Confucio

Biografia OpusVida por magui

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Se enseñaba que los hijos tenían el deber hacia sus padres difuntos de contribuir a su gloria y felicidad con una vida virtuosa. A juzgar por los dichos de Confucio que han sido preservado, él no desdeñaba esos motivos hacia una vida virtuosa, pero ponía mayor énfasis en el amor a la virtud por sí misma. Los principios de moralidad y su aplicación concreta en las variadas relaciones de la vida diaria quedaron incorporados en esos textos sagrados, los cuales, a su vez, representaban las enseñanzas de los antiguos sabios, educados por el Cielo para instruir a la humanidad. Dichas enseñanzas no fueron inspiradas, tampoco fueron reveladas, pero sí eran infalibles. Los sabios nacían dotados de una sabiduría querida por el Cielo para iluminar a los hijos de los hombres. Era, por tanto, una sabiduría providencial, más que sobrenatural. La noción de una revelación divina positiva está ausente de los textos chinos. Seguir la ruta del deber tal como ha quedado establecido en las reglas autorizadas de conducta está al alcance de todo hombre, mientras su naturaleza, buena de nacimiento, no quede irremediablemente perturbada por influencias perniciosas. Confucio sostenía la opinión tradicional de que todos los hombres nacen buenos. No hay la menor señal en su enseñanza de algo semejante al pecado original.

Parece haber sido incapaz incluso de reconocer tendencias hereditarias perniciosas. Para él, lo que pervierte al hombre es el medio ambiente malo, el mal ejemplo y una inexcusable concesión ante los apetitos malos que cualquiera que usase correctamente sus fuerzas naturales podría y debería dominar. La caída moral causada por las seducciones de espíritus malvados no tenía lugar en su sistema. Como tampoco hay noción de una gracia divina para reforzar la voluntad e iluminar la razón en la lucha contra el mal. Hay una o dos alusiones a la oración, pero nada que muestre que la oración diaria es recomendable para quien aspira a la perfección.

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Apoyos para la virtud

En el Confucianismo, los apoyos para el cultivo de la virtud son naturales y providenciales, ni más ni menos. Pero en este desarrollo de la perfección moral, Confucio siempre buscó encender en los demás el amor entusiasta que sentía él mismo por la virtud. Para él, la empresa primordial en la vida es hacerse uno tan bueno como sea posible.

Cualquier cosa que sea conducente a la práctica de la bondad debería ser ardientemente buscada y usada. Para ello, el conocimiento correcto debe ser considerado como indispensable. Al igual que Sócrates, Confucio sostenía que el vicio nace de la ignorancia y que el conocimiento conduce infaliblemente a la virtud. El conocimiento en el que él insistía no era simplemente el científico, sino una familiaridad edificante con los textos sagrados y las reglas de virtud y propiedad. Otro factor en el que él ponía gran énfasis era la influencia del buen ejemplo. Le encantaba proponer a la admiración de sus discípulos a los héroes y sabios de la antigüedad, con cuyas nobles hazañas y palabras los intentaba familiarizar insistiendo en el estudio de los clásicos antiguos.

Muchos de los dichos que nos quedan de él son elogios de esos valientes hombres de virtud. Y no dejó de reconocer el valor de compañeros buenos y de altos ideales. Su lema fue asociarse con los verdaderamente grandes y hacer amistad con los más virtuosos. Además de la asociación con los buenos, Confucio recalcaba en sus discípulos la necesidad de acoger siempre la corrección fraterna de los propios errores. También, consecuentemente, se les inculcaba el examen diario de la conciencia. Como una ayuda más para la formación de un carácter virtuoso, él tenía una alta opinión de una cierta dosis de autodisciplina. Reconocía el peligro, especialmente en los jóvenes, de caer en hábitos de blandura y amor por lo fácil. De ahí que él hacía hincapié en una viril indiferencia hacia comodidades afeminadas. También reconocía en el arte de la música un apoyo poderoso para encender el entusiasmo por la práctica de la virtud. Enseñaba a sus discípulos las «Odas» y otros cantos edificantes, que cantaban juntos acompañados de laúdes y arpas. Todo esto, unido al magnetismo de su influencia personal, daban a su enseñanza una fuerte cualidad emocional.

