Juan Belmonte

Biografia OpusVida por dina

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A veces, Belmonte se quedaba a dormir en el estudio de Solana o de Vázquez Díaz, a sus anchas entre libros y cuadros. Y no era una pose. Cuenta Josefina Carabias que Paco Madrid, compañero de las primeras capeas, le aseguró que junto a la espuerta con el utillaje taurino llevaba siempre otra llena de libros: «Un torero más leído y más bañado no lo ha habido ni lo habrá jamás». Con el dinero y la gloria llegaron los contratos para América, llenos de aventuras increíbles en el México de la revolución o en la Lima encantadora y colonial, que le recordaba a Sevilla y en la que encontró esposa, aunque muy flaca para los gustos de entonces. ¿Cogidas? Todas. Pero la peor fue la de Joselito. Habían llegado José y Juan a ser grandes amigos. Del mismo modo que José acabó toreando en los terrenos de Juan, y Juan aprendiendo la técnica de José, aunque con limitaciones físicas, sus dos personalidades se fueron hermanando. Viajaban juntos en el tren y se cambiaban de vagón al llegar a las estaciones, para no defraudar. Joselito, que lo tenía todo, era muy desgraciado en amores. Enamorado de una muchacha de la aristocracia andaluza, el padre se negaba a consentir su matrimonio con el torero. José llegó a dar clases para leer mejor y mejorar su letra pero todo era inútil. También estaba harto del público, que se había cansado de verlos triunfar juntos y ganar dinero. El día antes de su muerte, torearon en Madrid y Gallito le dijo a Belmonte que debían retirarse, porque así no se podía torear. Juan estaba de acuerdo. Fue una tarde horrible. José canceló la corrida madrileña del día siguiente y se fue a torear a Talavera. Allí le esperaba la muerte.

Belmonte murió con él. Luego se retiró dos veces, rejoneó, tuvo cortijo, ganado y millones. Envejeció lentamente, entre Madrid, Sevilla y su finca de Utrera. De vez en cuando se le veía en «Los Corales», con sus gafas negras, hablando poco y del tiempo. Tenía en la boca la tristeza de la muerte que fue de otro.

Galería de fotos de Juan Belmonte

La revolución de Belmonte

Belmonte fue trascendental para la historia del toreo porque impuso una revolución artística en el arte de torear. Hasta la aparición de Belmonte, torear consistía básicamente en sortear las acometidas de los toros sobre las piernas con más o menos valor y gracia. Su extraordinario dominio de los terrenos le permitió ejecutar el toreo de una forma nueva, despacio y con una cercanía nunca vista. Puso en práctica los tres tiempos de la lidia: parar, templar y mandar, a lo que más tarde agregó cargar la suerte. Rompió con el paradigma lagartijero, considerado hasta entonces ley natural, de «o te quitas tú o te quita el toro» y lo transformó en «no te quitas tú ni te quita el toro si sabes torear». La idea de torear quieto se convirtió en el deseo de todo torero, aunque con el toro de entonces no era siempre posible, y logró culminar Manolete, que alcanzó la quietud total. En resumen, la aportación de Belmonte fue sobre todo estética ya que su arte revolucionario se convirtió para las generaciones posteriores en el nuevo paradigma del clasicismo durante todo el resto del siglo XX.

Su valor y su heterodoxia, toreando de un modo que hasta entonces se pensaba imposible, lo ilustra la sentencia de Rafael Guerra (un matador de toros muy reconocido cuando comenzaba Belmonte su carrera), que le acompañó durante toda su carrera: «Darse prisa a verlo torear porque el que no lo vea pronto, no lo ve». Su épica rivalidad con Joselito dividió a la afición en gallistas y belmontistas, algo que no impidió que ambos fuesen grandes amigos y se profesasen respeto y admiración mutua. El público quería verlos juntos y coincidieron en decenas de corridas durante varios años, lo que hizo que ambos se influyesen y evolucionasen mutuamente, configurando también de forma definitiva el futuro del toreo moderno.

