Aquiles

Biografia OpusVida por magui

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Memnón

Tras la muerte de Patroclo, el compañero más cercano de Aquiles pasó a ser Antíloco, el hijo de Néstor. Cuando Memnón de Etiopía mató a Antíloco, Aquiles irrumpió de nuevo en el campo de batalla buscando venganza. La lucha entre Aquiles y Memnón por Antíloco se hace eco de la de Aquiles y Héctor por Patroclo, salvo porque Memnón (a diferencia de Héctor) es también hijo de una diosa, como Aquiles. Muchos investigadores homéricos argumentan que este episodio inspiró muchos detalles de la Ilíada sobre la descripción de la muerte de Patroclo y la reacción de Aquiles. El episodio formó así la base de la épica cíclica Etiópida, que fue compuesta tras la Ilíada, posiblemente el siglo VII a. C. La Etiópida se ha perdido, salvo por fragmentos dispersos citados por autores posteriores. Quinto de Esmirna también nos da un tratamiento épico a la muerte de Memnón y a la inmortalidad entonces concedida por Zeus, así como una descripción lírica del extremo dolor de sus compatriotas.

Galería de fotos de Aquiles

Muerte de Aquiles

Como había predicho Héctor en su último aliento, Paris mató más tarde a Aquiles, bien con una flecha (en el talón según Estacio) o con un cuchillo por la espalda cuando visitaba a Políxena, una princesa troyana. En algunas versiones, el dios Apolo guiaba la flecha de Paris, o bien era Apolo el que lo mataba sin intervención de Paris.

Sus huesos fueron mezclados con los de Patroclo, y se celebraron juegos funerarios. Aquiles fue representado en la pérdida épica de la Guerra de Troya de Arctino de Mileto viviendo tras su muerte en la isla de Leuce en la desembocadura del Danubio

Más tarde Filoctetes mató a Paris usando el enorme arco de Heracles.

El destino de la armadura de Aquiles

La armadura de Aquiles fue objeto de una disputa entre Odiseo y Áyax el Grande (primo mayor de Aquiles). Ambos compitieron por ella dando discursos sobre por qué fueron los más bravos tras Aquiles y los más merecedores del mismo. Odiseo ganó. Áyax se volvió loco de dolor y angustia y juró matar a sus compañeros; empezó a matar vacas u ovejas, creyendo en su locura que eran soldados griegos. Entonces se suicidó.

Aquiles y Patroclo

La relación de Aquiles con Patroclo es un aspecto clave de su mito. Su naturaleza exacta ha sido objeto de disputa tanto en el periodo clásico como en la época moderna. En la Ilíada queda claro que los dos héroes tienen una amistad profunda y extremadamente significativa, pero la evidencia de un elemento romántico o sexual es equívoca. Los comentadores del periodo clásico hasta la actualidad han tendido a interpretar la relación a través de las lentes de sus propias culturas. Así, en la Atenas del siglo V a. C. la relación era comúnmente interpretada como pederástica. Los lectores contemporáneos tienden a interpretar a la pareja de héroes como «compañeros de guerra» no sexuales o como una pareja homosexual igualitaria.

Patroclo  o  el  destino (Por Marguerite  Yourcenar)

«Una noche o, más bien, un día impreciso caía sobre el llano: no hubiera podido decirse en qué dirección iba el crepúsculo. Las torres parecían rocas al pie de las montañas que parecían torres. Casandra aullaba sobre las murallas, dedicada al horrible trabajo de dar a luz al porvenir.

La sangre se pegaba, como si fuera colorete, a las mejillas irreconocibles de los cadáveres. Helena pintaba su boca de vampiro con una barra de labios que recordaba a la sangre. Desde hacía muchos años, se habían instalado allí, en una especie de rutina roja en donde la paz se mezclaba con la guerra, como la tierra y el agua en las nauseabundas regiones de las marismas.

La primera generación de héroes que había acogido a la guerra como un privilegio, casi como una investidura, al ser segada por los carros, dio lugar a un contingente de soldados que la aceptaron como un deber, para después soportarla como un sacrificio. La invención de los tanques abrió brechas enormes en aquellos cuerpos que ya no existían sino a la manera de parapetos; una tercera ola de asaltantes se abalanzó contra la muerte; aquellos jugadores que apostaban en cada jugada el máximo de su vida cayeron al fin como si se suicidaran, golpeados por la bola en la casilla roja del corazón.

Ya había pasado el tiempo de las ternuras heroicas en que el adversario era el reverso sombrío del amigo. Ifigenia había muerto, fusilada por orden de Agamenón, acusada de haber tomado parte en el motín de las tripulaciones del mar Negro; Paris había quedado desfigurado por la explosión de una granada; Polixeno acababa de sucumbir de tifus en el hospital de Troya; las Oceánidas, arrodilladas en la playa, ya no trataban de espantar las moscas azules del cadáver de Patroclo.