Virtudes Fundamentales

Confucio insistió principalmente en las cuatro virtudes de sinceridad, benevolencia, piedad filial y propiedad como los cimientos para una vida de bondad perfecta. Para él, la sinceridad era una virtud cardinal. De acuerdo al uso que él le daba, dicha virtud significaba mucho más que una mera relación social. Ser verídico y sin recovecos en el hablar, fiel a las propias promesas, consciente en el cumplimiento de las obligaciones propias para con los demás- todo ello estaba incluido en la sinceridad y aún más. El varón sincero, a los ojos de Confucio, era aquel cuya conducta siempre está basada en el amor por la virtud y que, en consecuencia, buscaba observar las reglas correctas de conducta tanto en su corazón como en sus acciones externas, tanto en la soledad como en la presencia de otros.

La benevolencia, que se muestra en un amable cuidado por el bienestar de los demás y en la disposición para ayudarlos en tiempos de necesidad, es también un elemento fundamental de la enseñanza de Confucio. Se le percibe como el detalle característico del hombre bueno. Mencio, el ilustre exponente del Confucianismo, tiene la siguiente- y notable- expresión: «La benevolencia es el hombre» (VII, 16). En los dichos de Confucio encontramos enunciada varias veces su «regla de oro» en su forma negativa. En las «Analectas», XV,13, leemos que cuando un discípulo le pidió un principio rector para toda conducta, el Maestro respondió: «¿Acaso no es la benevolencia mutua tal principio? Lo que no quieras que te hagan a ti no lo hagas a los demás». Esto es asombrosamente parecido a la «regla de oro» encontrada en el primer capítulo de las «Enseñanzas de los Apóstoles»–«Cualquier cosa que no te gustaría que te hicieran a ti, no la hagas a los demás». También se encuentra en Tobías, iv,16, que es donde aparece por primera vez en la Sagrada Escritura.

Él no estaba de acuerdo con el principio sostenido por Lao-tze de que la ofensa debería ser pagada con amabilidad. Su lema era: «Responde a la ofensa con justicia y a la amabilidad con amabilidad» (Analectas, XIV, 36). Parece ser que él veía el asunto desde el punto de vista práctico y legal del orden social. «Recompensar la amabilidad con amabilidad», dice en otra parte, «actúa como un motivador para la gente. Responder a la ofensa con justicia actúa como una advertencia» (Li-ki, XXIX, 11). La tercera virtud fundamental en el sistema confucianista es la piedad filial. En el «Hiao-king», Confucio aparece diciendo: «La piedad filial es la raíz de toda virtud»–«De todos las acciones de los hombres, no hay ninguna mayor que la de la piedad filial». Para los chinos de ayer y de hoy, la piedad filial mueve al hijo a amar y respetar a sus padres, contribuir a su comodidad, y darles a ellos felicidad y honor a su nombre a través de tener un éxito honorable en la vida. Pero, al mismo tiempo, llevaba esa devoción a un grado tal que se convertía en algo excesivo y erróneo.

Como consecuencia del sistema patriarcal que ahí prevalecía, la piedad filial incluía la obligación para los hijos de vivir, aún después de casados, bajo el mismo techo que el padre y prestarle obediencia casi infantil toda la vida. La voluntad de los padres tenía carácter de absoluta, llegando al extremo de hacer que el hijo se divorciara, por sobre sus sentimientos personales, si su mujer no podía satisfacer los deseos de sus padres. Si un hijo responsable se viera en la necesidad de aconsejar a un padre descarriado, se le enseñaba a corregirlo con la mayor mansedumbre; aunque el padre lo golpeara hasta sangrar, no debería mostrar ningún resentimiento. Por más malo que fuese el padre, nunca perdía su derecho al respeto filial de su hijo. Otra virtud de importancia primordial en el sistema confucianista es la «propiedad».

Ella abarca toda la esfera de la conducta humana, motivando al hombre superior a llevar a cabo siempre la acción correcta en el lugar correcto. Dicha virtud encuentra su máxima expresión en las así llamadas reglas ceremoniales, que no se limitan a ritos religiosos y normas de comportamiento moral, sino que se extienden a la asombrosa cantidad de usos y costumbres convencionales que rigen la etiqueta china. Estos ya se definían en tiempos de Confucio como las trescientas mayores y tres mil menores reglas ceremoniales, todas las cuales debían ser cuidadosamente aprendidas para guiar la conducta apropiada. Tanto los usos convencionales como las reglas de comportamiento moral llevaban con ellas un sentido de obligación que descansaba primordialmente en la autoridad de los sabios-reyes y, en último término, en la voluntad del Cielo. Despreciar tales normas o desviarse de ellas era equivalente a un acto de impiedad.