El mito de Belmonte

Belmonte también cambió la imagen tradicional de los toreros: se relacionó con grandes nombres de la cultura (como Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Ignacio Zuloaga o Julio Camba), que le agasajaban y le consideraban un verdadero artista, y adoptó sus modos e incluso su estilo de vestir, renunciando a la coleta clásica de torero. Sin estudios apenas pero lector empedernido (cuentan que se llevaba en sus viajes maletas llenas de libros), su inteligencia y extraordinaria personalidad le permitieron relacionarse con los miembros de la cultura y de la alta sociedad. Llegaron a organizarle un homenaje, en el que Valle-Inclán pronunció un encendido discurso en su favor. La Generación del 98, que no era en principio nada taurina (veían en los toros un síntoma del atraso hispano), se hizo belmontista casi al completo: más que la fiesta en sí misma, admiraban sobre todo al héroe que veían en Belmonte. Hasta tal punto compartía Belmonte afanes e inquietudes con ellos, que hay quien afirma que fue un miembro más de la Generación del 98 y que solo se diferenciaba en el modo de expresarse.

 

Ningún torero ha tenido antes ni después tantos apoyos entre intelectuales del máximo nivel. Un destacado representante de la Generación del 27, Gerardo Diego, le dedico la «Oda a Belmonte»:

Yo canto al varón pleno,

al triunfador del mundo y de sí mismo

que al borde –un día y otro– del abismo

supo asomarse impávido y sereno.

Belmonte fue amigo también del escritor estadounidense Ernest Hemingway y aparece de forma destacada en dos de sus novelas: Muerte en la tarde y Fiesta. Pero el que acabó de forjar el mito belmontino fue la biografía que le escribió el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales, titulada Juan Belmonte, matador de toros, su vida y sus hazañas. Fue publicada por entregas en la revista Estampa, a partir de junio de 1935. Chaves Nogales redactó la obra en forma de autobiografía a partir de las numerosas conversaciones que mantuvo con el diestro, en las cuales le iba desgranando un sinfín de anécdotas, sus andanzas picarescas durante su infancia y adolescencia en Triana, su heterodoxa formación toreando al aire libre en las dehesas y cerrados, su trayectoria profesional como torero y luego ganadero, etc. La obra de Chaves Nogales está considerada por la crítica como una de las cimas literarias del género biográfico en español y convirtió a Belmonte en definitivo mito literario.

Con casi 70 años, se enamoró sin esperanzas de una flamenca muy joven. Una tarde, salió a pasear a caballo, arreó el ganado, contempló el ocaso, volvió a la casa, subió a su habitación y se pegó un tiro.

A punto de cumplir 70 años, Juan Belmonte se suicidó de un disparo en su cortijo de Gómez Cardeña –entre Sevilla y Jerez– el 8 de abril de 1962, lo que no hizo sino inmortalizar su mito, fue enterrado en el Cementerio de San Fernando de Sevilla.

Curiosidades

Su banderillero Joaquín Miranda, después de la guerra, ocupó el cargo de gobernador civil de la provincia de Huelva y como tal le tocó presidir un festival benéfico al que asistía Juan Belmonte con un amigo no versado en cuestiones de tauromaquia. Había este señor oído campanas acerca de la biografía del gobernador rehiletero, pero no sabía dónde, y viéndolo en el palco presidencial. Le preguntó al Pasmo de Triana: Don Juan, ¿es verdad que este señor gobernador ha sido banderillero suyo?.

Belmonte le respondió con su laconismo conceptista:

Sí.

Y el otro insistió:

Don Juan, ¿y cómo se puede llegar de banderillero de Belmonte a gobernador?

A Juan le salió el genial tartamudeo de Demóstenes de la generación del 98 y respondió:

¿Po.. po… po cómo va a sé? De.. de.. degenerando…

* Achero Mañas, en la adolescencia y juventud, y Lautaro Murúa, en la vejez, interpretan al torero en la película de Juan Sebastián Bollaín titulada Belmonte (1995).

* El grupo pop madrileño Gabinete Caligari escribió una canción sobre su suicidio, titulada «Sangre española».

* La Niña de Antequera cantó «Recordando a Belmonte».

* El cantante de copla Rafael Farina le dedicó «La muerte de Juan Belmonte».

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