Pilar Miro

Biografia OpusVida por magui

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Pilar Miró Romero (Madrid, 20 de abril de 1940 – Madrid, 19 de octubre de 1997) fue una reconocida directora de cine. Entre 1986 y 1989 dirigió la radio y televisión pública españolas.

Estudió Periodismo y Derecho, graduándose igualmente en la Escuela Oficial de Cinematografía, donde también fue profesora.

Trabajó en TVE desde 1960 como ayudante de redacción y como realizadora. De allí saltó al mundo del cine escribiendo y dirigiendo varias películas.

En 1982 ocupó el cargo de Directora General de Cinematografía hasta 1985, cargo desde el que impulsó un cambio estructural de la creación cinematográfica española que, a cambio de un aumento de la calidad, tuvo una incidencia negativa sobre la cantidad de películas producidas. Desde dicha responsabilidad tuvo un papel decisivo en la recuperación de la categoría A de la FIAPF por parte del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, al que desvió buena parte de las subvenciones estatales dirigidas a otros festivales de cine españoles. En 1985 volvió a dedicarse al cine dirigiendo Werther. En 1986 vuelve a ocupar un cargo político dirigiendo el Ente de Radiotelevisión Española hasta 1989.

En 1995 y 1997 fue la realizadora televisiva de los enlaces de la infanta Elena y de la infanta Cristina. Falleció a los pocos días de esta última retransmisión. Dejó más de 200 producciones para el cine y televisión.

Estando soltera tuvo un hijo, Gonzalo, cuyo padre nunca reveló.

Los amores de Pilar eran febriles… y de escasa duración. Una vez estuvo empeñada en casarse y buscó un apartamento con tal fin: a última hora cambió de intención; en otras ocasiones intentó convencer a sus parejas de que anularan sus matrimonios y se quedaran a vivir con ella; otra vez tiró por la calle de en medio y envió una explosiva carta a su amado… que llegó a manos de la esposa, quien no dudó en dirigirse a Pilar: “He leído una carta que le has enviado a mi marido”. La respuesta dejó de una pieza a la esposa ofendida: “No tengo por qué hablar contigo de mi vida privada”. (…)

A partir de documentos privados y testimonios de quienes rodearon a la que llegó a ser directora general de RTVE, se sigue la vida de esta mujer obstinada, valiente, que fue operada dos veces a corazón abierto y procesada por un tribunal militar. Falleció el 19 de octubre de 1997. Tenía 57 años. Su biografía aparece esta semana.

“No quiero necesitar a nadie para que nadie me decepcione”, se prometió a sí misma, pero jamás dejó pasar de largo a quienes se cruzaron en su vida provocándole un chispazo

El premio en Montecarlo no le sirvió de gran cosa. Adolfo Suárez le había advertido: “Que no se te suban los humos con el premio”, y le dejó tres meses sin trabajo

La temperatura sobre el ‘caso Miró’ subió cuando ésta declaró ante la comisión de control parlamentario que consideraba lógico que sus gastos de vestuario fueran por cuenta ajena

En marzo de 1981 finalizó el calvario de ‘El crimen de Cuenca’. Se levantó el secuestro que pesaba sobre la película y se sobreseyó el proceso, que ya no era militar, sino civil

Fue en Roma cuando la Miró supo que se habían publicado en la prensa española tres facturas de su compra de ropa. De la noche a la mañana se armó un revuelo sin precedentes

Durante un breve tiempo viajó cada fin de semana a Barcelona para verse con un actor al que amaba. Una de aquellas mañanas, temprano, sonó el teléfono en la habitación de hotel que compartían. Pilar descolgó con mal humor: “¿Quién llama a estas horas?”. Y dirigiéndose al hombre dormido, le espetó: “Es para ti, te llama tu mujer. Dile que no son horas de llamar”. El actor, asustado, decidió romper la relación con su amante. Pilar sólo lo supo a la semana siguiente, cuando llegó de nuevo a Barcelona. Adolfo Marsillach fue testigo de la ruptura. “Pilar era una extraordinaria encajadora y asumió la nueva situación sin mover un músculo”, contó luego. Como ella no había previsto otro alojamiento en la ciudad, Marsillach la acogió en su propia casa. “Una madrugada”, recordaría él, “nuestra amistad se convirtió en algo más”, hasta que otra buena madrugada en que él llegó con una copa de más, “ella se marchó dando un portazo”.

Pilar consideraba que sus amores estaban condenados al fracaso: “Soy el amor imposible, verdadero o eterno de cuatrocientos señores. Y ninguno da un paso. Qué pequeños son todos. ¡Hay que fastidiarse!”, escribió. “No quiero necesitar a nadie para que nadie me decepcione”, se prometió a sí misma, pero jamás dejó pasar de largo a quienes se cruzaran en su vida provocándole un chispazo. Pocos se le resistieron.

