Simone de Beauvoir

Biografia OpusVida por magui

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Su pensamiento crítico e ideas políticas y religiosas

La dosis de artificio con que impostaba su protagonismo en aquella cultura francesa que oscilaba entre las fronteras de la intransigencia ideológica, del idealismo redentor y la literatura de compromiso, le resultaría contraproducente, tanto en sus alegatos feministas posteriores al notable y original ensayo en dos tomos, El Segundo Sexo, como en la consolidación de una imagen personal menos novelesca frente a las generaciones prorrevolucionarias que consagraban en la pareja Sartre-Beauvoir el primer logro intelectual compartido de los tiempos modernos.

Su problema era la tentación del exceso, nunca la cortedad; de ahí que, en décadas atribuladas por veredictos sentenciosos, proliferación de dictaduras, rigores colonialistas y sistemas autoritarios que abarcaban tareas del pensamiento, Simone encontrara correspondencia con su deseo de cambiarlo todo y cambiarlo bien, en especial en lo relacionado al hallazgo teórico sobre la servidumbre femenina, cuyo brote liberador coincidía con destellos revolucionarios que, en apariencia, anticipaban un cambio esperanzador en el mundo.

Es indudable que el ámbito académico e intelectual del medio siglo vivía en alerta a los juicios de estos protagonistas de un existencialismo que, de acuerdo a presiones marxistas, se inclinaba con avidez al lenguaje de lo que bien se definiría, como los títulos arrasadores de Simone, La Fuerza de las Cosas (1963) o Para una Moral de la Ambigüedad (1947). Prefirió ubicarse del lado anticolonialista y discrepante antes que ceder, en la confusión empeorada por la posguerra mundial, a la corriente representada por un antifascismo que pronto mudaría en comunismo pro soviético, de una parte, y de otra en antiimperialismo, asignado a la expansión territorial de Estados Unidos en particular, y capitalista en general, por férreos seguidores de la URSS.

Ni ella ni Sartre tuvieron que esperar el término de la Guerra Fría para darse cuenta del cúmulo de atrocidades que ambos sistemas entrañaban, aunque sus simpatías, no siempre acertadas ni desprovistas de rectificaciones debido al prejuicio ideológico, tendieran siempre a la izquierda. Durante los años setenta se hicieron casi cotidianas sus intervenciones públicas en apoyo de los pueblos subyugados. Viajaron en 1974 a Portugal, un año después de ocurrida «la revolución de los claveles». En la revista Libération, en Le Monde o en Le Nouvel Observateur aparecieron entrevistas, declaraciones y escritos divulgados en casi todas las lenguas por Occidente, concentrados especialmente en los juicios de Sartre sobre la guerra de Angola, la intervención francesa en Vietnam, el modelo de autogestión yugoslava de Tito, las relaciones de la Beauvoir con el feminismo, los conflictos entre Palestina e Israel y cuanto cupiera en la célebre afirmación sartreana: «Las luchas con que me identifico son luchas mundiales».

Como no lo hiciera escritora alguna en el mundo, Simone echó a grupa de la filosofía sus embates políticos y, a caballo de su ateísmo, confirmado desde los 14 años de edad, una pasión creadora que la acompañó hasta su muerte.

A propósito de la autodisciplina que la afamaba, dijo a Madeleine Gobeil, para The Paris Review, que siempre estaba apurada por empezar, aunque en general le disgustaba empezar el día. «Primero tomo el té y después, más o menos a las diez de la mañana, me pongo en actividad y trabajo hasta la una. Después veo a mis amigos y más tarde, a las cinco, vuelvo al trabajo y sigo hasta las nueve de la noche. No tengo problemas para retomar el hilo a la tarde. Cuando usted se vaya, leeré el periódico o tal vez saldré de compras. Casi siempre trabajar me resulta un placer (…) Veo a Sartre todas las noches, y con frecuencia a la hora del almuerzo. Generalmente trabajo en su casa durante la tarde».

