Slobodan Milosevic

Biografia OpusVida por magui

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“Destruiremos la contrarrevolución en Kosovo y cambiaremos la Constitución serbia” (Discurso en Belgrado 1988)

Slobodan Milošević, cuyo apellido es a veces transliterado como Milóshevich  (en alfabeto cirílico serbio: Слободан Милошевић, pronunciado /sloˈbodan miˈloʃevitɕ/) (Požarevac, Serbia, 20 de agosto de 1941 – La Haya, Países Bajos, 11 de marzo de 2006), político serbio. Presidente de Serbia desde 1989 hasta 1997 y Presidente de Yugoslavia desde 1997 hasta 2000.

Dicen quienes le conocían que carecía de amigos desde su infancia, que tenía un incomprensible concepto de la vida humana —sus padres se suicidaron cuando era un adolescente— y que su esposa, Mirjana, era la verdadera estratega de los genocidios que él puso en práctica. También se le describían como un mentiroso patológico y un encantador de serpientes. Para él, el fin siempre ha justificado los medios.

1. Un oscuro tecnócrata comunista aupado al liderazgo político

Hijo del profesor de Teología (algunas fuentes aseguran que llegó a consagrarse como pope ortodoxo, pero sin llegar a ejercer el magisterio religioso) Svetozar Milosevic, oriundo de Montenegro, y de la maestra de escuela Stanislava Koljensic, perteneciente a una familia acomodada de comunistas serbios e incondicional de Tito, en 1959 se unió al Partido Comunista Yugoslavo, llamado desde 1963 Liga de los Comunistas Yugoslavos (SKJ), y ese mismo año emprendió estudios de Derecho en la Universidad de Belgrado.

Trágicas circunstancias familiares rodearon la juventud de Milosevic: cuando tenía 21 años, el padre, separado ya de su esposa, se suicidó de un disparo en la sien cuando se ganaba la vida como docente en su república de origen; un tío, oficial del Ejército, decidió la misma suerte; y, finalmente, la madre se ahorcó a su vez una década después del suicidio de su marido, en 1974.

Licenciado con el título de abogado en 1964, Milosevic inició dos años después una carrera en el aparato administrativo de la República Socialista de Serbia, primero como asesor para asuntos económicos del alcalde de Belgrado y luego como jefe del Servicio de Información municipal. Su amistad con Ivan Stambolic, alto dirigente de la Liga de los Comunistas Serbios (SKS, rama republicana de la SKJ), resultó decisiva para su rápida promoción en los escalafones superiores de la función pública. En 1968 contrató con la compañía energética estatal Technogas, donde ostentó una dirección adjunta antes de convertirse, en 1973, en director general de la empresa.

En 1978 Milosevic fue nombrado director general de Beogradska Banka, o Banco Unido de Belgrado, entonces la mayor entidad financiera del país, una responsabilidad que llevó implícitos múltiples desplazamientos a Estados Unidos para asistir a consejos de gobernadores bancarios y otras reuniones con una agenda financiera. Ya en 1965 contrajo matrimonio con su compañera inseparable desde la escuela, Mirjana (Mira) Markovic, hija de partisanos, bien ubicada en la élite comunista (su padre, Momcilo Markovic, había sido ministro del Interior de Serbia al término de la Segunda Guerra Mundial) y futura profesora de Teoría del Marxismo en la Universidad de Belgrado con el título de doctora. Estrechamente ligada a su marido, en lo sentimental y en lo profesional, Markovic iba a convertirse en la principal asesora y aliada política de Milosevic. La pareja tuvo dos hijos, Marko y Marija.

En 1982 Milosevic abandonó Beogradska Banka para dedicarse a la política, en un período de inquietud expectante por el devenir de la República Federativa Socialista de Yugoslavia (RFSY) tras la muerte en mayo de 1980 de su fundador, el mariscal Tito. En 1983 fue elegido miembro del Presidium del Comité Central de la SKS y en abril del año siguiente presidente del Comité Municipal del partido en Belgrado. Siguiendo siempre los pasos de su mentor, Milosevic sustituyó a Stambolic el 28 de mayo de 1986 en la Presidencia del Comité Central de la SKS, oficina que detentaba el verdadero poder político en la república. Se trató de una escalada fulgurante para un hombre que apenas cuatro años antes estaba apartado de cualquier actividad partidista o ideológica relevante, y que reunía un perfil de burócrata esencialmente técnico.