Ritos

En el «Li-ki» se declara que son seis las principales observancias ceremoniales: coronaciones, matrimonios, rituales de duelo, sacrificios, fiestas y entrevistas. Bastará con tratar brevemente los primeros cuatro, que han persistido sin cambios notables hasta el día de hoy. La coronación era una ceremonia de alegría, con la que se honraba al hijo al llegar a sus veinte años de edad. En presencia de parientes e invitados, el padre daba a su hijo un nombre especial y le colocaba un gorro de cuatro puntas como señales distintivas de su virilidad madura. Todo esto acompañado de una fiesta.

La ceremonia del matrimonio era de gran importancia. Casarse para tener hijos varones era una grave obligación de todo hijo. Ello era necesario para preservar el sistema patriarcal y proveer el culto a los antepasados en los años venideros. Según se establece en el «Li-ki», la regla era que el varón joven debía casarse a los treinta y la mujer a los veinte. La propuesta de matrimonio y su aceptación no eran asunto de los interesados sino de sus padres. Los arreglos preliminares eran hechos por un intermediario después de que, a través de la adivinación, se tenía certeza de que los signos de la unión buscada eran propicios. Las partes no podían tener el mismo apellido, ni tener relación sanguínea hasta el quinto grado. El día de la boda, vestido con sus mejores ropas, el joven novio iba a la casa de la novia para de ahí llevarla en su carruaje a la casa de su padre, donde éste la recibía rodeado de sus alegres invitados. En copas improvisadas, hechas de las mitades de un melón, se servían bebidas dulces que se entregaban a los novios. Al tomar un sorbo de cada una, ellos significaban su unión en matrimonio. Consecuentemente, la novia pasaba a formar parte de la familia de sus suegros y sujeta, como su esposo, a la autoridad de aquéllos. La monogamia era fomentada como la situación ideal, pero no se prohibía el tener esposas secundarias, llamadas concubinas. Esto último se recomendaba cuando la esposa no podía tener hijos varones y el esposo la amaba demasiado como para divorciarse de ella. Existían siete causas, además de la infidelidad, que justificaban el repudio de la esposa, y una de ellas era la ausencia de hijos varones. También los ritos funerarios eran de suma importancia. Su exposición ocupa la mayor parte del «Li-ki». Eran sumamente elaborados y muy variables en cuanto al detalle y a la duración, según el rango y la relación del difunto con los dolientes. Los más impresionantes de todos eran los rituales fúnebres para el padre. Durante los tres primeros días, el hijo, vestido de arpillera áspera hecha de cáñamo blanco, ayunaba, saltaba y gritaba. Pasado el entierro, para el cual se dan indicaciones muy precisas, el hijo debía llevar la ropa de luto de arpillera durante veinticuatro meses, alimentándose apenas con algo de comida, y viviendo en una choza construida al efecto a un lado de la tumba.

Se narra en las «Analectas» la indignada condena hecha por Confucio ante la sugerencia de uno de sus discípulos de que el período de duelo se recortara a un año. Otra clase de ritos de suma importancia eran los sacrificios, mencionados repetidamente en los textos confucianistas, donde se dan instrucciones para su apropiada celebración. La idea de propiciamiento a través de la sangre está totalmente ausente de la noción china de sacrificio. Todo se reduce a una ofrenda de alimentos para expresar el culto reverente de los participantes; una fiesta solemne para honrar a los espíritus, a los que se invita y de los que se cree que disfrutan de la diversión. Se preparan carne y bebidas de toda clase; hay música vocal e instrumental, y danzas de pantomima. Los ministros celebrantes no son los sacerdotes sino los jefes de familia, los señores feudales y, principalmente, los reyes. No hay sacerdocio en el Confucianismo.

El culto del pueblo en general se limita al así llamado culto a los antepasados. Algunos piensan que apenas se le puede llamar culto siendo, como es, una fiesta para honrar a los familiares difuntos. Tanto en los tiempos de Confucio como hoy día, había en cada hogar, desde el palacio del mismo rey hasta la más humilde choza campesina, una cámara o closet llamada «templo de los antepasados», donde se guardan reverentemente unas tablillas de madera en las que se inscriben los nombres de los padres difuntos, abuelos y más remotos antepasados. En fechas preestablecidas se colocaban ofrendas de fruta, vino y carnes preparadas ante las tablillas, en las que se creía que los espíritus ancestrales hacían su morada de descanso temporal.

