Reina Isabel I

Biografia OpusVida por magui

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Isabel I, en inglés Elizabeth I, a menudo conocida como La Reina Virgen, Gloriana o La Buena Reina Bess, (Greenwich, 7 de septiembre de 1533 – Richmond, 24 de marzo de 1603) fue Reina de Inglaterra e Irlanda desde el 17 de noviembre de 1558 hasta el día de su muerte. Isabel fue la quinta y última monarca de la dinastía Tudor. Hija de Enrique VIII, nació como princesa, pero su

Isabel Tudor, h. 1546, aun no coronada (de autor desconocido)

madre, Ana Bolena fue ejecutada, acusada de adultera, cuando ella tenía tres años, con lo que Isabel fue declarada hija ilegítima. Aún alejada de la corte la niña tuvo buenos maestros con los que, gracias a su inteligencia natural, pudo adquirir una cultura bastante amplia y una sólida formación clásica. Tras la muerte de su medio hermano Eduardo VI y su media hermana María I, Isabel asumió el trono.

Una niña aferrada a la realidad:

Cuando contaba con unos diez años de edad, por obra de la bondadosa Catalina Parr, sexta esposa de su padre, retornó Isabel a la corte, protegida por esta reina que, poco después, logró que el rey Enrique hiciera reconocer ante el Parlamento la legitimidad de Isabel y la de su hermanastra mayor, María.

Durante esos últimos años del reinado de su padre, Isabel mantuvo una fuerte unión con el heredero de ¡a corona, el niño Eduardo, quien, como ella, era luterano, mientras que María era católica. Y entonces, la religión contaba mucho.

Tras la muerte de Enrique VIII asumió el trono el principito Eduardo VI, de tan sólo diez años, por lo que fue dominado por su tutor y sus favoritos, que gobernaron por él. Y su débil constitución lo llevó a morir tempranamente, cuando sólo contaba con dieciséis años.

Isabel se sintió otra vez aislada, sobre todo por las diferencias religiosas con la nueva reina, su hermanastra María.

Se dice que, no obstante, se negó a tomar parte en la conspiración católica encabezada por Tomás Wyatt; pero, sin embargo, resultó sospechosa de connivencia con los conspiradores y, tras la desarticulación de ¡a conjura, la soberana la hizo encerrar en la Torre de Londres.

Siempre aferrada a la realidad y oportunista, Isabel aparentó profesar nuevamente el catolicismo, y fue liberada y recibida en la corte.

Entre conspiraciones, Isabel es coronada: María, la soberana hija de Catalina de Aragón, se había casado ya, casi cuarentona, con su tío Felipe II, por el que experimentaba un gran amor no correspondido; pero en vano había intentado tener hijos, pese a atribuirse varios embarazos que no fueron sino producto de la histeria y la hidropesía. Muy resentida su salud, murió entonces María sin dejar herederos y subió al trono Isabel.

A los veinticinco años comenzó Isabel ¡un reinado que se prolongó durante más de cuatro décadas y durante el cual se sentaron las bases del imperio británico.

La corona le fue ceñida en un período pleno de circunstancias adversas para su reino: otros pretendientes al trono conspiraban contra ella; a los grandes enfrentamientos religiosos se sumaba la debilidad económica del Estado; y para colmo, Inglaterra se hallaba envuelta en una sangrienta guerra con Francia. Por eso, en un primer momento, se evaluó la conveniencia de un enlace matrimonial con el viudo Felipe II, de quien se dice que estaba enamorada, enlace que fortalecería el papel de ambos países en el ámbito europeo. Pero la casi pactada unión se frustró porque, según los informes presentados al rey católico, Isabel tenía algo que la incapacitaba para el matrimonio, posiblemente una malformación genital, lo que motivó el rechazo español a la proposición inglesa.

Si ese casamiento se hubiera efectuado, quizá Isabel no se habría inclinado tanto al anglicanismo, al que declaró religión oficial, comenzado casi de inmediato la persecución de los católicos y los calvinistas, lo que provoco su excomunión por obra del Papa Pío V.