El 24 de abril de 1987 marcó un antes y un después en la trayectoria política de Milosevic; fue entonces cuando empezó a realizar, con una mezcla de oportunismo, astucia e implacabilidad, sus grandes ambiciones de poder. Aquel día, llegado a la capital de la provincia autónoma de Kosovo, Prístina, se dejó abordar por una muchedumbre de kosovares serbios que, airados, exigían a las autoridades de Belgrado protección frente a los abusos de los que decían ser objeto por la mayoría albanesa (cuyos miembros controlaban tanto los mandos políticos locales como la policía enviada a reprimir las algaradas). Milosevic no sólo les dio la razón, sino que les prometió que nadie volvería nunca más a golpearlos.

Stambolic había enviado a su protegido a la agitada provincia sureña para sosegar los ánimos y preservar la legalidad de las instituciones, pero Milosevic lo que hizo fue asumir la reivindicación nacionalista de la minoría serbokosovar, dando con ello prelación a los intereses de Serbia sobre los de Yugoslavia y desequilibrando el delicado juego de pesos y contrapesos entre las repúblicas diseñado por Tito.

Con tan perturbador ariete ideológico, Milosevic se lanzó a la remoción de quienes estorbaban su proyecto personal y nacional. En octubre de 1987 desató una purga en el SKS y en los medios de comunicación de Serbia, y el 14 de diciembre del mismo año, Stambolic, dejado en minoría en el Comité Central, fue cesado como presidente de la República de Serbia; para sucederle, Milosevic designó a Petar Gracanin, uno de sus partidarios. El 17 de noviembre de 1988 consiguió también las dimisiones de altos responsables de la Liga de los Comunistas Kosovares, acusados de dar pábulo al separatismo albanés, con la secretaria del Comité Central, Kaqusha Jashari, a la cabeza.

2. El conflicto de Kosovo y el caudillaje de Serbia

Explotando el victimismo de los serbios, removiendo los traumas de la Segunda Guerra Mundial (cuando esta nacionalidad padeció matanzas de proporciones genocidas a manos de los fascistas croatas) y exacerbando un sentimiento de frustración colectiva por los años de la dictadura comunista y la rampante crisis económica, Milosevic convenció a buena parte de los ciudadanos de que Serbia, la república más poblada y económicamente más potente de la federación, había sido sistemáticamente marginada durante el régimen de Tito (a la sazón, un croata), y que ahora, numerosos enemigos de dentro y fuera de Yugoslavia conspiraban contra ella.

La retórica nacional-patriótica, aderezada con algunas concesiones a un nebuloso reformismo político, desplazó el verdadero debate, la democratización de las instituciones y la vida pública, a partir de la cual podría renegociarse el futuro de la RFSY. Aunque su proyecto nacional era excluyente, Milosevic aprovechó los devaneos emancipadores y las exigencias de eslovenos y croatas para encaramarse como el paladín de la unidad del Estado, soterrando el discurso de los verdaderos yugoslavistas, que quedaron totalmente arrinconados.

Sin una presencia espectacular ni una oratoria brillante, desenvolviéndose con calma y midiendo el efecto de sus mensajes escuetos aunque contundentes (ni en sus momentos de mayor poder iba a dejar de dosificar las comparecencias públicas y los discursos, prefiriendo siempre el trabajo de puertas adentro), Milosevic acrecentó su carisma de caudillo poco convencional, por frío y parco, pero que seducía al serbio de a pie por su aureola patriótica, providencial y confortadora, de jefe seguro de sí mismo y protector del pueblo. El 19 de noviembre de 1988, en la mayor concentración humana conocida por Yugoslavia desde la liberación de los nazis en 1945, convocó a un millón de personas en Belgrado como muestra de apoyo a los serbios de Kosovo; la muchedumbre fue instada por el líder a ir “a las barricadas, como nuestros antecesores en España”, para combatir “por una Serbia unitaria en una Yugoslavia unitaria”.

El 28 de junio de 1989 la llanura de Gazimestán, cerca de Prístina, congregó a otro millón largo de serbios para conmemorar el 600º aniversario de la batalla de Kosovo Polje (Campo de Mirlos), en la que el antiguo reino de Serbia perdió su independencia frente al invasor turco. En tan emocional entorno, Milosevic evocó los mitos y agravios, reales o ficticios, de la nación serbia a lo largo de su historia y formuló la demanda de un mayor control por los serbios de las instituciones provinciales dominadas por la mayoría albanesa. Para él, Kosovo se trataba del “puro centro de la historia, la cultura y la memoria” de Serbia, ya que allí comenzó el primer Estado medieval serbio, en el siglo XI, y se hallaban los principales monasterios ortodoxos, custodios multiseculares de la cultura serbia. Milosevic se refirió a una Serbia unida y multiétnica, en reconocimiento implícito de una realidad incuestionable: que con el transcurrir del tiempo, el peso demográfico de los serbokosovares había declinado progresivamente hasta constituir sólo el 13% de la población de la provincia, de acuerdo con el censo de 1981.

