Petrona Martinez

Biografia OpusVida por dina

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Petrona Martínez es una de las cantantes de música folclórica más destacadas de Colombia; perteneciente a una tradición de cantadoras que inicia su bisabuela Carmen Silva y continuada por su abuela Orfelina Martínez y su tía Tomasita Martínez. Las escuchó cantar desde pequeña y fue formándose en los ritmos africanos que continúan en la Región Caribe. Su banda tiene tambor alegre, la tambora, la gaita, las maracas, las totumas, el llamador, palmas y coros.

En el año 2003 fue nominada a los premios Grammy por mejor álbum de música latina. Ha grabado varios discos y ha realizado giras en España, Dinamarca, Inglaterra, Marruecos y otros países. Ha efectuado recitales para apoyar los derechos de las mujeres trabajadoras, en conciertos nacionales y otro sinnúmero de presentaciones.

De no ser porque la Divina Providencia quiso que el sol saliera en todo su esplendor, aquel 24 de agosto de 1984, Petrona Martínez, la ‘reina del bullerengue’, aún estaría sacando arena del arroyo de Lata, o haciendo cocadas para venderlas en Malagana, o esperando el mes de mayo para aprovechar las cosechas de mango.

Con los radiantes rayos, que llevaban semanas escondidos, la mujer, que ya se asomaba a los 45 años, aprovechó para lavar la ropa a la orilla del arroyo y allí, acompañada por el sonsonete natural que las brisas imponían a las enramadas, y de las variadas melodías de las aves silvestres, sacaba de su garganta potentes tonadas que el profundo eco conducía, como un torrente de agua pura, a todo lo largo y ancho del pequeño cañón que se formaba en el riachuelo.

Y cerca de allí, Marcelino Orozco, otro músico cimarrón perdido en las faenas de campo, escuchó la prodigiosa voz que parecía provenir del cielo y, de inmediato, se acordó que en Gamero estaban buscando gente para formar un grupo folclórico.

“En Malagana hay una mujer que canta más que Celia”, le dijo Orozco a Wady Bedrán, el organizador del grupo. “No sé cómo se llama ni dónde vive, sólo sé que hay que buscarla en el arroyo”, reiteró.

Semanas más tarde, cuando Orozco supo quién era la mujer que cantaba en el arroyo, y que encantaba hasta los pájaros, le dijo que la estaban esperando en Gamero, pero la respuesta de ella lo dejó frío.

“¿Por qué le vamos a dar fama a Gamero?, formemos nuestro propio grupo”, le dijo. Allí nació la nueva agrupación que, a partir de entonces, habría de marcar el rumbo de la música folclórica en Bolívar: ‘Petrona Martínez y Tambores de Malagana’, pero les decían ‘los vejestorios’, porque todos los integrantes pasaban de los 50 años y ninguno había grabado jamás.

Contenido:

  1. Orígenes
  2. Video
  3. Alegría en vez de llanto
  4. Galería de fotos
  5. Sus giras y conciertos
  6. En el jardín de su ‘ castillo’
  7. Escucha “Un niño que llora en los Montes de María” de Petrona Martinez
  8. Éxito, Grammy y viajes
  9. Lo que viene para la artista
  10. Discografía

Orígenes

Uno podría imaginarse que Petrona Martínez, quien lleva el título de “Reina del Bullerengue”, debe vivir como tal. Sin embargo, ésta es una reina sin corona y sin palacio. O mejor, su palacio no está cubierto por oro sino por caña brava y barro, materiales con los que ella misma construyó su casita en compañía de su numerosa familia. Dueña de una sonrisa que encanta, Petrona ha logrado demostrar que cuando la música nace del alma traspasa las fronteras. Nunca se imaginó que sus cantos, podrían contagiar a personas de continentes lejanos, en realidad, nunca se imaginó que sería famosa gracias a su don.

Su historia es insólita para algunos e increíble para otros. Nació en un pequeño pueblo del departamento del Bolívar llamado San Cayetano. Jamás fue al colegio. Trabajó desde pequeña en diversas labores, desde hacer el oficio para su casa y otras casas, hasta recoger arena. Decidió casarse a los 16 años con Tomás Enrique Llerena. “No me casé por la iglesia, él ha sido mi marido desde siempre”, confesó alguna vez en una entrevista. Y uno tras otro, tuvo siete hijos, cinco mujeres y dos hombres.

Sin embargo, haber nacido en un hogar de cantadoras, de mujeres que llevaban en sus venas la música, la obligó a continuar con la herencia, como lo harán sus hijas y las hijas de sus hijas. Por que su talento, se ha heredado de generación en generación.