Desde la muerte del amigo que había llenado el mundo y lo había reemplazado, Aquiles no abandonaba su tienda alfombrada de sombras: desnudo, acostado en el suelo como si se esforzara por imitar al cadáver, se dejaba roer por los piojos del recuerdo.

Cada vez con más frecuencia, la muerte le parecía un sacramento del que sólo son dignos los más puros: muchos hombres se deshacen, pero pocos hombres mueren.

Todas las particularidades que recordaba al pensar en Patroclo —su palidez, sus hombros rígidos, más bien altos, sus manos que siempre estaban algo frías, el peso de su cuerpo desplomándose en el sueño con densidad de piedra— adquirían por fin su pleno sentido de atributos póstumos, como si Patroclo hubiera sido, estando vivo, un esbozo de cadáver.

El odio inconfesado que duerme en el fondo del amor predisponía a Aquiles hacia la tarea de escultor: envidiaba a Héctor por haber rematado aquella obra maestra; tan sólo él tenía derecho a arrancar los últimos velos que el pensamiento, el ademán, el hecho mismo de estar vivo interponían entre ellos, para descubrir a Patroclo en su suprema desnudez de muerto. En vano los jefes troyanos mandaban anunciar, al son de las trompetas, sabias luchas cuerpo a cuerpo, despojadas de la ingenuidad de los primeros años de guerra: viudo de aquel compañero, que merecía ser un enemigo.

Aquiles ya no mataba, para no suscitarle a Patroclo rivales de ultratumba.

De cuando en cuando resonaban gritos; unas sombras con cascos pasaban por la roja pared: desde que Aquiles se encerraba en aquel muerto, los vivos no se mostraban a él sino en forma de fantasmas. Una humedad traidora subía del suelo desnudo; el paso de los ejércitos hacía temblar la tienda; las estacas oscilaban en aquella tierra que ya no las sujetaba; los dos campos reconciliados luchaban con el río que se esforzaba por ahogar al hombre: el pálido Aquiles entró en aquella noche de fin del mundo.

Lejos de ver en los vivos a los precarios supervivientes de una marea-de-muerte que seguía amenazando, eran los muertos ahora los que le PA-recían sumergidos por el inmundo diluvio de los vivos. Contra el agua inestable, animada y sin forma, Aquiles defendía las piedras y el cemento que sirven para fabricar tumbas.

Cuando el incendio, que bajaba de los bosques del Ida, llegó al puerto y lamió el vientre de los navíos, Aquiles tomó partido contra los troncos, los mástiles, las velas insolentemente frágiles y se puso a favor del fuego, que no teme abrasar a los muertos en el lecho de madera que forman las hogueras.

 

Unos extraños pueblos primitivos desembocaban de Asia como si fueran ríos: contagiado de la locura de Ajax, Aquiles degolló a aquellos carneros, sin reconocer en ellos siquiera unos lineamientos humanos. Le enviaba a Patroclo aquella manada para que pudiera cazar en el otro mundo.

Luego aparecieron las Amazonas: una inundación de senos cubrió las colinas del río: el ejército se estremecía al oler aquellas sueltas melenas. Las mujeres representaban para Aquiles, desde siempre, la parte instintiva de la desgracia, aquella cuya forma él no había escogido y que tenía que soportar sin poder aceptarla.

Le reprochaba a su madre que hubiera hecho de él un mestizo, a mitad de camino entre el dios y el hombre, arrebatándole así casi todo el mérito que los hombres tienen en hacerse dioses.

Le guardaba rencor por haberle llevado, siendo niño, a los baños de la Estigia para inmunizarlo contra el miedo, como sí el heroísmo no consistiera en ser vulnerable. Se hallaba resentido con las hijas de Licomedes por no haber reconocido, bajo su máscara, lo contrario de un disfraz.

No perdonaba a Briscida la humillación de haberla amado. Su espada se hundió en aquella jalea color de rosa, cortó nudos gordianos de vísceras; las mujeres aullaban y parían la muerte por la brecha de sus heridas, se enredaban como los caballos en la corrida con sus entrañas enmarañadas.

Pentesilea se separó de aquel amasijo de mujeres pisoteadas, como un duro hueso se separa de una pulpa desnuda. Se había bajado la visera para que nadie se enterneciera mirando sus ojos. Sólo ella osaba renunciar a la astucia de no llevar velos.

