 1899 y dio cuenta de sus trabajos escultóricos iniciales. Le llamaron la atención dos bustos en yeso de los presidentes Roca y Pellegrini así como un esbozo de altorrelieve de 4,50 metros de ancho por 4 metros de altura que Lola había esbozado, y que representaba el primer Congreso argentino en Tucumán.

 

El cronista también aludió a un autorretrato que había ganado una medalla de oro en una exposición de París. Es probable que dicha efigie sea la que hoy se encuentra en Tucumán bajo la propiedad de Angelina de Soldati de Páez de la Torre. La obra se trata de un bloque de mármol de Carrara, del que surge el perfil reclinado de Lola Mora con una cabellera ondulada que cae sobre sus hombros. Se trata de una de las piezas más interesantes y menos conocidas de su carrera.

Trabajos para la Argentina

En 1900 Lola regresó a su país luego de tres años de ausencia y aprovechó la oportunidad para negociar los primeros proyectos que ofrecería a la nación. Uno de ellos era una estatua de Juan Bautista Alberdi, a pedido del gobierno tucumano. El otro era la Fuente de las Nereidas, bocetada en arcilla, que Mora ofreció a la Intendencia Municipal de Buenos Aires para ser emplazada en la Plaza de Mayo.

En Buenos Aires, Lola Mora también se entrevistó con el ingeniero Francisco Schmidt, responsable de la parte técnica del futuro Monumento al 20 de Febrero en Salta. Ella se comprometió a modelar los proyectos y a dirigir la fundición de relieves y estatuas sin cobrar dinero por ello, salvo el necesario para cubrir los costos operativos.

De visita en Tucumán, firmó las condiciones del Monumento a Alberdi el 6 de octubre.  El monumento se realizaría en mármol de Carrara de primera clase y tendría una altura aproximada de 3 metros. Además, descasaría sobre un pedestal que llevaría bajorrelieves, alegorías e inscripciones.

Video: La vida de  Lola Mora


 

La Fuente de las Nereidas

Lola llegó desde Roma a Buenos Aires con todas las partes de su obra magna embaladas, a fines de agosto de 1902. El monumento, pensado para ser emplazado en Plaza de Mayo fue finalmente levantado en Paseo de Julio y Cangallo, hoy Alem y Perón, debido a la controversia sobre la presencia de torsos masculinos y femeninos desnudos en cercanías de la catedral.

La artista erigió una cerca de madera dentro de la cual comenzó el armado de la ya muy famosa fuente en compañía de varios ayudantes. La prensa estuvo pendiente de las obras y le dedicó gran espacio a la visita de Bartolomé Mitre al improvisado taller.

La Fuente de las Nereidas fue inaugurada el jueves 21 de mayo de 1903, a las cuatro de la tarde y una multitud se agolpó para el descubrimiento de la obra que había generado tantos comentarios. Entre los presentes se encontraban el Intendente Municipal, doctor Alberto Casares y el ministro del interior, Joaquín V. González, así como el pintor Ernesto de la Cárcova y el arquitecto francés Carlos Thays.

El grupo escultórico representa el momento del nacimiento de Venus o Afrodita, “la mujer nacida de las aguas”, posada grácilmente sobre una concha marina que sostienen dos Nereidas, cuyo carácter fantástico está dado por las nítidas escamas que pueblan sus muslos y que, terminados en colas, se enroscan sobre un rústico pedestal rocoso. El motivo de la concha se duplica en la base que contiene a tritones-jinetes y los caballos, tensionados en pos de la diosa.

La escultura fascinó en su tiempo y fascina hoy por la intensidad de las figuras, por la osada combinación de texturas y por sus magníficas terminaciones. La escultora hizo posar por lo menos a tres hombres para modelar las figuras masculinas, entr ellos a Agesilao Greco De Chiaramonte, famoso esgrimista italiano.

Galardones y  nuevos trabajos

En enero de 1903, Mora dio a conocer que había triunfado en un certamen de carácter internacional. La obra sería sido un monumento en honor de la reina Victoria de Gran Bretaña y estaría emplazada en la ciudad australiana de Melbourne. Pero ante el requerimiento de que el ganador contara con ciudadanía inglesa, Lola Mora habría desistido del mismo y su autor terminó siendo el escultor James White. Un año más tarde la artista habría ganaría el concurso para erigir un monumento al Zar Alejandro I en San Petersburgo, pero no recibió el encargo por similares motivos.

Durante su estadía en Argentina también se formalizó la compra del busto del presidente Roca que Lola tenía en su taller de Via Dogali y, además, se le encomendó la realización de la estatua de Aristóbulo del Valle. Ya en Tucumán, se dedicó a gestionar los detalles de la estatua de Alberdi y a recibir un encargo que se transformaría en la estatua de La Libertad.

A todas estas obras en proceso debe sumarse el pedido de un relieve representativo del Congreso de 1816, que le fuera encargado por el gobierno nacional y que sería colocado en la Casa Histórica con motivo de su completa remodelación.

Por si todo esto fuera poco, por esos mismos días recibió un nuevo pedido oficial: cuatro estatuas para decorar la escalinata principal del futuro Congreso de la Nación, representando a los primeros presidentes del Congreso Argentino, Alvear, Laprida, Fragueiro y Zubiría.

La Libertad, el relieve para la Casa de Tucumán y el monumento a Alberdi

Lola Mora retornó al país en mayo de 1904 y trajo consigo la Alegoría de la Independencia (conocida como La Libertad),  el monumento a Juan Bautista Alberdi, las cuatro figuras para el Congreso Nacional y el busto del presidente Roca. Este último fue colocado en Casa de Gobierno el día 14 de junio, luego de unas sesiones de la artista con el presidente mismo, para ultimar los detalles de la obra.

Pocos días después, se dirigió a Tucumán para concretar la instalación de los dos monumentos que arribaron junto con ella desde Italia, mientras que aguardaba ansiosa la llegada de los bajorrelieves para la Casa de Histórica de Tucumán, que quedaron en Roma listos para ser fundidos y recién arribaron a la estación ferroviaria de la capital provincial el día 18 de julio.

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