Saddam Hussein

Biografia OpusVida por magui

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1. De conspirador violento a dirigente expeditivo

Nació en el seno de una familia de campesinos sin tierras de la aldea de Al Ajwa, mísero asentamiento de cabañas de adobe a orillas del río Tigris y sito a ocho kilómetros de Tikrit, una pequeña ciudad de provincias con un presente de pobreza y subdesarrollo. La parentela familiar pertenecía al clan al-Bejat de la tribu de musulmanes sunníes de al-Bu Nasir, dominante en la región.

El padre, Hussein al-Majid, falleció sólo meses antes de nacer el niño, si bien biografías no oficiales sugieren que abandonó a su esposa, Subha Tulfah (fallecida en 1983), ya fuera poco antes o poco después de venir al mundo Saddam, y, de paso, que pudo no haber sido su padre biológico siquiera. Sea como fuere, desde muy corta edad Saddam quedó al amparo de su tío materno, Jairallah Tulfah, sunní devoto y riguroso oficial del Ejército que en 1941 fue expulsado del mismo y encarcelado por su militancia antibritánica y pronazi. Tras ser liberado en 1946, Tulfah se ganó la vida como maestro de escuela en Tikrit.

El muchacho empezó a recibir la educación primaria a los nueve años, si bien mientras vivió con el segundo marido (y primo carnal, a la sazón) de su madre, Hassán al-Ibrahim, recibió un trato brutal, fue obligado a pastorear rebaños de cabras o a realizar trapicheos y hurtos para subvenir las necesidades de un núcleo familiar que no generaba rentas de trabajo, y apenas asistió a clase. Con todo, consiguió terminar la primaria y en 1955 se trasladó a Bagdad para proseguir su formación en el instituto de secundaria Al Jark, foco de un radicalismo estudiantil que se nutría del odio a la monarquía hachemita reinante y a Estados Unidos y el Reino Unido, los cuales adoptaron aquel año el Pacto de Bagdad para preservar la región de las influencias comunistas.

El contacto con el ambiente político de Bagdad le separó a Saddam de su inicial educación religiosa y tradicional. En 1957, luego de ser rechazado en la Academia Militar por su pobre currículum escolar e influenciado decisivamente por su tío, que en estos años aparece como el mentor ideológico del futuro dirigente, se incorporó al entonces minúsculo Partido del Renacimiento Árabe Socialista (Baaz), seducido por sus ideales laicos, nacionalistas y revolucionarios. Notorios anticolonialistas irakíes habían nacido en el área de Tikrit, a 160 km al noroeste de Bagdad, que fue también la patria de Saladino, el gran sultán turco-kurdo conquistador de Jerusalén a los cruzados en 1187.

Joven de físico intimidador, naturaleza violenta y pendenciera, y partidario de la acción directa, los biógrafos no oficiales remontan el primer asesinato político de Saddam, el de un militante comunista de Tikrit y mediante un disparo en la cabeza, a octubre de 1958. Estas mismas fuentes aseguran que dicho crimen, al parecer, instigado o medio ordenado por Jairallah Tulfah, les valió a sobrino y tío compartir celda en la prisión de la ciudad durante medio año.

Una vez liberado por falta de pruebas, la dirección del Baaz incluyó a Saddam, entonces valorado únicamente por sus dotes de esbirro, en un comando de diez hombres con la misión de asesinar al primer ministro Abdel Karim Kassem. Éste, general del Ejército, había derrocado la monarquía hachemita el 14 de julio de 1958, en un sangriento golpe de Estado que costó la vida al joven rey Faysal II, al primer ministro Ahmad Mujtar Baban, al ex primer ministro Nuri as-Said y al antiguo regente Abdallah ibn Alí, y que había dado paso a una dictadura militar de tipo nacionalista, antioccidental y prosoviética, pero al mismo tiempo enemiga declarada del nasserismo y el panarabismo socializante que esgrimía el Baaz.

El 7 de octubre de 1959 el comando de Saddam ametralló en una emboscada el vehículo de Kassem en el centro de Bagdad. A diferencia de su chófer y su edecán, el general pudo salvar la vida con heridas leves gracias a que, según parece, Saddam pretendió apuntarse el mérito del magnicidio e incurrió en precipitación abriendo fuego a destiempo. Herido en la pierna izquierda, protagonizó, siempre según la leyenda oficial, una rocambolesca fuga, vía Tikrit, a Siria y de ahí hasta Egipto, donde llegó el 21 de febrero de 1960. En Bagdad le aguardaba una sentencia a muerte in absentia.