Además, semestralmente, en primavera y otoño, cada clan realizaba honras públicas para los antepasados comunes. Éstas consistían en un refinado banquete acompañado de música y danzas, al que se invitaba a los antepasados difuntos pues se creía que ellos participaban en él junto con los miembros vivos del clan. Aún más refinadas y grandiosas eran las fiestas trienales o quinquenales ofrecidas por el rey a sus fantasmagóricos antepasados. Las familias y clanes sólo ofrecían fiestas en honor de aquellos difuntos vinculados con ellos por parentesco. Había, sin embargo, algunos benefactores públicos cuya memoria era recordada por todos y a los cuales se les hacían ofrendas de alimentos. El mismo Confucio llegó a ser honrado así después de su muerte, ya que se le consideró el más grande de los benefactores públicos. Aún hoy día se mantiene fielmente en China esta veneración religiosa del Maestro.

Hay en la Universidad Imperial de Peking (Beijing. Idem, N.T.) un templo en el que se conservan las tablillas de Confucio y de sus discípulos más importantes. Dos veces al año, en primavera y otoño, el emperador hacía una visita real a dicho recinto y solemnemente hacía ofrendas de comida, acompañado de un discurso orante que expresaba su gratitud y devoción.

En el cuarto libro del «Li-ki» se hace referencia a los sacrificios que el pueblo acostumbraba ofrecer a los «espíritus de la tierra», o sea aquellos que velaban sobre los campos de la localidad. La gente no tomaba parte activa, sin embargo, en el culto a los espíritus de mayor rango. Ello formaba parte de los deberes de los funcionarios más elevados, de los señores feudales y del rey. Cada señor feudal ofrecía sacrificios al espíritu subordinado del que se suponía que tenía cuidado especial sobre su territorio. Pero era una prerrogativa exclusiva del rey el ofrecer sacrificios a los espíritus del reino, tanto grandes como pequeños, especialmente al Cielo y a la Tierra. Cada año se celebraban varios sacrificios de este tipo. Los más importantes eran los del solsticio de invierno y verano, en los que se reverenciaba respectivamente al Cielo y a la Tierra.

Para explicar esta anomalía hay que tener en mente que el sacrificio, a los ojos de los chinos, es una fiesta para los espíritus visitantes y, que, según sus normas de propiedad, los espíritus más elevados debían ser honrados por los representantes más elevados de los vivos. Encontraban muy apropiado que fuera únicamente el rey, el Hijo del Sol, quien por si mismo y por su pueblo, realizara ofrendas solemnes al Cielo. Y así es hasta nuestros días. El culto sacrificial para el Cielo y la Tierra es celebrado solamente por el emperador, al que asiste, claro, un pequeño ejército de ayudantes, y con una grandeza de ceremonial que es asombroso contemplar. Orar privadamente al Cielo y quemar incienso para él, era una forma válida de mostrar la piedad apropiada a la deidad mayor. Esto aún se practica, sobre todo en noche de luna llena.

Política

Confucio no conoció sino una forma de gobierno: la monarquía tradicional de su tierra natal. Era la extensión a la nación entera del sistema patriarcal. El rey ejercía una autoridad absoluta sobre sus súbditos, como un padre sobre sus hijos. Gobernaba por derecho divino. Era erigido providencialmente por el Cielo para iluminar al pueblo con leyes sabias y conducirlo al bien con su ejemplo y autoridad. De ahí su título: «Hijo del Cielo». Pero para merecer ese título debía el rey reflejar la virtud del Cielo. Sólo el rey de altos ideales era quien ganaba el favor del Cielo y era recompensado con prosperidad. El rey indigno perdía la asistencia del Cielo y se convertía en una nulidad. En los textos confucianistas abundan las lecciones y advertencias referentes a este tema del gobierno correcto. Se hace el más fuerte énfasis en el valor del buen ejemplo por parte del gobernante. Una y otra vez se asienta el principio de que el pueblo no puede dejar de practicar la virtud cuando el gobernante pone el mayor ejemplo de conducta recta. Por otro lado, en más de un lugar se deja ver la implicación de que cuando abundan el crimen y la miseria, se debe buscar la causa en un rey indigno y en ministros carentes de principios.

