Tato Bores

Biografia OpusVida por magui

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Primer Actor Cómico de la Nación

Fragmentos de las memorias incompletas escritas por el propio Mauricio Borensztei extraídas del libro que es, a la vez, memorias, biografía y homenaje póstumo, del periodista Carlos Ulanovsky, traza un perfil inédito de una de las figuras más representativas del humor político argentino.

20 de junio de 1994

“Después de ganar cuatro Martín Fierro de las cinco nominaciones que tuvo nuestro Good Show de 1993, les voy a contar un secreto: no me quiere ningún canal. El 13, porque soy muy caro, carísimo según ellos, me la llevo toda. El 11 (Telefe, según ellos, pero para mí es Canal 11) tampoco, ya les contaré por qué. ATC porque es el canal oficial y yo no soy oficialista por razones de laburo (porque si no… en una de ésas, quién le dice, ¿no?…). El 9 tampoco, porque huele a frito. El único canal que me ofreció laburo fue América 2, pero es un canal con poca audiencia. Y con la poca audiencia que tuve en 1993 por mi propia cuenta ya es suficiente. Pero comencemos por el principio (…)

La cosa empezó no sé en qué momento de 1992. Nuestro programa Tato de América era espectacular. El dueño del canal, cada vez que se encontraba conmigo por los pasillos me besaba, me decía: —Maestro, es para mí un orgullo tener este programa en el canal. Teníamos un gran éxito y una repercusión formidable entre el público y la crítica, y si bien no íbamos primeros en las mediciones, teníamos una gran audiencia y le restábamos muchos puntos al que iba primero. Ese año, como los anteriores, a la segunda emisión el patrón ya quería firmar para la temporada siguiente. Y no me pregunte por qué, yo siempre la llevaba a la larga y siempre terminaba perjudicándome, porque siempre al arreglar terminaban por sacarme alguna ventaja. Si yo hubiera firmado contrato cada vez que me lo pidieron seguramente no habría pasado lo que luego pasó y que terminó conmigo sentado en mi casa y sin laburar. Sin yo saberlo, el gerente artístico de Telefe perseguía a toda hora a mi hijo Sebastián, que era el capo de mi programa, guionista, director y productor.

Se lo laburó de tal manera que lo convenció de cambiar de canal, porque además, Seba quería hacer una gran producción, para lo cual tenía que hacerse sólo un programa por mes. Cuando lo tuvo convencido y me lo comentó, yo me resistí por muchas razones: no me gusta cambiar de canal, no me gustaba el formato de una vez por mes y, además, tenía la corazonada de que no iba a andar. Pero el gerente artístico de Canal 11 se instaló en mi casa en septiembre y no me dejó ni a sol ni a sombra. A todo esto, en Canal 13, donde sabían –porque hasta lo había dicho al aire en el último programa del ’92– que yo de ese canal no me iba a ir porque era un perro fiel, al patrón Lucio Pagliaro se le había puesto en el coco que yo ganaba mucho y ellos no ganaban casi nada, que toda me la llevaba yo etcétera, etcétera, etcétera. Les estoy contando de cuando el ciclo ya había terminado, y ya estábamos casi en diciembre, cuando todos los que tienen que renovar los contratos ya los tienen atornillados, menos yo porque Pagliaro no sabía sólo lo que quería; mejor dicho sabía, pero no cómo instrumentarlo.

Que le bajara mi porcentaje, que le trajera la lata hecha de afuera y ellos me la compraban; realmente me daba la impresión en ese momento, de que no sabía lo que quería. Total que un día el abogado del canal me mandó para que le firmara el contrato, donde había un descuento en mi porcentaje de un 5%, pero además una cláusula de costo de producción donde me daban una cifra bastante importante para cada programa, pero si en un programa se gastaba menos, en el que seguía no podía gastarse más de lo estipulado. Pero eso no era lo más importante, lo curioso es que en los gastos de producción se incluía algo así como la parte proporcional del desgaste de las máquinas que se producía durante la grabación de mi programa, la parte proporcional que debía descontarse para pagar al personal de vigilancia del canal, o algo muy parecido.