La Constitución titista de 1974, cuestionada sin disimulos por Milosevic en su discurso de Gazimestán, había establecido las provincias socialistas autónomas de Kosovo al sur y Vojvodina (habitada por más de 300.000 húngaros étnicos) al norte, y aunque su rango era inferior al de las repúblicas y quedaban bajo la jurisdicción de Serbia, en la práctica gozaban de competencias similares a las de aquellas y funcionaban como entes paritarios en las instituciones federales. Mientras Milosevic agitaba el nacionalismo eslavo en Serbia y Kosovo, Montenegro y Vojvodina eran escenario de manifestaciones antiburocráticas que consiguieron derribar los liderazgos comunistas locales.

Mientras los demás regímenes ideológicamente afines de Europa Central y Oriental se desmoronaban sucesivamente por las exigencias pro democracia y un efecto de contagio estimulado desde la URSS por Mijaíl Gorbachov, el dirigente serbio se mantuvo impertérrito, movilizando masivas manifestaciones nacionalistas para anticiparse a cualquier demanda indeseada y resuelto a asegurar su continuidad en el poder fundando un régimen híbrido, una suerte de nacionalcomunismo que no escatimaba las referencias racistas a los albaneses de Kosovo y los musulmanes del interior de Serbia, concentrados en la región de Sandzak.

El 28 de marzo de 1989 la Asamblea de Serbia aprobó una reforma de la Constitución republicana que reducía drásticamente las autonomías de Kosovo y Vojvodina, incluidas todas las competencias económicas, policiales y educativas, las cuales volvieron a la administración central. El 3 de marzo anterior la Presidencia colectiva de la Federación había allanado el camino para aquella medida declarando que la situación en Kosovo se había deteriorado tanto que había llegado a constituir una amenaza a la integridad de la Federación, lo que hacía necesario la imposición de “medidas especiales”.

Los disturbios que estas decisiones generaron en Kosovo dejaron hasta el último día de marzo una treintena de muertos, casi todos manifestantes albaneses abatidos por las fuerzas de seguridad. El 8 de mayo siguiente Milosevic coronó su ambiciosa empresa con su elección para el puesto de presidente de la República Socialista de Serbia, no teniendo reparos en entregar la jefatura de la SKS a uno de sus asociados, Bogdan Trifunovic. El 13 de noviembre la Asamblea le confirmó como presidente de la república. Este mismo año Milosevic publicó un libro autobiográfico titulado Godina Raspleta (Las consecuencias de los hechos).

3. Escalada nacionalista y legitimación en las urnas

El principio del fin de la RFSY se escenificó en el XIV Congreso de la SKJ, inaugurado en Belgrado el 20 de enero de 1990. El día 23, al ver rechazada su moción de convertir la Liga en una estructura confederal de partidos republicanos soberanos con el socialismo democrático como doctrina, la delegación eslovena decidió abandonar el congreso, siendo imitada por la delegación croata.

El bloque legalista, capitaneado por Milosevic, advirtió contra el cuestionamiento de la Federación y se limitó a aprobar la eliminación de la cláusula que consagraba el monopolio político de la SKJ (la SKS, por su parte, había aprobado el 17 de diciembre anterior un pluralismo en Serbia con ciertas reservas). Se trató de una medida tardía, pues Eslovenia y Croacia, con el concurso decidido de sus gobernantes comunistas, estaban ya esbozando un modelo de multipartidismo no excluyente en paralelo al auge del nacionalismo separatista.

Fracasado su intento de mantener la unidad orgánica e ideológica de la SKJ, Milosevic no tuvo ambages en seguir la pauta reformista de las repúblicas occidentales, al menos en las formas. El 7 de junio de 1990 constituyó el Partido Socialista de Serbia (SPS) a partir de la SKS y con la absorción de la pequeña Alianza Socialista del Pueblo Trabajador de Serbia, y el 16 de julio siguiente se hizo elegir presidente de la flamante formación el primer día de su primer Congreso. No se acometió una transformación doctrinal como las interiorizadas por los partidos comunistas del bloque soviético, sino un simple cambio de siglas y otros símbolos externos; en realidad, los socialistas serbios mantuvieron intactos el dogmatismo ideológico y la concepción exclusivista del poder propios de un partido fuerte que se consideraba vanguardia de la sociedad.

