Tomás Eloy Martínez

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El autor de la novela de Perón

Tomás Eloy Martínez, ligó su obra periodística y literaria a los nombres Juan Perón, Evita y peronismo, a quienes dedico investigaciones y biografías durante muchos años, combinando realidad y ficción. T E Martínez nació en San Miguel de Tucumán, Argentina, el 16 de julio de 1934 y murió en Buenos Aires, Argentina, el 31 de Enero del 2010. Ganó premios tempranos con sus poemas y cuentos. Escribió varios guiones para películas y un ensayo sobre cine (Estructuras del cine argentino, 1961). Ha publicado varias novelas (Sagrado, La mano del amo) y relatos (Lugar común la muerte). Incursionó también en el relato periodístico (La pasión según Trelew) y en la ficción histórica (La novela de Perón, Santa Evita). La novela de Perón, quizás su obra más conocida, lleva vendidos más de 150,000 y fue traducida a varios idiomas. Tomás Eloy Martínez, escritor y periodista, es actualmente Director del Programa de Estudios Latinoamericanos de la Rutgers University en New Jersey (EE.UU).

El pensamiento de T E Martínez

“Novela significa licencia para mentir”

Entrevista con Tomás Eloy Martínez por Juan Pablo Neyret – jpneyret@hotmail.com – Universidad Nacional de Mar del Plata – Argentina

Tomás Eloy Martínez él mismo, el mismo, abre la puerta de calle del edificio de Perú y Cochabamba, en el palpitante corazón del barrio porteño de San Telmo, a sólo unas cuadras del taller cuyo letrero reza “Martiniano Arce, el Fileteador de Buenos Aires”. Martínez no filetea con pinceles sino con palabras, desde la infancia, cuando una penitencia impuesta por sus padres lo llevó a imaginar su primer cuento en su Tucumán natal. Ganador del Premio Alfaguara 2002 por El vuelo de la reina, ha transitado desde el periodismo en medios míticos como la revista Primera Plana en los ‘60 y el diario La Opinión en los ‘70, hasta el testimonio en La Pasión según Trelew (1973), la crónica en Lugar común la muerte (1979), y, por supuesto, la novela, género en el que descolló con, entre otras, La novela de Perón (1985) y Santa Evita (1995).

Estamos en la semana en que se conmemora el 50º aniversario de la muerte de Eva Perón y en la Argentina revive por todas partes la imagen de “la abanderada de los humildes”. De hecho, Martínez pasará el 26 de julio a unas veinte cuadras del balcón de la Casa de Gobierno, donde la primera dama arengaba a los “descamisados” que la veneraban desde la Plaza de Mayo, cuando Madonna aún no había nacido. En su departamento -su “refugio”, como él mismo lo denomina- hay, por supuesto, una biblioteca, con algunas de las 36 traducciones de Santa Evita, al inglés (británico), al sueco, al danés, al coreano, que exhibe con orgullo pero sin vanidad.

Un poco más allá está el escritorio, donde una notebook muestra el embrión de una nueva crónica donde se leen apresuradamente términos clave como “Perón” o “1970”. Hay un sofá con almohadones blancos, un par de sillas y una repisa con dos fotos de Susana Rotker, académica y periodista venezolana que fue su mujer y falleció trágicamente en noviembre de 2000. No hace falta mencionarlo para que Martínez explique que una de las tomas corresponde a sus veinte años de matrimonio, aún rodeados de amigos en su casa de New Brunswick, y evoque que “cuando murió, estaba terminando un estudio magnífico sobre los orígenes de la cultura en Venezuela”.

Tomás, como cordialmente acepta que se lo llame, vive entre New Jersey, donde es Profesor Distinguido y Escritor Residente en la Rutgers University (cuyo Programa de Estudios Latinoamericanos dirige), y Buenos Aires, con escalas permanentes en Cartagena de Indias, donde acompaña a su amigo Gabriel García Márquez como impulsor de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, y, cada vez que puede, San Miguel de Tucumán. De allí es también el académico y escritor David Lagmanovich, que, tal vez sin saberlo, hizo posible este encuentro, y por quien Martínez, su amigo, pregunta al entrevistador.

Eloy está acostumbrado a las entrevistas. Las ha hecho por decenas, con los grandes personajes del siglo XX, y ha sido objeto de la avidez de centenares de periodistas, estudiantes y críticos interesados en su vida (nació en 1934) y su obra. Éstas serán el motivo central de la hora y media siguiente, con especial énfasis en la fusión de los géneros escriturarios, las genealogías textuales y la militancia política argentina de los ’70. Poco se hablará de “el Alfaguara” y de la situación actual de la Argentina, los dos temas más previsibles. De hecho, las últimas palabras previas al encendido del grabador versan sobre las extrañamente pocas traducciones que mereció su novela sobre Perón.

-¿Qué pasó? ¿Se la comió Santa Evita?

