San Pedro

Biografia OpusVida por magui

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El nombre verdadero y originario de San Pedro era Simón, que aparece a veces como Simeón. (Hechos 15:14; II Pedro 1:1). Era hijo de Jonás (Juan) y nacido en Betsaida (Juan 1:42, 44), un pueblo junto al Lago de Genesaret, de cuya ubicación no hay certeza, aunque generalmente se lo busca en el extremo norte del lago. El Apóstol Andrés era su hermano, y el Apóstol Felipe provenía del mismo pueblo.

Simón se estableció en Cafarnaúm, donde vivía con su suegra en su propia casa (Mateo 8:14; Lucas 4:38) al tiempo de comenzar el ministerio público de Cristo (alrededor del 26-28 D.C.). Por ende, Simón era casado y, según Clemente de Alejandría (Stromata, III, vi, ed. Dindorf, II, 276), tenía hijos. Por el mismo escritor nos llega la tradición sobre que la esposa de Pedro sufrió el martirio (ibid., VII, xi ed. cit., III, 306). Respecto de estos hechos, adoptados por Eusebio (Hist. Eccl., III, xxxi) a partir de Clemente, la antigua literatura Cristiana que ha llegado hasta nosotros guarda silencio. Simón se dedicó en Cafarnaúm al lucrativo quehacer de pescador en el Lago de Genesaret, poseyendo su propio barco (Lucas 5:3).

Al igual que tantos de sus contemporáneos Judíos, a él lo atraía la prédica de penitencia del Bautista y junto a su hermano Andrés, estaba entre los seguidores de Juan en Betania, sobre la margen oriental del Jordán. Cuando, luego que el Alto Consejo hubo mandado por segunda vez enviados al Bautista, éste señaló a Jesús que pasaba, diciendo, “He ahí al Cordero de Dios”, siguiéndolo Andrés y otro discípulo al Salvador a su residencia y permaneciendo por un día con Él.

Más tarde, encontrando a su hermano Simón, Andrés le dijo “Hemos hallado al Mesías”, y lo llevó hasta Jesús, quien, fijando su mirada en él, le dijo: “Tú eres Simón el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas, que se interpreta como Pedro”. Ya en este primer encuentro, el Salvador anticipó el cambio del nombre de Simón por Cefas (Kephas; Arameo Kipha, roca), que es traducido como Petros (Latín, Petrus), probando que Cristo tenía ya miras especiales respecto de Simón. Más adelante, probablemente al tiempo de su llamado definitivo al Apostolado junto a los otros once Apóstoles, Jesús dio a Simón el nombre de Cefas (Petrus), tras lo cual era llamado generalmente Pedro, en especial por Cristo en la ocasión solemne que siguió a la profesión de fe de Pedro (Mateo 16:18; cf. abajo). Los Evangelistas suelen combinar ambos nombres, mientras que San Pablo usa el nombre Cefas.

Pedro se convierte en discípulo

Luego del encuentro inicial, Pedro y los otros primitivos discípulos permanecieron con Jesús por algún tiempo, acompañándolo a Galilea (Bodas de Caná), Judea y Jerusalén, para volver por Samaría a Galilea (Juan, ii-iv). Aquí Pedro retomó su tarea de pescador por un breve lapso, pero pronto recibió el llamado definitivo del Salvador para ser uno de Sus discípulos permanentes. Pedro y Andrés estaban trabajando en el momento de ser convocados cuando Jesús los halló y dijo: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres”. En la misma ocasión fueron convocados los hijos de Zebedeo (Mateo 4:18-22; Marcos 1:16-20; Lucas 5:1-11; se asume que Lucas aquí se refiere a la misma ocasión que los otros Evangelistas). Desde entonces Pedro permaneció siempre en la vecindad inmediata de Nuestro Señor. Luego del Sermón de la Montaña y de curar al hijo del Centurión en Cafarnaúm, Jesús vino a casa de Pedro y sanó a la madre de su esposa, que estaba enferma de una fiebre (Mateo 8:14-15; Marcos 1:29-31). Poco después Cristo eligió a Sus Doce Apóstoles como compañeros constantes al predicar el Reino de Dios.