Siguió viendo a Emma Cohen, especialmente en las tertulias de Jaime de Armiñán y Elena Santonja en el bonito jardín de su casa. Pilar solía presentarse de improviso, con su cara severa. Oteaba la reunión y, según quien hubiera en ella, decidía quedarse o no. (…)

Las prohibiciones estaban a la orden del día. Y los escándalos. Por ejemplo, se levantó una buena polvareda en Murcia como reacción a unas frases de la obra Como las secas cañas del camino, de Martín Recuerda, que Pilar había dirigido para el espacio Estudio 1. El diario La Verdad resumía así el motivo del escándalo: “Aparecen unos individuos harapientos, ebrios, vagos, etcétera. En el diálogo que las protagonistas sostienen ante esa deprimente escena, se llega a decir, entre otras cosas: ‘¡Cuidado! Ésos son de Murcia o del barrio chino de Barcelona. Son gente ruin, que viven en el camino. ¡Échalos!”.

El gobernador civil y la corporación municipal de Murcia enviaron sendas protestas a TVE y al Gobierno. Llegaron a pedir “la entrega, para su destrucción, de la película original por considerarla injuriosa y contraria a los fines culturales de la televisión, por cuanto su contenido y su forma suponen una lesión al buen gusto de los españoles”. Se armó la marimorena. “Exigimos dimisión responsables insultos a Murcia. ¡Pilar Miró, a la calle!”, decía un telegrama. Pilar, en respuesta, se disculpó: “Afectadísima mala interpretación y acogida por parte de Murcia de la obra de Martín Recuerda. Lo lamento sinceramente”, pero sus palabras caían en saco roto. (…)

El premio en Montecarlo por Una fecha señalada, que le entregó en mano la actriz francesa Michelle Morgan, no le sirvió de gran cosa. Adolfo Suárez le había advertido: “Que no se te suban los humos con el premio”, y le dejó tres meses sin trabajo. “Qué pequeños son los hombres”, se dijo a sí misma. “¡Y pensar que éste me había gustado! Debo dejar televisión y hacer por fin una película”. (…)

Hacía tiempo que se encontraba mal, con frecuentes ahogos y un cansancio inusual. No eran achaques psicosomáticos por lo mal que le iban los amores con Enzo, al principio tan alegre y divertido, y ahora, asustado y distante como todos, en cuanto aparecían sus legítimas esposas. Esta vez sus dolencias iban más lejos que las penas de amor. (…)

Era cierto que ella no disponía del dinero para una operación que parecía inevitable; el doctor Rábago no tenía aspecto de equivocarse. Desde que le vio por primera vez supo que podía fiarse de aquel médico, que no se había andado con tapujos al hablarle de la realidad de su dolencia ni le ocultaba los peligros que corría. Lo hizo de forma tan cuidadosa y elegante que ella hasta llegó a sentir cierto bienestar al oírle, protegida por él, en manos de un buen padre. El doctor Rábago, rebautizado familiarmente como Yoyo, le dijo de sopetón: “Pasado mañana te opero; no podemos esperar ni un día más”.

Fingiendo tranquilidad, sin aspavientos, no quiso despedirse de nadie. Sólo algunos amigos cercanos fueron advertidos. El 13 de julio de 1975, Pilar Miró se levantó temprano sin haber podido dormir y llamó a su fiel amigo Pedro Erquicia para que la acompañara a hacerse unos análisis. Luego, tras una limpieza de cutis en la que se quedó adormilada, pasó por Prado del Rey para resolver temas pendientes de Los tres maridos burlados, el especial sobre Tirso de Molina en que andaba trabajando. Observó las instalaciones de Televisión como si fuera la primera vez que estaba allí, imaginando que también podía ser la última. Se acercó más tarde a su tienda preferida para comprar camisones, comió sola en casa, bajó un momento a la piscina comunitaria y preparó luego una maletita. Recuerdos y personas se le entremezclaban. Sintió que había fracasado en todo, pero se negó a llorar. “Estoy feliz de estar viva, pero estoy angustiada de estar sola, y obsesionada”, escribió en el diario.

Fue en taxi. En la clínica de la Concepción le esperaban sus no menos fieles Blanca Álvarez y Jesús Martín. Luego llegó más gente. Se había corrido la voz. Miguel Ángel Díez y Emilio Gutiérrez Caba, de su mismo grupo sanguíneo, se ofrecieron para posibles emergencias. Hasta hubo ambiente de fiesta en la habitación. Tanto, que Pilar pidió a Bernardo Ballester que impusiera orden en aquel sarao. Bernardo fue desde entonces el cancerbero, que decidía quién podía visitar a Pilar y quién no.

Fueron dos días en la unidad de cuidados intensivos en que Rábago observaba cómo el corazón de Pilar iba aceptando las válvulas biológicas que le habían implantado. Bernardo seguía haciendo guardia en la puerta de la habitación, dominando la escena con elegante autoridad. Estaba preocupado: tenía la ingrata misión de hablar con Pilar cuando ésta se encontrase suficientemente repuesta.

-Tengo dos malas noticias que darte, Pilar.

-¿Malas?

-La primera es que la operación te va a costar 300.000 pesetas.

-¿De dónde las saco? ¿Y la otra?

-Y… se ha muerto tu madre… Ayer. (…)

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