El padre de Petrona, Manuel Salvador “Cayetano” Martínez, “era compositor de cumbia, bullerengue, décimas, polla negra, sones para danza de negros”. Y su abuela Orfelina Martínez, su bisabuela Carmen Silva, su tía abuela Tomasita Martínez y sus primas hermanas, como Ernestina Cañate, eran “bullerengueras”, como ella. “Mi abuela cantaba y bailaba y componía canciones sobre nuestra vida diaria.. era dobladora de tabaco y ahí se ponía a cantar… y hacía sus ollas de barro y ahí cantaba… y yo estaba barriendo, cocinando o lavando …y estaba cantando”, dice.

Así que Petrona no pudo evitar seguir con la tradición. Mientras hacía oficio cantaba. Mientras crecía, cantaba. Mientras tenía hijos y luego nietos, cantaba. Y un día, cuando vivía en un pueblo llamado Malagana en Bolívar, a dos horas de Cartagena, alguien la oyó cantar. Entonces, le propusieron que lo hiciera en público y así, poco a poco, se animó a conformar un grupo que la acompañara. Se unió a los Tambores de Malagana (cuando corría 1984), es decir, a Ramón Pío Sánchez (tamborero), a Pifanio Martínez (guacharaca) y Clemente Pacheco (llamador). Pero como todos eran “señores mayores”, ella debió tomar la decisión de conformar su propio grupo y fue cuando decidió hacerlo con sus hijos. Y en 1995 logró meterse a un estudio de grabación, pues su hijo logró que se lo prestarán por dos horas, para hacer “El folclor vive”, su primer LP. Al año siguiente hizo otra grabación en acetato titulada “El destape del folclor”.

Alegría en vez de llanto

Para ganar lo que ahora tiene, para vivir en su propio ‘castillo’, de unos 900 metros cuadrados, Petrona tuvo que conocer casi todos los tristes estados de la vida, desde trabajar como doméstica cuando joven, pasando por vendedora de frutas hasta ser una artista reconocida a nivel internacional.

Eso sí, el infortunio jamás la hizo perder su compostura alegre y, en contra de todo, siempre le ha puesto sentido común a su rutina juglaresca. “Lo que es para perro no se lo come gato”, dice en su particular y sabio lenguaje.

Esta jovial forma de coger al toro del destino por los cachos, le ha permitido a la vigorosa mujer hallar el lado bonito de la moneda, así valiera un maravedí para los demás. Ni siquiera su nacimiento fue fácil. Su madre biológica, Otilia Villa, se complicó en el parto y no pudo amamantarla, lo que obligó a que Candelaria Valdés, su tía y madrina, se encargara de su crianza.

Como su madre biológica “aborreció” a su padre Manuel Salvador Martínez, ‘Cayetano’, le correspondió a Vidal Martínez, papá de Otilia Villa, terminar de criarla, lo que para Petrona significó una bendición.

“Soy la única que ha tenido dos mamás y dos papás”, señala, y advierte que la relación con los cuatro (su madre biológica murió hace 35 años) siempre ha sido la mejor.

Similar compostura tuvo cuando le tocó irse para Montería a lavar ropa ajena. En momentos en que su situación económica se complicaba, en una tierra lejana a la suya, donde no había mangos al alcance de la mano ni ñames gigantescos a flor de tierra, Petrona encontró el primer amor de su vida, Adolfo José Díaz, padre de sus dos primeros hijos, Luis Enrique (q.e.p.d.) y María del Carmen.

“No puedo decir que se portó mal conmigo, lo encontré en un momento muy difícil y me ayudó, pero por cosas de la vida, se terminó”, afirma.

Separada, con dos pequeños a cuestas, de Montería se fue para Arjona, más cerca de la tierra, porque una tía suya la necesitaba para que le cuidara sus hijos. Allí, sin llanto y sin pedirlo a San Antonio, conoció a su segundo amor, Tomás Enrique Llerena, padre de sus otros cinco hijos.

“Mi tía me decía que me encomendara al santo, como única forma para conseguir marido, pero yo ni un canto le hice y aquí estoy, feliz”, dice entre risas.

El único momento que casi no puede superar fue cuando murió su hijo mayor, Luis Enrique, hace 13 años. No obstante, tras el embate inicial de la tragedia, sintió un alivio cuando vio a uno de los hijos del difunto tocar el tambor igual que su padre, y entonar sus propias composiciones. “Dios no quita, Dios da”, expresó en su sabiduría de monte. Ella recuerda que durante casi tres años dejó de cantar, pues el dolor y vacío no se lo permitía. Se sumió en la tristeza. Ni la necesidad fue capaz de hacerla cantar. Estaba enferma. Pero un día, después de soñar con su hijo, decidió levantarse y le compuso la canción “Rama  de tamarindo”. Con ella cierra todos sus conciertos.

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