El 22 de julio de 1990 el pluripartidismo fue oficialmente instaurado en Serbia, pero con su hábil movimiento, que no precisó hacer hincapié en el compromiso con la democracia parlamentaria y, menos aún, en una vocación de tipo socialdemócrata, rechazada de plano, para el SPS, Milosevic se aseguró una posición hegemónica de partida en la nueva etapa política inaugurada en su país.

A lo largo de 1990 Milosevic dio más argumentos a los que querían apartarse de una RFSY tolerante con las pretensiones serbias de supremacía. El Gobierno serbio decretó el boicot económico contra Eslovenia, que se encontraba lista para salirse de la Federación, mientras que los serbios de Croacia fueron animados a plantar cara a la deriva independentista de los nuevos gobernantes pertenecientes al partido nacionalista y derechista Unión Democrática Croata (HDZ, vencedora en las elecciones parlamentarias de abril y mayo); alentado desde Belgrado y desafiando abiertamente a las autoridades de Zagreb, un denominado Consejo Nacional Serbio proclamó la Región Autónoma Serbia de la Krajina el 1 de octubre.

En cuanto a Kosovo, cobraron fuerza las agitaciones de los albaneses, que un amplio movimiento represivo intentó acallar. Como resultado, las denuncias populares de discriminaciones con trasfondo étnico o religioso se invirtieron radicalmente, pasando a realizarlas la mayoría albanesa. El 2 de julio la Asamblea kosovar decidió por aplastante mayoría elevar el estatus provincial al de república. La reacción de Belgrado fue fulminante: el 5 de julio la Asamblea serbia abrogó la autonomía, disolvió las instituciones y puso la provincia bajo su directa administración.

Lanzados a la clandestinidad, diputados y responsables políticos albaneses, liderados por el intelectual Ibrahim Rugova, líder de la Liga Democrática de Kosovo (LDK), proclamaron el 7 de septiembre la República de Kosovo (RK) dentro de la Federación yugoslava, punto de partida de una resistencia soberanista civil que se aferró a los criterios de no cooperación y no violencia, pese a la multiplicación de los actos hostiles contra los albaneses, como el despido de miles de funcionarios, el acoso a intelectuales y activistas sociales, y las trabas a la expresión cultural del idioma albanés.

El 28 de septiembre de 1990 Serbia imprimió un nuevo giro de tuerca promulgando una nueva Constitución centralista que remataba la disolución de las instituciones autonómicas provinciales. El texto removió también la condición de socialista de la República de Serbia y abrió el camino para la celebración de las primeras elecciones pluralistas el 9 y el 23 de diciembre. En las legislativas, el SPS se adjudicó una rotunda victoria con 194 de los 250 escaños de la nueva Asamblea Nacional (Narodna Skupstina); en las presidenciales, Milosevic fue confirmado en su puesto con el 65,3% de los votos, derrotando a una veintena de candidatos encabezados por Vuk Draskovic, un líder nacionalista genuino que encontró serias dificultades para perfilarse ante el exitoso intrusismo ideológico del dirigente socialista.

4. Apuesta por la guerra contra los nacionalismos centrífugos

Tras su validación en las urnas en diciembre de 1990, Milosevic y el SPS ejercieron un monopolio político de hecho sobre toda Serbia, Kosovo y Vojvodina incluidas, y dispusieron de la alianza incondicional de Montenegro, donde los comunistas locales, encabezados por Momir Bulatovic, fueron igualmente confirmados en las urnas al cabo de un somero maquillaje ideológico. Tardíamente, la oposición no comunista se movilizó contra el acaparamiento por el SPS de los medios de comunicación y su evidente vocación hegemónica, pero la protesta nacional del 9 de marzo de 1991 fue contundentemente reprimida por el Ejército con el saldo de dos muertos. El siguiente paso en el cálculo de Milosevic fue hacerse con el control de la Federación, convirtiéndola en un instrumento dúctil a los intereses nacionales de Serbia.

En las negociaciones interrepublicanas de la primavera de 1991, consideradas la última oportunidad para mantener a flote la RFSY y evitar su desintegración traumática, los representantes de Croacia y Eslovenia en la Presidencia Federal acusaron al bloque serbo-montenegrino de intransigencia y de esconder tras su negativa a una revisión del sistema federal (urgida sobre todo para salvaguardar sus respectivas soberanías económicas y financieras) sus propios proyectos nacionales; bloqueando cualquier posibilidad de arreglo, insistían, se estimulaba una sucesión de actos unilaterales que preludiaba una confrontación de consecuencias impredecibles.