Historia del confucianismo

Sin duda alguna fue esta inflexible actitud del Confucianismo respecto a los líderes malvados y egoístas lo que casi causó su extinción hacia finales del siglo tercero a.C. Shi Hwang-ti , quien derrocó a la dinastía Chow en el año 213 a.C., promulgó el decreto que ordenaba que todos los libros confucianistas, excepto el «Y-king», debían ser destruidos. Se amenazó con la pena de muerte a aquellos estudiosos que fuesen encontrados o en posesión de los libros prohibidos, o enseñándolos a otros. Cientos de maestros confucianistas se negaron a sujetarse a la ley y fueron enterrados vivos. Para cuando vino la reacción contraria, durante la dinastía Han, en el año 191 a.C., el trabajo de exterminación estaba casi completo. Gradualmente, sin embargo, aparecieron copias más o menos bien conservadas, y los textos confucianistas poco a poco fueron colocados de nuevo en el lugar de honor. Generaciones de estudiosos han dedicado sus mejores años a la interpretación de los «king» y los «shu», con el resultado de que a su alrededor se ha reunido una obra literaria monumental. Como religión de estado de China, el Confucianismo ha ejercido una profunda influencia en la vida nacional. Esta influencia ha sido apenas tocada por las formas inferiores del Budismo y Taoismo, las cuales, en cuantos cultos populares, empezaron a florecer en China alrededor del siglo primero de nuestra era. En la burda idolatría de esos cultos, los ignorantes encontraban la satisfacción de sus necesidades religiosas que la religión del Estado no les podía dar. Sin embargo, no dejaban de ser confucianistas por el hecho de abrazar el Taoísmo y el Budismo. Estos cultos no eran ni son otra cosa que adherencias de las creencias confucianistas y de las costumbres de las clases bajas, formas populares de devoción que se colgaban como parásitos a la religión ancestral. Los chinos educados despreciaban tanto las supersticiones budistas como las taoístas. Esto no obstaba para que algunos, que nominalmente mantenían su adhesión al Confucianismo puro y simple, sostuvieran opiniones racionalistas referentes al mundo de los espíritus. En números, los confucianistas alcanzaban los trescientos millones. (Hasta 1911, antes de la Revolución China. La «Revolución Cultural» de Mao Zedong, 1951-52, buscó erradicar totalmente las expresiones vigentes hasta entonces de cultura y educación, entre las que se encontraba el Confucianismo, por considerarlo expresión de aristocracia contrarrevolucionaria y decadente. No lo logró del todo. Regímenes posteriores han abierto de nuevo las puertas a la investigación, y con ello, el Confucianismo ha recuperado un poco de su antigua influencia en China. N.T.).

Confucianismo vs. Civilización cristiana

Hay mucho que admirar en el Confucianismo. Ha enseñado una concepción noble del Dios-cielo. Ha inculcado un notablemente alto estándar de moralidad. Ha promovido, en la medida que sabía cómo, la influencia purificadora de la educación literaria y del comportamiento cortés. Pero hoy se encuentra afectada por los serios defectos que caracterizan a toda civilización imperfecta en sus remotos comienzos. La asociación del T’ien con inumerables espíritus de la naturaleza, espíritus del sol, de la luna y de las estrellas, de las colinas, de los campos y de los ríos, el uso supersticioso de la adivinación por medio de ramitas y conchas de tortuga y la burda noción de que los espíritus superiores acompañados de las almas de los muertos se regalaban con ofrendas de espléndidos banquetes, no pueden aguantar la prueba de la inteligente crítica moderna.

Tampoco puede responder adecuadamente una religión a las necesidades religiosas del corazón humano cuando limita la participación del pueblo en la adoración solemne de la divinidad, cuando no encuentra utilidad en la oración, cuando no reconoce realidades tales como la gracia, cuando no tiene una enseñanza definida respecto a la vida futura. En cuanto sistema social, el Confucianismo ha elevado a los chinos a un nivel intermedio de cultura, pero por generaciones les ha impedido mayor progreso. Su rígida insistencia en los rituales y costumbres que tienden a perpetuar los sistemas patriarcales con sus anexos de poligamia y divorcio, de reclusión y discriminación excesivas de la mujer, y de una indebida limitación de la libertad individual, el Confucianismo contrasta dolorosamente con la progresiva civilización cristiana.

 

Fuentes:

http://www.avizora.com/publicaciones/religion_culto/textos/confucianismo_0009.htm

http://es.wikipedia.org/wiki/Confucio

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