-La novela de Perón salió primero, por un lado. Por otro, la novela de Evita coincidió curiosamente con una especie de eclosión de la figura de Eva Perón. Inesperada eclosión, porque cuando escribí la novela no existía ni siquiera el proyecto de la película de Madonna, y ésta todavía estaba en veremos cuando Santa Evita salió, en julio. Casi inmediatamente después, se decidió hacer la película. Ocurrió un episodio decisivo: la novela, en tanto contenía la historia del cadáver, era curiosa para el periodismo, y mereció una entrevista muy larga, un día domingo, en la página 3 del cuerpo principal del New York Times. Una página completa dedicada a la novela en el diario de mayor difusión en el mundo decidió que inmediatamente se creara una expectativa general alrededor del libro y que éste fuera comprado masivamente. Lo cual prueba que salir en la tercera página del New York Times es mucho más importante que ganarse el Premio Alfaguara… (Sonríe.)

Historia y ficción

-En Historia e imaginación literaria, Noé Jitrik habla de dos tipos de novela histórica: la “arqueológica”, aquélla que toma hechos más distantes en el tiempo, y la “catártica”, que habla de hechos recientes. Sin embargo, dice que La novela de Perón, a pesar de hablar de hechos recientes, mantiene distancia respecto de un acto catártico de la escritura. Pero ¿podríamos llamar novelas históricas a La novela de Perón o Santa Evita?

-Yo no he tenido esa intención, de ninguna manera. Siempre he dicho que son novelas tejidas sobre el bastidor de la historia, de ciertos personajes históricos, pero no pretenden una reconstrucción prolija o fiel de los hechos. En general, la novela histórica tradicional que, de acuerdo con tu definición, se llamaría “arqueológica”, es la obra novelística de Manuel Gálvez, en la Argentina; algunas de Hugo Wast, incluso, y más recientemente hay una enorme cantidad de autores en esta línea, desde [José Ignacio] García Hamilton hasta ciertas novelas de María Esther de Miguel, que sí tienen una deliberada intención de reconstrucción y recreación histórica. Tanto en el caso de La novela de Perón como en el de Santa Evita, los juegos son otros. Por un lado, la mezcla de géneros. ¿Cómo llamarías, en qué estrato situarías, si calificás como novelas históricas a aquéllas que trabajan sobre la historia, a una novela como Respiración artificial [de Ricardo Piglia]? ¿O novelas como Las nubes o El entenado, de [Juan José] Saer?

-Le digo que Respiración artificial y El entenado, en el canon académico argentino, son tratadas como novelas históricas.

-Se horrorizarían los autores si lo supieran, así como yo me horrorizo cuando me ponen “novela histórica” o me meten en colecciones de novelas históricas. Primero, porque el trabajo es absolutamente libre. En el caso de La novela de Perón, si me dijeran que es un thriller político, me parecería mucho más cercano que lo de novela histórica. ¿Qué ocurre? Que, además, para intentar romper con ese dato, con ese juego, les puse los nombres propios a los personajes. Y en aquella época, todavía no era tan frecuente como ahora trabajar con seres vivos. La novela histórica, por lo general, trabaja sobre personajes ya muertos. Creo que la división entre lo reciente y lo menos reciente es completamente arbitraria y sirve sólo para la clasificación y el uso didáctico de los profesores, pero no tiene nada que ver con la intención de los autores. Si no, ¿qué dirías de las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar? ¿Es una novela histórica? Hay una novela que me parece extraordinaria, la única extraordinaria del autor, que tiene muchas otras malas novelas. Me refiero a D. M. Thomas, un profesor inglés, que escribió una novela que se llama El hotel blanco (The White Hotel). Es una novela sobre una paciente de Freud, que comienza con una serie de cartas de Freud, falsas, por supuesto, y termina con una descripción minuciosa de una matanza en un ghetto ruso. Todos los relatos, aparentemente, tienen vinculación con la historia. La novela, en cambio, desborda el género, no se la llamaría novela histórica. La novela de Perón y Santa Evita son novelas absolutamente impuras, porque contienen fragmentos de guiones, mezclas de géneros deliberadas, en fin, no entran para nada dentro de la tradición de las novelas históricas, que, por lo general, son lineales. No es un problema de la estructura sino de los personajes. ¿Qué ocurre? Para el lector argentino, en particular, y más particularmente en la Academia argentina, se trata de novelas históricas, porque trabajan dos personajes históricos muy fuertes. En el caso de otros lectores, e incluyo a Brasil, cuyo caso me parece singular, pero también Alemania y Estados Unidos -cito los lugares donde mis libros se leen más-, no se les pone atributos, son sólo novelas. Hay una enorme confusión genérica, por ejemplo, con El loro de Flaubert, la novela de Julian Barnes. A los ingleses no se les ocurre llamarla novela-ensayo, es una novela, y como tal la juzgan, aunque tiene variantes, juegos, elementos de otra índole. O La historia del mundo en diez capítulos y medio, siempre de Barnes, que también tiene relatos. En Santa Evita, como en La novela de Perón, hay historias de imaginación flagrantes, falsas, que en el caso de la primera han sido tomadas como verdades, por el cine y por el periodismo.