Milosevic replicó a eslovenos y croatas que los liquidadores de Yugoslavia eran exclusivamente ellos, y denunció a los países europeos que, con su velado apoyo a aquellos, instigarían el proceso de descomposición del Estado. Entretanto, proliferaban los choques entre la policía croata y los serbios de la Krajina, que el 28 de marzo de 1991 declararon su intención de permanecer en la RFSY si Zagreb se lanzaba a la secesión.

Las maniobras de Milosevic para cooptar la Presidencia colectiva de la Federación quedaron expuestas cuando el 15 de mayo de 1991 expiró el mandato anual al frente de la misma del esloveno Janez Drnovsek. El representante serbio, Borisav Jovic (un fiel de Milosevic que entre 1991 y 1992 iba a ostentar nominalmente la presidencia del SPS), se negó a que el croata Stipe Mesic sucediera a Drnovsek conforme a lo previsto en el procedimiento rotatorio. Mesic, luego de abandonar el comunismo croata, era un miembro de la HDZ y su colocación en la jefatura del Estado con carácter temporal le habría conferido una autoridad formal sobre el Ejército Popular Yugoslavo (JNA), lo que resultaba inaceptable para Milosevic. El bloqueo institucional serbio produjo una situación extremadamente confusa y sirvió de pretexto a eslovenos y croatas para adoptar la ruptura.

El 25 de junio de 1991 los parlamentos de Ljubljana y Zagreb proclamaron la independencia; automáticamente, las instituciones federales ordenaron al JNA que cumpliera su misión constitucional de defender la integridad territorial de Yugoslavia e impedir los enfrentamientos entre nacionalidades. Se trataba de la guerra civil. El JNA, integrado por reclutas de todas las repúblicas pero con una alta oficialidad mayoritariamente serbia, se enfrentó (27 de junio) con la improvisada Defensa Territorial Eslovena por la posesión de los puestos fronterizos, pero halló una resistencia inesperada y optó por retirarse.

Los observadores opinaron que los generales yugoslavos, actuando de manera más o menos intencional con arreglo a los intereses del bloque serbio, detuvieron los enfrentamientos a las pocas horas de iniciarlos porque Eslovenia era una república casi monoétnica, no albergaba minorías serbias susceptibles de defender y por tanto no entraba en los planes nacionales de Milosevic. La mediación de la Comunidad Europea consiguió que Eslovenia y la RFSY firmaran la paz en la isla adriática de Brioni (Brijuni) el 7 de julio y que el bloque serbio levantara el boicot a la asunción presidencial de Mesic el 30 de junio.

En estas dramáticas jornadas y en las que iban a venir, cobraron visos de realidad las advertencias, aventadas por observadores y politólogos especializados en la cuestión yugoslava, de que el presidente serbio perseguía en realidad construir una Gran Serbia, entidad que supuestamente englobaría a la república y a los territorios de mayoría étnica serbia de Croacia y Bosnia-Herzegovina, más la hermanada Montenegro y, quizá, Macedonia (también con una mayoría de población eslava y ortodoxa), convertidas en repúblicas satélite. Sin embargo, cómo se articularía esta realidad, si a partir de vínculos confederativos entre los distintos entes o con la anexión pura y simple por Serbia de los territorios donde la nacionalidad serbia fuera dominante, era una pura conjetura.

La noción de la Gran Serbia, esbozada en el Memorándum redactado en septiembre de 1986 por la Academia de Arte y Ciencia de Serbia (y cuya difusión fue entonces prohibida), era inseparable de la homogeneidad étnica, como pronto iba a sugerir el rosario de conflictos yugoslavos. Lecturas racial-nacionalistas aparte, lo que sí estaba claro era que Milosevic, quien nunca se refirió explícitamente a sus atribuidas ambiciones panserbias, había decidido ir a la guerra para consolidarse en el poder, canalizando la euforia nacionalista hacia los frentes de batalla en las repúblicas vecinas.

La efímera y casi incruenta guerra de Eslovenia permitió también a Milosevic ensayar el que iba a ser un estilo característico en sus tratos y regateos con los países occidentales, una de las claves que explican su asombroso arraigo en el poder a pesar de la acumulación de fracasos objetivos en Croacia, Bosnia, Kosovo y la propia Serbia: el aplacarles y contentarles con promesas verbales, si acaso con alguna concesión táctica sobre el terreno (invariablemente, una retirada militar), abriendo divisiones decisivas entre gobiernos duros y blandos, confrontándoles con sus contradicciones, exacerbadas por unos intereses nacionales contrapuestos, y, como resultado, convirtiendo en inoperante el frente de animosidad en su contra.

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