Colocado bajo la protección del rais Gamal Abdel Nasser, en El Cairo Saddam retomó la actividad política en el Mando Regional egipcio del Baaz, así como los estudios en la escuela superior Al Qasr An Nil, donde terminó su educación secundaria. Muy interesado en su instrucción, en 1962, becado por el Gobierno egipcio, se matriculó en la Facultad de Derecho de la universidad capitalina, donde no pudo terminar la carrera por las circunstancias políticas y quizá por sus limitaciones académicas. De todas formas, en 1971, ya aupado al poder en Irak, Saddam obligó a la Universidad Al Mustansiriya de Bagdad a otorgarle el diploma de jurista, según se asegura, compareciendo a los exámenes vestido de uniforme y -no pudo ser más contundente la intimidación- depositando su pistola sobre el pupitre a la vista de alumnos y profesores.

El 8 febrero de 1963 Kassem fue derrocado y ejecutado en un golpe conjunto de baazistas y nasseristas dirigido por el coronel Ahmad Hassán al-Bakr, alto dirigente del Baaz y pariente lejano de Saddam, que dejó un elevado número de cadáveres en Bagdad al ofrecer resistencia los efectivos afectos. Bakr se convirtió en primer ministro y el nasserista Abdel Salam Muhammad Aref en presidente de la República y el Consejo del Mando Revolucionario (CMR), o junta político-militar. Sin dilación, Saddam retornó de Egipto junto con otros exiliados para ponerse al servicio de las nuevas autoridades e integrarse en las estructuras del Baaz, donde pasó a desempeñar labores de inteligencia, de seguridad interna del partido y de persecución de enemigos políticos, con los comunistas como víctimas predilectas.

Antes de terminar el año, en noviembre, se produjo la depuración de los ultraviolentos baazistas civiles, el ala izquierdista encabezada por Alí Salih as-Saadi, merced a la alianza entre la facción militar del Baaz, más moderada y leal a Bakr, quien perdió, empero, el puesto de primer ministro, y los nasseristas de Aref, el cual por su parte aprovechó las divisiones internas en sus cada vez más incómodos compañeros de viaje para asegurarse todo el poder en el CMR y establecer la Unión Socialista Árabe como virtual partido único. Saddam permaneció fielmente del lado de Bakr, testimoniando su apego, fundamentalmente, y por no decir exclusivamente, a los vínculos de paisanaje y de sangre, lo que favoreció su aceptación como baazista de pleno derecho y miembro del Mando Regional del partido.

Sobre este fondo permanente de violencias y tensiones, en octubre de 1964 Saddam, fue arrestado, no sin recibir a tiros a los oficiales que venían a prenderle, bajo la acusación de conspirar contra la vida del jefe del Estado. En 1965 seguía en prisión cuando el VIII Congreso Regional del Baaz le eligió vicesecretario general del Mando Regional irakí, teniendo como único superior a Bakr, que había recobrado la libertad después de conocer su propia experiencia carcelaria.

En otro episodio que cimentó su aureola de hombre indómito, en julio de 1966 Saddam consiguió evadirse de la cárcel aprovechando su traslado a otro centro, aunque se sospecha que el Gobierno pudo facilitar esta huida, extremo que, de ser cierto, suscita especulaciones sobre un posible doble juego de Saddam. Tres meses atrás, Aref había perecido en un accidente de helicóptero y le había sucedido en la Presidencia su propio hermano, Abdel Rahmán Muhammad Aref, un nasserista bastante tibio cuya falta de implacabilidad le convertía en blanco fácil de todo tipo de complots, en un país donde las luchas políticas se dirimían y se dirimen a tiros.