-Por ejemplo, la frase de Evita cuando conoce a Perón: “Gracias por existir”…

-La frase cuando se conocen, cuyo origen puedo contar sin ningún problema, y la otra frase, cuando Perón le dice a Eva “No puedo darte la vicepresidencia porque tenés cáncer”. Esa frase fue tomada literalmente en la película Eva Perón. La verdadera historia. Yo me quejé al guionista, [José Pablo] Feinmann, y él me respondió “¿Pero, cómo, no era una entrevista?”. Le dije que hay un subtítulo enorme al pie de Santa Evita, que yo me he empeñado en que aparezca siempre, que dice Novela. Novela significa licencia para mentir, para imaginar, para inventar. Como ya he dicho más de una vez, Santa Evita invierte el procedimiento de las novelas de non-fiction de los años ‘50 y ‘60, desde Relato de un náufrago hasta A sangre fría. En aquellos casos se usaban las técnicas de la novela para narrar hechos reales y verificables. En este caso, para crear un efecto de verosimilitud superlativa, uso las herramientas del periodismo: entrevistas, cartas, guiones, pero falsos. Hay gente que aparece ahora diciendo que sabía que el cuerpo de Eva Perón estuvo detrás del cine Rialto. Pero yo recuerdo perfectamente el momento en que salí de un almuerzo en casa de unos amigos, y les dije: “Detrás del telón de este cine -que era un cine, obviamente, de los años ‘30 ó ‘40- voy a meter el cuerpo de Eva”. Nunca estuvo ahí. Tampoco hubo copias del cadáver de Eva Perón. Acabo de publicar una larga serie que está saliendo en El País, de Madrid, son entrevistas a los tipos que secuestraron el cadáver, y ellos sostienen que nunca hubo una copia, y no hay ninguna prueba de que la hubiera. Pero al inventar copias en la novela, porque las necesitaba para que [el coronel Carlos Eugenio de] Moori Koenig se confundiera con una Eva falsa y así el proceso de locura estallara -y que, además, la encontrara en el peor lugar posible para su objeto de culto, que era la vidriera de una calle de prostíbulos en Hamburgo-, apareció, a los quince días de publicada la novela, en una de las presentaciones en Buenos Aires, un señor, conocido asistente de un escultor, que supuestamente había hecho las copias del cuerpo. Siempre que se crea un mito, y aquí he visto la gestación del mito, empiezan a salir conocedores, o testigos, o cómplices, de lo que es el mito.

Periodismo y literatura

-Usted dice que La novela de Perón y Santa Evita son el reverso de la non-fiction. Sin embargo, hay una operación de investigación periodística muy fuerte en ambas.

-Es obvio. Por supuesto que hay una investigación periodística, porque para poder mentir bien, hay que saberlo todo. No se puede mentir sin saber. Es como Picasso, que para poder aprender a romper las reglas tuvo que dibujar copiando fotográficamente la realidad, como lo prueban sus primeras diez o doce grandes obras de adolescencia y primerísima juventud. Después de eso, hace Les Demoiselles d’Avignon, que es una ruptura completa de los códigos, el comienzo del cubismo. Lo mismo pasa aquí, tanto en La novela de Perón como en Santa Evita. Perón se ocupa de que se sepa todo lo que hay sobre él. La imagen que intentó construir Perón es, como toda autobiografía o memoria, una imagen verbal en la que hay enormes lagunas y, además, enormes mentiras. La génesis de La novela de Perón deriva del hecho de que Perón no quiso que publicara los documentos reales que yo le había acercado para completar sus memorias. Entonces, ahí sí me tomé la libertad de trabajarlos, de tal forma que construyeran un retrato de Perón que a mí me parecía el verdadero. Con la misma exacta intención, y ahí hay una copia, o inspiración, o como quieras llamarlo, del Facundo. Mi idea inicial, al escribir el libro, es que Perón, a quien yo entrevisté, me hizo vehículo de la construcción de un monumento histórico que yo sé que es falso. Entonces, con las herramientas que he reunido para completar ese monumento histórico, voy a tratar de mostrarles a los argentinos, que durante más de cuarenta años en aquel momento, a la salida de la novela, vivieron a la sombra de Perón y de su ideología -y aún ahora, porque aunque su ideología está transformada, el peronismo continúa-, como un acto de justicia, una imagen de Perón que correspondiese con la imagen verdadera. La novela de Perón, desde el punto de vista de la libertad del autor, es mucho menos libre que Santa Evita, donde la construcción de la mentira es constante.

-En el caso de La novela de Perón, no es casual que el que lleve el discurso más próximo a lo que podríamos llamar verdad -si a algo pudiéramos llamar verdad- sea el periodista.

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