Amedeo Modigliani

Biografia OpusVida por dina

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La Galeria Paul Guillaume en Paris presenta una exposición colectiva de las obras de la pintura de los jóvenes: Matisse, Picasso y Modigliani.

El 29 de noviembre, nace la pequeña Giovanna, hija de Amedeo y Jeanne.

En mayo de 1919, vuelve a París, a la calle de la Grande Chaumière. Su salud se deteriora con rapidez ya que seguía con sus vicios. Tras un largo período en el que sus vecinos no sabían nada de él y después de una noche de excesos y de haber peleado con unos vándalos en la calle, le encuentran delirando en la cama a la vez que sostenía la mano de Jeanne embarazada casi de nueve meses.

El 22 de enero de 1920, Amedeo inconsciente viene trasladado al Hospital de la Caridad, lo único que puede hacer el médico es atestiguar que su estado es desesperado. Muere de meningitis tuberculosa el 24 de enero de 1920. Unos días antes había pedido el permiso al gobierno francés para contraer matrimonio con Jeanne.

Los más importantes artistas de Monmartre y Montparnasse siguen los funerales. Jeanne Hébuterne, llevada a casa de sus padres, se suicida tirándose desde la ventana de un quinto piso, dos días después de la muerte de Modigliani.

La hermana de Modigliani que vivía en Florencia, adopta a su hija huérfana. Ésta escribirá una importante biografía de su padre titulada: Modigliani: Hombre y mito.

Modigliani viene sepultado el 27 de enero en el Cementerio de Père Lachaise en Paris; Jeanne Hébuterne descansa a su lado.

Modigliani y Jeanne Hébuterne (por Evelyne Deher)

En ese comienzo del año 1917, Montparnasse mostraba su habitual animación. Escritores, artistas, creadores, personalidades del espectáculo y de las artes se codeaban, deambulando desde la Rotonde a la Cuupole. Los paseantes se cruzaban con Jean Cocteau, Max Jacob, Francis Carco o Blaise Cendrars. Se veía, sentado en una terraza, a Fujita o a Paul Guillaume, el muy conocido marchante. La guerra parecía lejana, aunque ocupaba los pensamientos. En el bulevar Montpamasse, se discutía de arte o de literatura.

El barrio se había convertido en el de los pintores, a semejanza de Montmartre. Muy cerca, en la calle de la Grande-Chaumiére, entre los comercios de artículos para pintores, estaba la famosa academia Colarossi, semillero de jóvenes talentos. Muchos eran artistas pobres que ofrecían sus dibujos a los turistas por un franco.

Se destacaba un elegante joven de rasgos distinguidos, semejante a un arcángel. Como muchos otros, iba de mesa en mesa, con su cartón de dibujo bajo el brazo. Respondía con tina sonrisa y un gesto amistoso a los que lo llamaban.

-Hola, Modi, ¿qué tal?

Amedeo Modigliani vio de pronto, acercándose a su encuentro, a uno de sus amigos, André Hébuterne, acompañado de una encantadora joven.

-Hola, Modi, te presento a mi hermana Jeanne -dijo André.

Ella le tendió la mano, sonriente.

-Mi hermano me ha hablado mucho de usted.

Como pintor, Modigliani apreció el rostro fino de grandes ojos azules, el largo cabello castaño, y fue sensible al encanto de la joven. Entablaron conversación. Jeanne Hébuteme aprendía pintura en la academia Colarossi y, según su hermano, manejaba bien los pinceles. Ella amaba el ambiente que reinaba en Montpamasse, y desde hacía tiempo deseaba conocer a Modigliani. Como se interesaba por su trabajo, él le propuso ir, en compañía de su hermano, a visitar su taller de la Cité Falguiére donde se había instalado cuatro años antes, abandonando la colina Montmartre, de la que estaba cansado.

Jeanne Hébuterne por Modigliani

Jeanne Hébuteme admiró los estilizados retratos de mujer del pintor. Su obra no se parecía a ninguna otra, y esa originalidad la seducía, sin duda porque el hombre ya la había conquistado. Modi tenía aires de gran señor a pesar de su pobreza, la certeza de su talento y una llama dolorosa en la mirada que revelaba su permanente angustia. Ella confió que su deseo era expresarse mediante la escultura, le mostró lo que había hecho, aunque eran piedras todavía informes. Carecía de materiales, de dinero y, en escultura, apenas balbuceaba.

Volvieron a verse a diario. Modi estaba solo después de una relación de dos años con una joven poeta inglesa. La frescura, la jovialidad de Jeanne le agradaban. Contrastaba con la seducción artificial de las mujeres que frecuentaban Montparnasse y los talleres: modelos, mujeres semimundanas o mantenidas. Ella, por su parte, veía en Modigliani a un genio y se lo decía.

En julio de 1917 decidieron vivir juntos y rentaron un estudio en la calle de la Grande-Chaumiére, muy cerca de la academia Colarossi. A partir de entonces, tocado por la ternura amante de Jeanne, Modigliani sentó cabeza. Antes se refugiaba en el alcohol, las drogas, mezclando a veces cocaína, haxis y vino, para luego hacer escándalos en el Dúme y declamar a voz en cuello versos de Rimbaud o de D’Annunzio. Por ella, dejó el alcohol y las drogas.

-No tienes necesidad de alcohol para ser grande, al contrario. En cuanto al haxis, repites que te permite concebir extraordinarias combinaciones de colores. De acuerdo, pero esas combinaciones quedan en tu cabeza, no las pintas -dijo ella.