Creciente elevación de entre los Doce

Pedro pronto sobresalió de entre los Doce. Aunque de carácter indeciso, se aferra al Salvador con la mayor fidelidad, firmeza de fe y amor íntimo; atropellado tanto de palabra como en sus actos, está lleno de fervor y entusiasmo, aunque de momento fácilmente accesible a influencias externas e intimidable por las dificultades. Cuanto mayor relieve toman los Apóstoles en la narrativa Evangélica, tanto más se destaca Pedro como el primero entre ellos. En la lista de los Doce en ocasión de ser llamados solemnemente al Apostolado, no sólo aparece siempre a la cabeza Pedro, sino que se enfatiza el apodo Petrus que Cristo le diera (Mateo 10:2): “Duodecim autem Apostolorum nomina haec: Primus Simon qui dicitur Petrus. . .”; Marcos 3:14-16: “Et fecit ut essent duodecim cum illo, et ut mitteret eos praedicare . . . et imposuit Simoni nomen Petrus”; Lucas 6:13-14: “Et cum dies factus esset, vocavit discipulos suos, et elegit duodecim ex ipsis (quos et Apostolos nominavit): Simonem, quem cognominavit Petrum . . .”. En varias ocasiones Pedro habla en nombre de los demás Apóstoles (Mateo 15:15; 19:27; Lucas 12:41, etc.). Cuando las palabras de Cristo son dirigidas a todos los Apóstoles, Pedro responde en nombre de ellos (e.g., Mateo 16:16). Con frecuencia el Salvador se dirige en especial a Pedro (Mateo 26:40; Lucas 22:31, etc.).

Muy característica es la expresión de verdadera fidelidad a Jesús que Pedro le dirige en el nombre de los otros Apóstoles. Luego de haber hablado sobre el misterio de la recepción de Su Cuerpo y de Su Sangre (Juan 6:22 sqq.) y de ver que muchos de Sus discípulos lo dejaban, Cristo preguntó a los Doce si ellos también lo abandonarían; La respuesta de Pedro surge de inmediato “Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tu tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Vulg. “tú eres el Cristo, el Hijo de Dios “). Cristo mismo inconfundiblemente acuerda una precedencia especial a Pedro y el primer lugar entre los Apóstoles, designándolo así en varias ocasiones. Pedro fue uno de los tres Apóstoles (con Santiago y Juan) que estuvieron con Cristo en ciertas ocasiones especiales, la elevación de la hija de Jairo de entre los muertos (Marcos, v, 37; Lucas, viii, 51); la Transfiguración de Cristo (Mateo., xvii, 1; Marcos, ix, 1; Lucas, ix, 28), la Agonía en el Huerto de Getsemaní (Mateo. xxvi, 37; Marcos, xiv, 33). También en varias ocasiones Cristo lo prefirió por encima del resto: sube a la barca de Pedro en el Lago Genesaret para predicar a la multitud en la orilla (Lucas, v, 3); cuando Él caminaba milagrosamente sobre las aguas, llamó a Pedro para que cruzase hacia Él por el Lago (Mateo, xiv, 28 sqq.); Él lo mandó al lago a capturar el pez en cuya boca Pedro encontró el estáter para pagar como tributo (Mateo, xvii, 24 sqq.).

Pedro se vuelve Cabeza de los Apóstoles

De una manera especialmente solemne, Cristo acentuó la precedencia de Pedro entre los Apóstoles cuando, luego que Pedro lo reconoció como el Mesías, Él le prometió que encabezaría a Su rebaño. Jesús moraba entonces con Sus Apóstoles en la proximidad de Cesarea de Filipo, ocupado en su tarea de salvación. Como la venida de Cristo coincidía tan poco en poder y gloria con las expectativas del Mesías, circulaban muchos criterios respecto de Él. Al viajar con Sus Apóstoles, Jesús les pregunta: “Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre” Los Apóstoles contestaron: “Unos, que Juan el Bautista, otros, que Elías, otros que Jeremías, o uno de los profetas”. Jesús les dijo: “Pero ¿quién dicen ustedes que soy yo?” Simón dijo: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Y Jesús replicando le dijo: “Bienaventurado eres Simón Bar-Jona, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro [Kipha, una roca], y sobre esta piedra [Kipha] edificaré mi iglesia [ekklesian], y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos. Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo (Mateo, xvi, 13-20; Marcos, viii, 27-30; Lucas, ix, 18-21).