Emprendió con bríos inusuales un radicalismo demoledor de lo inaceptable; empero, con sus Memorias de una Joven Formal, ensayo autobiográfico de 1958, y tras 23 libros publicados; después de abordar temas como la vejez y la muerte desde perspectivas tan dolorosas como la aceptación del deterioro físico y las luchas personales contra el propio pasado, y luego de incontables batallas contestatarias para crear, modestamente, el desorden que acaso reordenaría algunas vidas o sistemas sociales, confesó su desaliento ante la derrota: «Todo lo que hay es una inmensa desesperación que se expresa a través de ciertas formas de terrorismo. Quizá no es el momento de construir (…) No veo una esperanza positiva ni un porvenir radiante… Aun después de la derrota del capitalismo, estaremos todavía lejos de destruir las actitudes patriarcales». Esto y más dijo con tristeza a sus 76 años de edad cuando, a iniciativa del gobierno de Francois Mitterrand, en 1984, presidió una comisión oficial para incrementar expresiones culturales de la mujer, de las que se volvió símbolo y precursora del siglo XX.

Escribir y vivir fue una y la misma cosa. Escribir ensayos, novelas y memorias para vivir; y vivir para escribir en cualquier lugar, de cualquier manera, a condición de poner más de ella misma y de su experiencia, como oportunamente le recomendara Sartre, que de las cosas que suponía importantes por el hecho de ocupar la atención política de sus contemporáneos. La Invitada (1943) fue su primera obra novelada de gran aliento, lo que probó que la exactitud del pensamiento podría ser su preocupación, nunca el instrumento sostenido para desarrollar su talento.

Previa a la escritura de El Ser y la Nada, es casi obvio que sus ideas sobre las relaciones humanas fueron el surtidor fundamental en la obra considerada como la más importante de su compañero. En esas páginas, ella narró sus amoríos triangulados y por demás extraños con Sartre y Olga Kosakiewics. Primera de otras experiencias similares, ésta marcó el estilo de una peculiar tendencia a entremezclarse con figuras cercanas a uno o la otra. Estudiante de Simone, Nathalie Sorokine se consideró entre las de mayor influencia al lado del filósofo, mientras que Jacques-Laurent Bost completaba a Simone, un cuarteto que, lejos de consolidarse como experiencia recomendable, ofrecía fisuras de fragilidad sospechosa e inevitablemente relacionadas con sus quehaceres. Tolerantes en apariencia, nunca se supo hasta dónde quedaban afectados por estos amantes en tránsito que, en cierta forma, se exponían a modelos de supeditación, no obstante avaladas por su voluntad libertaria.

Muy joven aún, desde los quince de su edad, tuvo cosas qué decir. Por su importancia formativa, reconoció que fue larga la tentación de incurrir en imitaciones de sus lecturas adolescentes. Si como estudiante en La Sorbonne, donde conoció a Sartre, supo imponer su talento, al batallar con ideas no desdeñó el impacto causado por su reputación de inteligencia superior y comprometida. Como si fuera un presagio, se establecieron sus posiciones respectivas al obtener, en 1929, el grado en filosofía: Sartre el primer lugar; Simone, el segundo. En esa especie de simbiosis de la razón no consigue ocultarse la tremenda fuerza intelectual y persuasiva de ella: Un verdadero motor de discernimiento. Inclusive algunos estudiosos la consideran autora de las ideas fundamentales del existencialismo francés, incluido el de Sartre.

Hizo de su «desesperación absoluta» su único sostén, como escribiera citando a Lagneau en Memorias de una Joven Formal, al menos de manera literaria, para rellenar su ausencia de Dios y el sentido de su vida. Celosa vigilante de la soledad, le aterraba el aislamiento. Para combatirlo enarboló un feminismo profundamente intelectual sobre las bases de su necesidad de bastarse a sí misma. Apoyó el aborto, lo practicó y lo discutió públicamente desde la perspectiva inevitable de su mayor premisa: Cada conciencia que logra su libertad equivale a una superación perpetua de sí misma hacia otras libertades. Lejos de quedarse en lo anecdótico, en La sangre de los Otros (1944) explora su persistente preocupación por el tiempo y la muerte, así como el caos provocado por la Segunda Guerra Mundial. Ahí afirma algo que sería impacte te: «Es fácil pagar con la sangre de los otros…» En uno de sus capítulos destaca la discusión sobre el aborto de una pareja en términos de lealtad, amistad y amor. Maestra de mujeres, percibió desigualdades de clase y abismos que separaban los roles masculino y femenino en las sociedades ricas y pobres, tercermundistas y avanzadas. En común tienen sus personajes femeninos una confusión provocada por falsas nociones que los iguala ante una misma amenaza por la locura: «Muchísimas mujeres modernas sonlasí -afirmó-. Las mujeres están obligadas a representar lo que no son, a representar, por ejemplo, el papel de grandes cortesanas, a falsear su personalidad. Están al borde de la neurosis. Siento enorme simpatía por esa clase de mujeres. Me interesan mucho más que la madre y ama de casa equilibrada. Por supuesto, hay mujeres que me interesan todavía más, las que son tanto sinceras como independientes, las que trabajan y crean».