Cuando leí eso le dije a Pagliaro: —Pero eso es incontrolable, nadie puede hacer un cálculo exacto de cuánto dinero puede representar eso. —Usted tiene que confiar en nosotros… –me dijo. —Yo confío en ustedes, pero… No le firmé porque me puse firme en que esa cláusula había que revisarla, y me fui a Punta, porque ya era tiempo, y quedamos en que nos hablábamos. Demás está decirles el acoso de Gustavo Yankelevich, pero yo no aflojaba porque quería quedarme en Canal 13. Los primeros días de enero del ’93 concerté por teléfono una cita con Pagliaro; fui a Buenos Aires y hablé con él muy amistosamente; le pedí por favor que estudiara una fórmula mejor; le dije que de Canal 11 me tenían podrido para que me fuera con ellos, pero yo no quería. Me dijo que ese fin de semana se iba por una semana de vacaciones, luego venía y me iba a hablar, porque después ya se iba por todo el mes de febrero. Dije que bueno y salí del despacho. De pronto me paré en el pasillo, me apoyé contra la pared y pensé: “Si cuando este hombre me llame no nos arreglamos, luego se va de vacaciones por un mes, va a llegar marzo y no voy a tener nada arreglado, de puro leal a un canal donde trabajé durante diecinueve años”. Volví al despacho de Pagliaro, y cuando me vio se le transfiguró la cara de fastidio (debo aclarar a esta altura del partido, que yo debo ser el único artista con el cual almorzó y recibía cuantas veces era necesario). —Doctor –le dije–, usted me tiene que llamar este fin de semana, porque si no, ¿cuándo vamos a arreglar? —Bueno –me contestó–, lo llamo antes de irme. Me pasé todo el verano llevándosela a la larga a Gustavo Yankelevich, pero Pagliaro jamás me volvió a llamar, hasta que no me quedó más remedio que firmar el contrato con el 11. Y allí comenzó lo que por fin terminó con un año sabático: el de 1994. (…)

Comenzó un ciclo mensual, que iba a salir al aire el último lunes de cada mes. —Tato –me dijo Gustavo Yanquelevich–, esta programación le va a costar al Canal 13 una película excepcional extra cada mes –porque los canales suelen gastar una gran película al comienzo del mes, luego mandan producciones discretas para mantenimiento. —Gustavo –le dije–, no me dejás opción, pero como creo que el formato de una vez por mes no va a caminar te exijo un contrato en firme para 1994, así tendré revancha. —Dalo por hecho –me contestó–, pero cuando el abogado del canal, el doctor Paz, vino a mi casa con el contrato para que lo firmara, vi que para el año ’94 la opción no era en firme, sino que era opción por ambas partes. —No –le dije–, este contrato hay que rehacerlo. El ’94 tiene que ser en firme, no opción. —No es lo que se estila –me contestó el abogado. ¿Pero con quién arregló eso? —Con Gustavo… —Entonces, Tato, fírmelo, no me haga ir de vuelta al canal a rehacerlo –había venido a mi casa para la firma–, si Gustavo se lo dijo, es palabra santa; además, es el patrón, firme, no va a haber problema… Y firmé… soy un boludo grande, no puedo echarle la culpa a nadie, yo que siempre, pese a la sencillez de mis contratos, siempre fui muy puntilloso para las cláusulas, por primera vez entré como un caballo. Aquí voy a descansar un rato con la computadora, porque recordar todo lo que pasó me produce sarpullido… Bueno… se empezó a preparar la preproducción para el programa número uno. Yo no intervine para nada, como había sido en los últimos años, mucho por comodidad y además porque confiaba plenamente en mi hijo Sebastián, y al principio también en mi otro hijo Alejandro, que en realidad había sido el inventor de toda esta historia en 1987. También tengo que aclarar que Alejandro estuvo con nosotros hasta el final de la temporada del ’90, para luego retirarse y dedicarse a su profesión de arquitecto, dejándolo solo a Sebastián, y a mí (por qué no decirlo) con un susto padre… Pero me fui por las ramas… Era 1993, yo me había rajado a Canal 11 y estábamos en la pre y ya producción del primer programa, que comenzó en los finales de enero, para salir al aire el último lunes del mes de mayo, con una promoción y un éxito que superó las expectativas de todos nosotros. Al día siguiente del primer programa, las crónicas de todos los diarios, con la única excepción de Ambito Financiero, fue bárbara. Todas las radios, todos los programas de televisión que se dedican a hacer crónicas del espectáculo fueron unánimes: nuestro Good Show había marcado un antes y un después en la TV local y alrededores. Pero como se verá más adelante nos sirvió lo mismo que ventosas a un muerto… El teléfono en casa no paraba de sonar: llamaban desde los amigos de toda la vida hasta gente que jamás me había llamado, gente de todo el país (todo el país tiene el teléfono de los artistas, ésa es la impresión que tengo). Gente del arte, colegas, gente de la política… hasta que de pronto sonó el teléfono y ¿quién creen que me llamó en persona?, Su Excelencia Carlos Saúl I…