Mediante la palabra “piedra” el Salvador no debe haberse referido a Sí mismo, sino sólo a Pedro, como es mucho más evidente en Arameo, donde la misma palabra (Kipha) se usa para “Pedro” y “roca”. Su expresión sólo admite entonces una sola explicación, que es, que Él desea hacer de Pedro la cabeza de toda la comunidad de aquéllos que creyeran en Él como el verdadero Mesías, que por este cimiento (Pedro) el Reino de Cristo sería inconquistable; la guía espiritual de los fieles fue puesta en manos de Pedro, como el representante especial de Cristo. Este significado se torna tanto más claro cuando recordamos que las palabras “atar” y “desatar” no son metafóricas, sino términos jurídicos Judíos. También queda claro que la posición de Pedro entre los otros Apóstoles y en la comunidad cristiana era la base del Reino de Dios en la tierra, es decir, la Iglesia de Cristo. Pedro fue instalado por Cristo en Persona como Cabeza de los Apóstoles. Este fundamento creado para la Iglesia por su Fundador no podía desaparecer con la persona de Pedro, sino que la intención era que continuase, y continuó (como lo demuestra la historia real) en el primado de la Iglesia Romana y sus obispos. Es completamente incongruente e insostenible en sí misma la posición de los Protestantes que (a la manera de Schnitzer en tiempos recientes) afirman que la primacía de los obispos Romanos no puede ser deducida de la precedencia que Pedro guardaba entre los Apóstoles. Así como la actividad esencial de los Doce Apóstoles de construir y extender la Iglesia no desapareció completamente con sus muertes, es seguro que tampoco se desvaneció por completo la Primacía Apostólica de Pedro. Según la intención de Cristo, debe haber continuado su existencia y desarrollo en una forma apropiada al organismo eclesiástico, así como el oficio de los Apóstoles continuó de una manera apropiada. Se han levantado objeciones respecto de la autenticidad de las palabras en el pasaje, pero el testimonio unánime de los manuscritos, los pasajes paralelos en los otros Evangelios, y el credo firme en la literatura pre-Constantina aportan las pruebas más seguras de autenticidad y de lo inalterable del texto de Mateo (cf. “Stimmen aus MariaLaach”, I, 1896,129 sqq.; “Theologie und Glaube”, II, 1910,842 sqq.).

Su dificultad con la Pasión de Cristo

No obstante su fe firme en Jesús, Pedro no tenía aún claro conocimiento de la misión y labor del Salvador. En especial los padecimientos de Cristo, contradictorios con su concepción mundana del Mesías, le resultaban inconcebibles, y esta concepción errónea produjo ocasionalmente la aguda reprobación de Jesús (Mateo, xvi, 21-23, Marcos, viii, 31-33). El carácter indeciso de Pedro, que continuó no obstante su fidelidad entusiasta a su Maestro, se reveló claramente en conexión con la Pasión de Cristo. El Salvador ya le había dicho que Satanás había deseado que fuese él cribado como trigo. Pero Cristo había rogado por él, para que su fe no desfallezca y, habiendo sido convertido, confirme a sus hermanos (Lucas, xxii, 31-32). La afirmación de Pedro, sobre que estaba listo para acompañar a su Maestro a prisión y muerte, provocó que Cristo predijera que Pedro lo negaría (Mateo, xxvi, 30-35; Marcos, xiv, 26-31; Lucas, xxii, 31-34; Juan, xiii,3338). Cuando Cristo procedió a lavar los pies de Sus discípulos antes de la Última Cena y se dirigió primero a Pedro, éste protestó al principio, pero al declarar Cristo que de otro modo no tendría parte con Él, dijo de inmediato: “Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza ” (Juan, xiii, 1-10). En el huerto de Getsemaní Pedro debió soportar el reproche del Salvador por haber dormido como los otros, mientras su Maestro sufría una angustia mortal (Marcos, xiv 37). Al ser prendido Jesús, en un arranque de ira Pedro quiso defender a su Maestro por la fuerza, pero se le prohibió. De manera que al principio huyó con los otros Apóstoles (Juan, xviii, 10-11; Mateo, xxvi, 56); entonces volviendo siguió a su Señor cautivo al patio del Sumo Sacerdote, negando allí a Cristo, afirmando en forma explícita y jurando que no lo conocía (Mateo, xxvi, 58-75; Marcos, xiv, 54-72; Lucas, xxii, 54-62; Juan, xviii, 15-27). Esta negativa se debía, por cierto, no a una falta de fe interior en Cristo, sino a miedo y cobardía exterior. Su pesar fue de esta forma mayor, cuando al dirigirle la mirada su Maestro, reconoció claramente lo que había hecho.