Desde la clandestinidad, Saddam organizó una milicia baazista, el Jihaz Haneen, que iba a jugar un papel decisivo en el golpe de Estado perpetrado por Bakr el 17 de julio de 1968. Aref fue derrocado con suma facilidad, no hubo derramamientos de sangre y el Baaz retornó al poder, pero esta vez con la intención de usufructuarlo en exclusiva. En marzo anterior, el Baaz irakí se había separado definitivamente del Baaz de Siria, donde ostentaba el poder desde 1963, así que el Mando Regional de Bagdad, con Bakr como secretario general y Saddam como vicesecretario, pasó a funcionar con independencia del Mando Nacional (es decir, supranacional), el cual formalmente siguió existiendo bajo la jefatura de uno de los fundadores del partido histórico, el cristiano sirio Michel Aflak, que fijó su residencia en Bagdad, y cooptado de hecho por el poder irakí.

Luego de tomar parte activa en el asalto al poder, concretamente en la captura del palacio presidencial, Saddam recibió de Bakr el encargo de organizar el aparato de seguridad e inteligencia del nuevo régimen. Su primer cometido fue deshacerse, el 30 de julio, de dos altos mandos militares no baazistas cuyo concurso en el golpe había sido necesario, los generales Abdel Razzaq Said an-Nayif e Ibrahim Daud, los cuales habían accedido a sumarse a la conjura contra Aref a cambio de ser nombrados primer ministro y ministro de Defensa, respectivamente; el primero fue prendido por Saddam en persona a punta de pistola en el palacio presidencial de Bagdad y el segundo fue arrestado en Jordania para luego ser ambos enviados al exilio.

2. Factótum en la cúpula de partido Baaz

En tanto que hombre de la máxima confianza de Bakr -presidente de la República, presidente del CMR y primer ministro- y cancerbero servil del régimen, Saddam inició un ascenso irresistible a la cúpula del poder político. Tras el llamado “golpe correccional” del 30 de julio de 1968 fue designado vicepresidente en funciones del CMR y en noviembre de 1969 se convirtió en vicepresidente de la República y el CMR le confirmó como su vicepresidente.

Como prolegómeno de esta última promoción, Saddam se encargó de ajustar cuentas con el ex primer ministro nasserista (1965-1966) Abdel Rahmán al-Bazzaz: arrestado, torturado y condenado a 15 años de prisión en octubre de 1969, Bazzaz terminó siendo ejecutado en 1973. Incansable, Saddam puso su mirada ahora en dos poderosos jerifaltes militares baazistas que él veía amenazadores para su proyecto de poder.

Estos eran el general Hardán Abdel Ghafar al-Tikriti, viceprimer ministro, ministro de Defensa y eminencia gris del golpe de 1968, que fue defenestrado el 5 de octubre de 1970 y mandado liquidar en Kuwait el 30 de marzo de 1971, y Salih Mahdi Ammash, el otro vicepresidente del CMR así como ministro del Interior, que en septiembre de 1971 fue rebajado al puesto de embajador en Moscú y que una década más tarde iba a morir en activo, en principio por causas naturales. Ahmad Shihab y Saadun Ghaydan se hicieron cargo de los ministerios de Defensa e Interior, respectivamente.

La desaparición de aquellas dos personalidades representó el triunfo de Saddam y la rama civil del Baaz sobre el estamento militar, una cuestión que el futuro dictador había perseguido con ahínco. Libre ya de potenciales rivales por la sucesión de Bakr, Saddam se erigió en el indiscutible lugarteniente del presidente y en el principal delegado de la política irakí tanto interior, al coordinar las centrales de inteligencia y la policía secreta, como exterior, al pasar a asumir lo esencial de las misiones de representación diplomática ante los países con los que Irak tenía relaciones.

Saddam jugó también un papel fundamental en la trascendental decisión del régimen, el 1 de junio de 1972, de nacionalizar la Compañía de Petróleos Irakí (IPC), operación que generó un fabuloso incremento de los ingresos petroleros y que a partir de 1976 permitió impulsar los programas de armamento de destrucción masiva, tanto nuclear como químico y bacteriológico, así como el rearme a gran escala en las categorías de armamento convencional.

Por lo que se refiere a la política exterior irakí de estos años, el radicalismo y la belicosidad de los baazistas, especialmente intransigentes con Israel, bien hizo fluctuantes los tratos con Siria, Irán y la URSS, bien los dificultó extraordinariamente con la mayoría de los demás países árabes. La aparatosa intervención militar siria en Líbano en 1976 para impedir la derrota de los cristianos derechistas frente a los palestinos y las milicias libanesas de izquierda marcó un fuerte deterioro en las relaciones con el país vecino y rival, desde 1970 dirigido con mano de hierro por Hafez al-Assad, un militar baazista hostil -al igual que Saddam- a las veleidades marxistas en la rama siria del partido.