Nunca la abandonó el interés por desentrañar el complejo universo social que existe bajo la sujeción sexual y, para completar su repudio a la doble servidumbre de una mujer en un medio colonizado y atroz, no sólo apoyó a los rebeldes argelinos, sino que publicó, con Giséle Halimi, en 1962, Djamila Boupacha, estudió crítico que estremecería la conciencia mundial.

El hervidero externo alimentaba el furor de buscar libertades, ya que el sosiego le estaba proscrito. Eran los días del ascenso fascista en Italia, los del predominio de lo irracional sobre las tentativas liberadoras de la comunidad pensante. Sartre, a quien le atribuyeron un egoísmo monumental, padecía entonces una aguda y prolongada depresión que calificaría, posteriormente, como «la más trascendente de las soledades»: La sinrazón de la libertad existencial. Viajaba por Europa, generalmente acompañado por «El Castor», acarreando esa melancolía que, en 1938, se convertiría en La Náusea, un monumento a la nada que algunos consideraron el más radical monumento a la fatalidad del ser. Tiempo, el más intenso, del nacional-socialismo, de la xenofobia hitleriana y de la propaganda nazi organizada para la violencia. Las universidades alemanas, en plena persecución racial e ideológica, padecían un agudo retroceso al exiliar a sus mejores hombres, liberales o judíos. Las dos corrientes convertidas en punta de lanza de una nueva crítica humana, individual la una, y de aspiraciones universales la otra, abrieron un gran paréntesis entre las premisas apenas esbozadas por Sartre y el existencialismo y, por otra parte, las postuladas por la Escuela de Francfurt, desde una visión totalizadora de la conciencia y la sociedad.

Joven aún, más aguerrida que nunca, Simone era como un río caudaloso en busca de cauce. «Ponerse en situación» era consigna. Nada mejor que la circunstancia europea para deslindar el compromiso que congregara una posición política y sus preocupaciones filosóficas: El ser, la crítica y la libertad, especialmente ante la inminencia del acoso. Durante la Pascua de 1932, Simone de Beauvoir arrastra a Sartre a Bretaña, animada por su inagotable curiosidad. El aprovechó su estancia para orinar sobre la tumba de Chatobriand y descubrir la existencia literaria de Kafka. Los presagios del absurdo anticipado por el genio de Praga coincidían con la tormenta que caería sobre Europa. La pareja francesa vivía etapas de inusual turbulencia. Es el tiempo en que Sartre padeció las memorables alucinaciones de una razón acosada. Sus figuraciones de escarabajos y langostas quedaron fundidos a razonamientos sobre la condición del hombre condenado a una irremediable soledad.

El pánico que invade a los franceses en marzo de 1935, coincide con la mayor crisis de Sartre, agudizada por su afán de experimentar alcances en las anomalías de la percepción. Simone, después de telefonearle al hospital Saint-Anne, donde le habían aplicado inyecciones de mezcalina, afirmó no sin preocupación: «Sartre me dijo con una voz confusa que mi llamada le arrancaba de un combate contra unos pulpos, en que ciertamente no hubiera llevado la mejor parte… No había tenido alucinaciones; pero los objetos que percibía se deformaban de una manera espantosa: Había visto paraguas, buitres, zapatos, esqueletos, rostros monstruosos; y por los lados, por detrás, se removían cangrejos, pulpos, cosas gesticulantes…»

3 de enero de 2008 de la revista Le Nouvel Observateur en ocasión del centenario del nacimiento de Simone de Beauvoir publicó una foto inédita, o al menos poco conocida, que la muestra desde un punto de vista provocador- como siempre le gustó ser.

Durante el clímax del nacional socialismo, los principales colaboradores de la Escuela de Francfurt -Theodor Adorno, Horkheimer, Marcuse, Fromm, Bloch y Kofker entre otros- fueron obligados a interrumpir sus tareas en torno de un renovador pensamiento marxista y crítico. La diáspora se hizo imparable. El fascismo, especialmente salvaje y anticultural, se ensañó contra académicos, escritores y artistas. Era la hora del asalto a la razón definida por Luckacs, el momento de la mayor crisis padecida por intelectuales europeos y la oportunidad para despertar una conciencia de libertad que especialmente Sartre y Simone derivarían hacia una reflexión de la muerte, desde su original imagen del infierno compartido con «los otros»: La muerte es el fracaso de la vida.