Bajo su coraza y su casco, con una máscara de oro, aquella Furia mineral sólo tenía de humano los cabellos y la voz, pero sus cabellos eran de oro y a oro sonaba aquella voz pura. Era la única, entre sus compañeras, que había consentido en cortarse un seno, pero aquella mutilación apenas se notaba en su pecho de diosa. Arrastraron por los cabellos a las muertas fuera de la arena; hicieron calle los soldados, y transformaron el campo de batalla en un campo cerrado; empujaron a Aquiles al centro de un círculo donde el asesinato era para él la única salida.

Sobre aquel decorado caqui, arenoso salobre, azul horizonte, la armadura de la Amazona cambiaba de forma con los siglos, de color con los focos. Combatiendo con aquella eslava, que de cada finta hacía un paso de baile, el cuerpo a cuerpo se convertía en torneo, después en ballet ruso, Aquiles avanzaba, luego retrocedía, unido a ese metal que contenía una hostia, invadido por el amor que se hallaba en el fondo del odio.

Lanzó su arma con todas sus fuerzas, como para romper un encantamiento, reventó la frágil coraza que interponía, entre aquella mujer y él, no se sabe qué puro soldado. Pentesilea cayó como quien cede, incapaz de resistir la violación del hierro.

Precipitáronse los enfermeros; se oyó crepitar la ametralladora de las cámaras; unas manos impacientes desollaban el cadáver de oro. Al levantar la visera descubrieron, en lugar de un rostro, una máscara de ojos ciegos a la que ya no llegarían los besos.

Aquiles sollozaba, sostenía la cabeza de aquella víctima digna de ser un amigo. Era el único ser en el mundo que se parecía a Patroclo.»

El culto de Aquiles en la Antigüedad

Hubo un culto arcaico de Aquiles en la Isla de las Serpientes (Leuce) del mar Negro, frente a las costas de las actuales Rumania y Ucrania, con un templo y un oráculo que sobrevivieron hasta la época romana.

En la épica perdida Etiópida, una continuación de la Ilíada atribuida a Arctino de Mileto, la madre de Aquiles, Tetis, regresaba para llorar su muerte y retiraba sus cenizas de la pira, llevándolas a Leuce, en la desembocadura del Danubio. Allí los aqueos erigieron un túmulo en su honor y celebraron juegos funerarios.

Plinio menciona en su Naturalis Historia un túmulo en la isla consagrada a Aquiles, que ya no era evidente,  situado a una distancia de cincuenta millas romanas de la isla Peuce junto al delta del Danubio, y el templo que había allí. A Pausanias le dijeron que la isla estaba «cubierta con bosques y llena de animales, algunos salvajes, otros mansos. En esta isla está también el templo de Aquiles y su estatua».  Las ruinas de un templo cuadrado de 30 m de lado, posiblemente dedicado a Aquiles, fueron descubiertas por el Capitán Kritzikly en 1823, pero no se han realizado excavaciones modernas en la isla.

Pomponio Mela cuenta que Aquiles está enterrado en la isla llamada Aquilea, entre el Borístenes y el Ister. Y el geógrafo griego Dionisio Periegeta, que vivió en la época de Domiciano, escribió que la isla se llamaba Leuce «debido a que los animales salvajes que vivían eran blancos. Se decía que allí, en la isla Leuce, residen las almas de Aquiles y otros héroes, y que vagan por los valles inhabitados de esta isla; así es como Júpiter recompensó a los hombres que se habían distinguido por sus virtudes, gracias a que por ellas adquirieron honor eterno.»

El Periplus Ponti Euxini da los siguientes detalles:

Se decía que la diosa Tetis levantó la isla del mar para su hijo Aquiles, que mora allí. Aquí están su templo y su estatua, una obra arcaica. La isla no está habitada y las cabras, no muchas, pastan en ella, sacrificándola a Aquiles la gente que llega a ella en sus barcos. En este templo también están depositadas grandes cantidades de regalos sagrados, cráteras, anillos y piedras preciosas, ofrecidos a Aquiles en agradecimiento. Aún pueden leerse inscripciones en griego y latín, en las que Aquiles es elogiado y celebrado. Algunas de ellas están escritas en honor de Patroclo, porque aquellos que desean ser favorecidos por Aquiles honran a Patroclo al mismo tiempo. Hay también en esta isla incontables pájaros marinos, que cuidan del templo de Aquiles. Cada mañana vuelan al mar, mojan sus alas con agua y regresan rápidamente al templo para rociarlo. Cuando terminan de hacerlo, limpian el hogar del templo con sus alas. Otra gente dice incluso más: que algunos de los hombres que llega a esta isla lo hacen intencionadamente. Llevan animales en sus barcos, destinados a sacrificios. Algunos de estos animales se matan y otros se dejan libres en la isla, en honor de Aquiles. Pero hay otros que se ven obligados a llegar a la isla por las tormentas marinas.

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