Precisamente, como se apuntó arriba, a raíz del cisma ideológico con Damasco el Baaz irakí recibió el parabién de Michel Aflak, acogido de buena gana en Bagdad, donde se recordaba la protección brindada por el prestigioso ideólogo a Saddam cuando su exilio damasceno en 1959-1960. Un último intento de aproximación sirio-irakí entre 1978 y 1979, al calor de las catilinarias comunes contra el Egipto de Anwar as-Sadat por sus acuerdos de paz con Israel, que incluso decidió restablecer el mando unificado del Baaz, se frustró cuando Saddam se hizo con todo el poder.

Finalmente, el 10 de octubre de 1980, después de que los sirios apoyaran a Irán frente a la agresión militar irakí, Saddam ordenó la ruptura de relaciones diplomáticas con Siria (y de paso con Libia, su aliado); en lo sucesivo, Saddam y Assad se iban a considerar enemigos mortales de sus respectivos proyectos de engrandecimiento nacional y de liderazgo en el mundo árabe.

El 6 de marzo de 1975 Saddam firmó en Argel con el sha Mohammad Reza Pahlevi un acuerdo para la delimitación territorial del Chatt Al Arab, la confluencia de los ríos Tigris y Éufrates antes de desaguar en el golfo Pérsico, por el que Irak cedía la orilla izquierda del estuario a cambio del cese por Irán de su ayuda a la guerrilla kurda, que, como consecuencia fulminante, se derrumbó tras 14 años de lucha.

Por la parte soviética, Saddam viajó a Moscú en 1971 y el 7 de abril de 1972 devolvió la visita el primer ministro Aléksei Kosygin, para la firma de un Tratado de Amistad y Cooperación de 15 años de validez. La firme línea prosoviética de Irak en estos años se tradujo, en 1973, en la entrada en el Gobierno de ministros comunistas, todo un viraje al cabo de tantos años de sañudas persecuciones, si bien la novedad resultó efímera y en vísperas de su salto a la Presidencia Saddam retornó al exterminio de comunistas con más bríos que nunca.

La URSS fue en estos años el principal proveedor de armamento convencional de Irak, mientras que Francia se avino a vender la infraestructura necesaria y uranio enriquecido para sacar adelante el ambicioso programa nuclear, enmascarado como para usos civiles, cuyo florón era el reactor atómico experimental Tammuz, en Al Tuwaitha, en las inmediaciones de Bagdad.

Esta instalación fue destruida en un raid aéreo israelí el 7 de junio de 1981, propinando un golpe prácticamente de gracia a los perturbadores sueños de grandeza de Saddam, resuelto a convertir Irak en la primera potencia nuclear del mundo árabe. Semejante perspectiva, con toda lógica, resultaba intolerable a Israel, que fundaba su concepto de supervivencia como Estado en un mar de hostilidad árabe en la supremacía tecnológica en todos los niveles de la defensa y en la capacidad de disuasión por la tenencia, encubierta oficialmente pero por todos conocida, de su propia capacidad nuclear.

3. Asunción de todo el poder y campaña bélica contra Irán

El 16 de julio de 1979, culminando una paulatina socavación de autoridad y de poder, Saddam apartó del mando nominal a Bakr, el hombre a cuya sombra había hecho lo fundamental de su carrera y que a estas alturas era básicamente una figura decorativa. El veterano baazista fue oportunamente jubilado en una alternancia palaciega absolutamente limpia que contó con la resignada aquiescencia del afectado, responsable de comunicar a la nación su propia purga disfrazada con razones de salud y probablemente bajo amenazas del beneficiario.

Se trató de la quinta mudanza en la primera poltrona del país en 21 años, pero la primera en la que no mediaron circunstancias dramáticas. Después de anunciarse la defunción de Bakr el 4 de octubre de 1982 como víctima de una larga enfermedad, resultó inevitable que se propalara la especie de que Saddam había tenido que ver con el deceso.