El Señor Resucitado confirma la precedencia de Pedro

A pesar de su debilidad, su lugar como cabeza de los Apóstoles fue confirmado más adelante por Jesús, y su precedencia no fue menos destacada luego de la Resurrección que antes. Las mujeres que fueron primeras en hallar el sepulcro de Cristo vacío, recibieron del ángel un recado especial para Pedro (Marcos, xvi, 7). Sólo a él de entre los Apóstoles se le apareció Cristo en el primer día luego de la Resurrección (Lucas, xxiv,34; I Cor., xv, 5). Pero lo más importante de todo, cuando se apareció junto al Lago de Genesaret, Cristo renovó la comisión especial a Pedro de alimentar y defender a su rebaño, después que Pedro hubo afirmado por tres veces su amor especial por su Maestro (Juan, xxi, 15-17). En conclusión, Cristo predijo la muerte violenta que habría de sufrir Pedro y, de esta manera, lo invitó a seguirlo de un modo especial (ibid., 20-23). De este modo Pedro fue llamado y entrenado para el Apostolado, e investido con el primado entre los Apóstoles, que ejerció de manera inequívoca luego de la Ascensión de Cristo al Cielo.

II. SAN PEDRO EN JERUSALÉN Y PALESTINA LUEGO DE LA ASCENSIÓN

Nuestra información sobre la temprana actividad Apostólica de San Pedro en Jerusalén, Judea y los distritos hacia el norte hasta Siria, se deduce principalmente de la primera parte de los Hechos de los Apóstoles, y es confirmada por las incidentales menciones colaterales en las Epístolas de San Pablo. De entre los muchos de Apóstoles y discípulos que, luego de la Ascensión de Cristo a los Cielos desde el Monte de los Olivos, retornaron a Jerusalén para aguardar el cumplimiento de Su promesa de enviar al Espíritu Santo, Pedro se destaca inmediatamente como el líder de todos, y es constantemente reconocido en adelante como cabeza de la comunidad Cristiana en Jerusalén. Él toma la iniciativa en la designación al Colegio Apostólico de otro testigo de la vida, muerte y resurrección de Cristo para sustituir a Judas (Hechos, i, 15-26). Luego de la venida del Espíritu Santo en la fiesta de Pentecostés, Pedro imparte a la cabeza de los Apóstoles el primer sermón público para proclamar la vida, muerte y resurrección de Jesús, y gana un gran número de Judíos como conversos a la comunidad Cristiana (ibid. ii, 14-41). El primero de los Apóstoles en operar un milagro público, cuando entró al templo y curó a un hombre tullido en la Puerta Hermosa. A la gente que se amontonaba en su asombro alrededor de los dos Apóstoles, les predica un largo sermón en el Pórtico de Salomón y trae un nuevo incremento en el rebaño de creyentes (ibid., iii, 1-iv, 4).

En los subsiguientes interrogatorios a los dos Apóstoles ante el Gran Sanedrín de los Judíos, Pedro defiende de manera intrépida e impresionante la causa de Jesús y la obligación y libertad de los Apóstoles de predicar el Evangelio (ibid., iv, 5-21). Cuando Ananías y Safira intentan engañar a los Apóstoles y a la gente, Pedro se presenta como juez de su acción y Dios ejecuta la sentencia de castigo dictada por el Apóstol, causando la muerte súbita a los dos culpables (ibid., v, 1-11). Mediante numerosos milagros Dios confirma la actividad Apostólica de los creyentes en Cristo, habiendo también aquí mención especial de Pedro, ya que se registra que los habitantes de Jerusalén y ciudades vecinas llevaban a sus enfermos en sus lechos a las calles para que pudiese caer sobre ellos la sombra de Pedro y por ello ser curados (ibid., v 12-16). El siempre creciente número de fieles provocó que el supremo consejo Judío adoptara nuevas medidas contra los Apóstoles, pero “Pedro y los Apóstoles” responden que “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (ibid., v, 29 sqq.). No sólo en Jerusalén mismo fue que Pedro trabajó para cumplir la misión que le confió su Maestro. También retuvo conexión con otras comunidades Cristianas en Palestina y predicó el Evangelio tanto allí como en las tierras ubicadas más al norte. Cuando Felipe el Diácono había ganado una gran cantidad de creyentes en Samaría, Pedro y Juan fueron enviados a dirigirse allí desde Jerusalén para organizar la comunidad e invocar al Espíritu Santo que descendiera sobre los fieles. Pedro de presenta por segunda vez como juez en el caso del mago Simón, que desea adquirir de los Apóstoles el poder de invocar también él al Espíritu Santo (ibid., viii, 14-25). En el camino de regreso a Jerusalén los dos Apóstoles predicaban las gozosas nuevas del Reino de Dios. En adelante, luego de la partida de Pablo de Jerusalén y su conversión antes de Damasco, las comunidades Cristianas en Palestina fueron dejadas en paz por el consejo Judío.