Su firme propósito, permanecer soltera:

Quizá también de resultas de la comprobación de su estado físico, fue que Isabel declaró ante el Parlamento, que deseaba verla casada y con descendencia, que era su firme propósito el de permanecer soltera. Y el logro de tal decisión fue lo que condujo a que esta reina fuera llamada la Reina Virgen, lo que en realidad no parece haber sido cierto a pie juntillas, ya que se comentaba que otorgó su “íntimo afecto” a buen número de favoritos (entre los que se destacan Robert Dudley, primer conde de Leicester, sir Walter Raleigh y Robert Devereux, segundo conde de Essex).

Los primeros devaneos de Isabel, siendo aún una adolescente, fueron con Tomás Seymour, joven hermoso, apuesto, tan hábil con la palabra como con las armas, pero ambicioso y carente de escrúpulos. Este acarició la esperanza de casarse con Isabel. Pero debido a la oposición que halló en su hermano mayor, regente del reino, desvió sus atenciones hacía la viuda Catalina Parr, con la que al fin se casó. Al quedar prontamente viudo, volvió otra vez su atención a la quinceañera Isabel y se dice que, aprovechando la promiscuidad que entonces imperaba en todas las grandes casas “solía ingresar al amanecer en el dormitorio de ésta, y luego de apartar las cortinillas del lecho, la despertaba besándola, la acariciaba, le hacía cosquillas, fingía querer entrar en su lecho, la hacía levantarse medio desnuda, la perseguía a través de la alcoba, le daba grandes palmadas en el trasero y todo concluía entre risotadas”.

Si tras estos preliminares la niña conservó su virginidad, es un misterio de la historia. Lo cierto es que esta buena acogida lo decidió a encabezar un complot para casarse con Isabel y acceder al trono inglés, pero fue descubierto y decapitado junto con sus principales cómplices. E Isabel no vaciló en escribir al regente desmintiendo enérgicamente “los rumores que circulan, altamente perjudiciales para mi honor . Y el epitafio que pronunció con respecto a su pretendiente ejecutado fue: “Hoy ha muerto un hombre de mucho ánimo y muy poco juicio”.

Pero este episodio la sosegó y así no se oyeron mentar públicamente otros amoríos hasta que, ya coronada reina, y después de declarar ante el Parlamento que estaba casada con su reino y que no le faltaban hijos, ya que consideraba a todos sus súbditos como tales, se entregó a un marcado coqueteo con lord Robert Dudley, joven con el que había ya simpatizado cuando ambos coincidieron como prisioneros en la Torre de Londres.

“No me caso tampoco”:

Era el tal Robert un mozo apuesto, siempre vestido con lujo a la última moda, bravo duelista, hábil jugador de pelota, amante del arte y buen tañedor de laúd, es decir, un perfecto cortesano. Aunque Isabel negó toda relación íntima por él, lo cierto es que lo había hecho su caballerizo mayor, cargo que le permitía gran familiaridad con ella; le había asignado habitaciones muy cercanas a las suyas, y a las que acudía a cuidarlo si enfermaba; lo colmaba de gracias y de regalos; se entristecía claramente cuando él se alejaba, y le hacía tremendas escenas de celos. Por tanto, no era extraño que se lo considerara su amante.

Pero si Dudley pretendía llegar al casamiento con la reina debía desembarazarse de un serio obstáculo: su esposa. Y paradójicamente, ésta murió al caer por una escalera. Isabel se negó a creer en un crimen de su favorito pero, toda intención de boda, si la hubo, quedó trunca. Ella manifestó: “Se ha dicho que sólo amaba a Sir Robert Dudley porque estaba casado, pero ahora no lo está y yo no me caso tampoco . Y hasta pretendió, tiempo después, hacerlo casar con su prima María Estuardo, entonces reina de Escocia. Y quizá para consolarlo por el rechazo de aquélla, lo hizo conde de Leícester. Le guardó siempre un rinconcito en su corazón, ya que tras la muerte del favorito, guardó, entre lágrimas, un papel doblado en un precioso cofrecito, encabezándolo: “Su última carta”.

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