Saddam adquirió todas las atribuciones de su antiguo protector: presidente de la República, presidente del CMR, primer ministro, secretario general del Baaz y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. A pesar de carecer de cualquier formación castrense, Saddam ostentaba el galón de teniente general desde 1973 y el de general desde enero de 1976. Pero ahora no tuvo reparos en autonombrarse mariscal de campo del Ejército irakí.

Apoyado en sus familiares y paisanos de Tikrit y en el factor sunní, e insistiendo en el método de la eliminación física de los que consideraba sus enemigos, Saddam implantó una férrea dictadura personal y se dispuso a hacer realidad su ambición de liderar la nación árabe, huérfana de un conductor carismático desde la muerte de Nasser en 1970. Entonces, Egipto, el más importante país árabe, se encontraba marginado debido a la estrategia pacifista con Israel del presidente Sadat. Fue precisamente en Bagdad el 31 de marzo de 1979, cinco días después del tratado de paz egipcio-israelí, donde la Liga Árabe, reunida con urgencia, resolvió castigar a Egipto con la suspensión de pertenencia y la ruptura de relaciones diplomáticas por los estados miembros.

Sólo unos días después de la asunción presidencial de Saddam se practicaron una serie de arrestos que afectaron a cinco miembros del CMR, inclusive su secretario general, Abdel Hussein Mashhadi, y a cientos de cuadros baazistas, oficiales del Ejército y responsables gubernamentales. Tras acusarles por sorpresa en un mitin del partido que se reveló como un juicio con sentencia ya dictada tan grotesco como sumarísimo, el 8 de agosto fueron pasadas por las armas una veintena de personalidades supuestamente involucradas en tratos conspirativos con Damasco, aunque su pecado no era otro que haberse opuesto a la defenestración de Bakr y al ascenso de Saddam. Y aún ese, ya que sólo Saddam, director de este brutal drama con que quiso inaugurar su despotado, conocía los motivos que sellaron la suerte de unos y dejaron con vida a otros.

Entre los ejecutados estuvieron el histórico baazista Abdel Jaliq as-Samarraj, en prisión desde julio de 1973 con una cadena perpetua por estar involucrado en un intento de asesinar a Saddam y Bakr orquestado por el entonces jefe del Servicio de Seguridad General o Al Amn Al Amm, Nadhim Kazzar (el complot fue abortado y terminó con las muertes del ministro de Defensa, Shihab, rehén de Kazzar, y del propio Kazzar), y Muhy Abdel Saddam, secretario del CMR. Antes de la asunción presidencial, el largo brazo de los servicios secretos a las órdenes de Saddam se divisó en el asesinato del ex primer ministro an-Nayif en su exilio londinense el 9 de julio de 1978.

Con posterioridad a la asunción y a las purgas que la prologaron, otras personalidades cayeron víctimas de la inquina de Saddam. Abdel Karim ash-Shaijli, antiguo compañero de correrías baazistas, desde 1968 brillante ministro de Exteriores y miembro del CMR hasta septiembre de 1971, cuando fue degradado al puesto de embajador de Irak ante la ONU, fue impunemente asesinado en 1980 en plena calle de Bagdad, cuando ya estaba retirado del servicio diplomático; los ex miembros del CMR Riyadh Ibrahim y Shafiq Abdel Jabbar al-Kamali fueron fusilados en junio de 1982; y el militar Tahir Yahya, que sirviera como primer ministro dos veces en el régimen de los hermanos Aref, murió en 1986 en la cárcel.

Saddam orientó las relaciones exteriores hacia Occidente. En este sentido, la persecución masiva del Partido Comunista en 1979 dañó irremisiblemente las hasta entonces privilegiadas relaciones con Moscú. Ansioso de convertirse en el nuevo gendarme del golfo Pérsico tras el derrocamiento del sha en febrero de 1979 en la revolución liderada por el ayatollah Ruhollah Jomeini (exiliado en Najaf, ciudad santa del shiísmo, hasta que fue expulsado por orden de Saddam en 1978 a demanda del sha), el presidente irakí empezó por minar los acuerdos de Argel de 1975, que hasta entonces ambas partes habían respetado escrupulosamente; primero, reclamando las islas Tumb, que Irán se había atribuido en 1971 luego de desbaratar Saddam un intento de golpe de oficiales armados por Teherán, y a continuación, reanudando la ayuda a la comunidad árabe del Juzestán, en el oeste de Irán.

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