Con el triunfo de los aliados, dos sentimientos dominaron el ánimo: Angustia y afán de liberación. El primero, por la proximidad de la muerte y los efectos fascistas que Simone no tardaría en incorporar en el tratamiento de sus temas. El segundo, sobre todo en Francia, por los cinco años de ocupación alemana. Una ideología rígida, vinculada a la fuerza militar, les provocaba repudio a cualquier acto de tiranía, a lo que se llamó «libertad de espíritu». Una actitud que habría de configurarse en sustento crítico de un renovado debate en favor de la dignidad humana. En medio de tan tremenda agitación, la Beauvoir deslindó las claves de su estética y su filosofía para recogerlas después en su Etica de la Ambigüedad: «Para que el artista tenga un mundo que expresar primero debe situarse en el mundo. Debe experimentarse como opresor u oprimido, resignado o rebelde, un hombre entre los hombres».

Solidaridad, fraternidad, independencia y comunicación fueron propósitos de «unidad sagrada» entre escritores que, desde París, recobraban un vital optimismo por cuanto consideraban «actitudes comprometidas»: En lo individual, consciencia de sí, de la finitud existencial y la libertad limitada del «ser en situación»: Elementos del lenguaje existencialista encabezados por Sartre y aplicados por Simone a lo largo de su obra. En lo social, repudio a las guerras, a las torturas y a posiciones totalitarias de partidos o sistemas políticos.

Años después -aún entre coetáneos- en definitiva se divulgaría ese lenguaje, con todo su vocabulario, como seña de identidad y punto de referencia crítico. Cúspide de unasoxpresión que congregó la mayor popularidad sartreana y el principio del fin de su condición de símbolo, 1968 fue, para la pareja, la mayor evidencia del cambio generacional, a pesar de que unas 50 mil personas se unieron al cortejo fúnebre del filósofo, principalmente jóvenes, y con todo y que a diario aparecen flores frescas sobre su tumba. Su influencia, sin embargo, sería tan poderosa que, desde su referencia, cualquier discrepante se sumó a la categoría de «intelectual» y otros se denominarían «escritores comprometidos», en función de la discrepancia, especialmente frente a las dictaduras, a la intolerancia y a la violación de derechos: Precisamente los móviles que, con el colonialismo cifrado en Argel, llevarían a Simone de Beauvoir a escribir El Segundo Sexo.

A pesar de su origen y situaciones precisos, el término «comprometido» ha variado desde entonces con la circunstancia nacional; pero, también, por las transformaciones de la literatura, de la política y la sociedad: Algunos autores soabienen que no hay más compromiso que el de la creación en sí, al margen de los acontecimientos políticos. Otros, más actuales y ajenos a la turbulencia política, insisten en la sola virtud del lenguaje, en cierto fervor por la voz, la propia, cuyo universo principia y concluye en una suerte de inventiva intimista. En todo caso, para aclarar u oponerse, persiste la sombra de estos dos seres infatigables en su tarea de concientizar a favor de una vida más digna.

El legado de la posguerra francesa, del que no puede sustraerse la importante presencia de Simone, continúa distinguiendo a las unívocas «actitudes de compromiso». Es decir, las de la inteligencia crítica al servicio de la fraternidad solidaria, apoyada en los imperativos éticos del humanismo. Con la aparición de la revista Les Temps Modernes, octubre de 1945, Sartre y Beauvoir compartieron esa disposición a la libertad de juicio y al enjuiciamiento con escritores con quienes poco o nada podrían identificarse. A pesar de sus diferencias, la colaboración parecía animada por una acción fraternal y relaciones que, lejos de pretender el convencimiento directo, se apoyaban en la defensa de los oprimidos de Argelia, contra la invasión de Vietnam, al denunciar el proceso Slansky o los campos de concentración soviéticos. Francia era el centro de sus juicios más radicales, aunque nunca su sola preocupación. Merleau-Ponty y Sartre escribirían una página memorable que pasaría a la historia como una de las críticas más valientes y anticipadas de la realidad soviética.

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