El lo admitió y siguió su consejo: pintar, pintar y pintar, drogarse con el trabajo. Ese año ejecutó cerca de ciento veinte telas. Estaba tuberculoso, lo sabía, y trabajaba con la fiebre del que tiene los días contados.

Jeanne lo alentaba, lo sostenía, y los momentos de desaliento eran frecuentes. Al principio ella se asombraba de que Modi pintara sus retratos en una sola vez; de lo contrario perdía interés en ellos. Luego había comprendido que su genio surgía como un relámpago y que se extinguía con la misma rapidez. En pocos instantes, él captaba la particularidad de su modelo y la traducía; los detalles no contaban.

Ella calmaba como podía sus tormentos. El se torturaba, comprendiendo que no sería el escultor soñado y que tendría que limitarse a dos dimensiones. De carácter ansioso, el menor incidente, una tela arruinada, lo ponía en un excesivo estado febril. Cuando quería olvidar su decepción en el alcohol comprado en secreto, ella se lo limitaba aun vaso y calmaba su cólera con besos, sin quejarse nunca. Lo alentaba a frecuentar a aquellos de sus amigos que le ayudaban en su carrera y le reconfortaban en la adversidad.

El recibió un rudo golpe en octubre de 1917, cuando, habiendo podido al fin exponer en la galería Weill, sus cinco desnudos fueron considerados un ultraje al pudor.

-No te preocupes. Algún día valdrán una fortuna. La novedad incomoda y tú te adelantas a tu época -decía ella

En la primavera de 1918, un feliz acontecimiento terminó de dar a Modi el deseo de enmendarse: Jeanne estaba embarazada. Modi tenía un rostro cadavérico y la pareja partió al sur, en compañía de los padres de Jeanne y de sus fieles amigos, los Zborowski. El aire puro sentó bien a los futuros padres. Jeanne florecía, y, junto a ella, Modi recuperaba sus colores. Por un tiempo, ella alentó la esperanza de que sanara.

Pero el humor cambiante de Modi hacía difícil la convivencia. Acortaron su estada en el sur.

Regresaron a la Grande-Chaumiére. Algo recuperado, Modi retomó sus pinceles entusiasmados. Sentía a la enfermedad ganar terreno, tosía cada vez más y adivinaba su futuro breve. Acababa de comenzar una carrera con la muerte.

Pintaba su ansiedad con el frenesí de los tuberculosos y alcanzaba la cima de su arte. Se multiplicaban los retratos de Jeanne, consistentes en líneas despojadas. El rostro oblongo se estiraba, la parte media de la nariz se alargaba desmesuradamente así como el cuello. Bajo la frente alta, los ojos se tomaban dos lagos azules. Y sin embargo, los rostros deformados se asemejaban a Jeanne, más aún, la expresaban. Pintó también a su amigo, Chaim Soutine, al que admiraba.

Avanzaba el mal, inexorable. Los esposos partieron nuevamente al sur, donde nació la pequeña Jeanne a fines de noviembre de 1918. Pero ese día no hizo recuperar a Modi sus fuerzas; la enfermedad estaba demasiado adelantada. De regreso en París, en la primavera, tosía más aún y escupía Sangre. Jeanne escondía sus lágrimas, se esforzaba denodadamente por sonreír. Habría querido poder darle su energía, su vitalidad, a fin de prolongarle la vida, dispuesta a ofrecer la suya a cambio. Modi ya no bebía, no se drogaba, no ocupaba sus noches en andanzas destructivas al azar de lcS bares. Pero esa prudencia no bastaha para frenar el curso de la enfermedad; a lo sumo la demoraba un poco. Nada había podido contener el avance de la tuberculosis.

Continuaba pintando, obsesionado por su muerte cercara, destrozado ante la perspectiva de dejar sola a Jeanne, a quien amaba profundamente, desesperado por no haber podido triunfar esculpiendo como hubiese querido. Fijaba a Jeanne en la tela para la eternidad, como un testimonio de su amor.

Se angustiaba cada vez más. ¿Qué sería de ella sin él? ¿Después de él? No soportaba que pudiese amar a otro. Jeanne le juraba que él seguiría siendo su único amor, el único hombre de su vida, y besaba la frente bañada en sudor.

En enero del año 1920, Modi se arrastraba. Hubo que llevarlo al hospital de la Caridad. Jeanne, tragándose sus lágrimas, lo acompañó.

El estaba tan débil que apenas podía hablar. Ella miró sus ojos afiebrados, le apretó la mano derecha y se inclinó sobre él, escuchando.

-Estamos de acuerdo para una dicha eterna -dijo en un soplo.

Su cabeza cayó sobre la almohada. Modi murió ese 4 de enero.

Todo París acompañó al pintor famélico al cementerio del Pére-Lachaise. Y allí, entre las tumbas, comenzaron a planear los buitres.

Marchantes y viles especuladores murmuraban cifras.

Ese día comenzaron a venderse las telas desdeñadas.

Al siguiente, Jeanne se arrojaba por la ventana del quinto piso. Sin Modi, su vida perdía sentido.

Poco tiempo más tarde, él era célebre. La cotización de sus obras aumentaba; se arrancaban sus telas de las manos, a precios de oro.

Hoy, los cuadros del pintor maldito han sido reproducidos miles de veces. Y siguen vinculados con el nombre de Modigliani los nostálgicos retratos de esa mujer dulce y melancólica cuyos ojos son dos lagos azules: Jeanne Hébuterne.

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