Pedro encaró ahora un extenso viaje misionero, que lo llevó a las ciudades marítimas Lida, Joppe y Cesarea. En Lida curó al paralítico Eneas, en Joppe elevó a Tabitá (Dorcás) de entre los muertos, y en Cesarea, instruido por una visión tenida en Joppe, bautizó y recibió en la Iglesia a los primeros Cristianos no Judíos, al Centurión Cornelio y a su gente (ibid., ix, 31-x, 48). Al regreso de Pedro a Jerusalén un poco más adelante, los Judeo Cristianos estrictos que consideraban la adhesión estricta a la ley Judía como obligatoria para todos, le preguntaron por qué había entrado y comido en la casa de los incircuncisos. Pedro habla de su visión y defiende su acción, que fue ratificada por los Apóstoles y los fieles de Jerusalén (ibid., xi, 1-18).

Una confirmación del lugar acordado por Lucas en los Hechos a Pedro, lo aporta el testimonio de San Pablo (Gál. i, 18-20). Luego de su conversión y de tres años de residencia en Arabia, Pablo fue a Jerusalén “a conocer a Pedro”. Aquí el Apóstol de los Gentiles claramente designa a Pedro como la cabeza autorizada de los Apóstoles y de la temprana Iglesia Cristiana. La larga residencia de Pedro en Jerusalén y Palestina pronto tocó a su fin. Herodes Agripa I inició (A.D. 42-44) una nueva persecución a la Iglesia en Jerusalén; después de la ejecución de Santiago, el hijo de Zebedeo, este gobernante hizo poner a Pedro en prisión, con la intención de también hacerlo ejecutar cuando hubiere pasado la Pascua Judía. Pedro, no obstante, fue liberado de manera milagrosa, y dirigiéndose a casa de la madre de Juan Marcos, donde muchos de los fieles estaban reunidos para la oración, les informó sobre su liberación de manos de Herodes, les mandó que comunicasen el hecho a Santiago y los hermanos y entonces salió de Jerusalén para marchas “a otro lugar” (Hechos 12:1-18). Sobre la posterior actividad de San Pedro no recibimos más información desde las fuentes existentes, aunque poseemos breves noticias sobre ciertos episodios individuales de su ulterior vida.

VIAJES MISIONEROS EN ORIENTE; EL CONCILIO DE LOS APÓSTOLES

San Lucas no nos dice adónde fue Pedro luego de su liberación de la prisión en Jerusalén. De comentarios casuales sabemos que subsecuentemente él hizo largas giras misioneras en Oriente, aunque no se nos da pista alguna sobre la cronología de sus viajes. Es seguro que permaneció durante un tiempo en Antioquía; hasta puede haber retornado más allá varias veces. La comunidad Cristiana de Antioquía fue fundada por Judíos Cristianizados que habían sido sacados de Jerusalén por la persecución (ibid., xi, 19 sqq.). La residencia de Pedro entre ellos se prueba mediante el episodio que concierne a la observancia de la ley aún entre paganos Cristianizados, relatado por San Pablo (Gál., ii, 11-21). Los Apóstoles principales en Jerusalén-los “pilares”, Pedro, Santiago y Juan-habían aprobado sin reservas el Apostolado de San Pablo a los Gentiles, mientras ellos por su parte tenían la intención de trabajar principalmente entre los Judíos. Mientras Pablo vivía en Antioquía (la fecha no puede ser determinada con certeza), San Pedro fue allá y se mezcló libremente con los Cristianos no-Judíos de la comunidad, frecuentando sus hogares y compartiendo sus comidas. Pero cuando los Cristianos Judíos llegaron a Jerusalén, Pedro, por temor a que por ello se escandalizasen estos rígidos observantes de la ley ceremonial Judía y su influencia con los Cristianos Judíos peligrase, evitó en lo sucesivo comer con los incircuncisos.

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