—Mucho dos horas conmigo –me dijo con acento riojano. Yo, asombrado por el reto –porque era un reto–, no sabía qué contestarle. —No sé qué decirle Señor Presidente –balbuceé…—Decime Carlos –me contestó. —Disculpe –dije yo–, usted para mí es mi Presidente. —Todos me dicen –prosiguió– que me diste demasiado. Supongo que se refería a sus amigos que el oro le produjo, porque no creo que el Presidente se quede dos horas mirando un programa de Tato Bores, o a lo mejor sí, ¿por qué no? En el primer programa habían aparecido, en muy breves partes, Neustadt y Sofovich. Repito que no sabía qué contestarle. —Vea –le dije–, en el humor cabe todo, desde la ironía y sutileza más fina hasta la grosería más gruesa. En el último número de la revista Somos reproducen un artículo del diario El País de Madrid, donde a doble página se ve una foto, seguramente trucada, donde aparecen juntos y desnudos, con los genitales al viento, Felipe González; su rival en las elecciones, Aznar, y Jordi Pujol “el catalán…”. —¿Ah, sí? –me dijo. —Así –le contesté. La conversación terminó, y la única que supo fue Berta. Nunca se lo conté a Sebastián ni a ningún pibe del equipo, para no enchufarles lo que yo había padecido durante tantos años: la censura y, lo que es peor, la autocensura. Lo conté al final del ciclo. O sea que el segundo programa fue tan bueno como el primero, y el tercero mejor todavía. Pero deje que me tome un descansito y enseguida vuelvo.

El segundo programa debió haber salido el último lunes de junio pero mi mamá, que tenía noventa y nueve años, dijo basta y se murió el 22 de junio, razón por la cual se postergó la grabación y el segundo programa recién salió el primer lunes de julio. Pero como además no se podía retrasar el tercer programa, salió al aire el último lunes de julio, o sea que hicimos un salto de mayo a dos programas en julio, con lo que desconcertamos no sólo al público, sino también a nosotros. El cuarto programa salió al final de agosto, donde nuestro rating, naturalmente, comenzó a bajar varios puntos. Allí fue donde me di cuenta (nunca es tarde cuando la dicha llega) de que no teníamos promoción en el canal: sólo anunciaban nuestro programa el viernes anterior a la salida al aire, y un aviso en los diarios el día del evento, porque les puedo asegurar que nuestro programa era realmente un evento. Lo fui a ver a Gustavo Yankelevich, creo que fue la primera vez en la temporada, para decirle que nuestro programa no tenía la promoción en pantalla que tenía el resto de la programación del canal… —Y bueno –me contestó–, no se puede hacer promoción toda la semana a un programa que sale una vez por mes. —Eso me lo tenías que haber dicho antes de firmar el convenio… Pero ya no había con quién hablar, la suerte ya estaba echada, por alguna razón el programa no les interesaba más pese a que no faltaba plata para la producción. Esto merece un párrafo aparte. A todo esto, Canal 13 nos reventaba con el rating cómodamente: por las dudas, los lunes que nosotros salíamos levantaba La aventura del hombre, que iba a las 21 horas, y empezaba con El Mundo del Espectáculo una hora antes, para enganchar al público y reventarnos mejor. Esto no es reproche, es el negocio, yo hubiera hecho lo mismo. En el fondo no dejaba de halagarme, nos tiraban con todo porque éramos (somos) muy buenos. A veces tenía ganas de llamarlo a Pagliaro para decirle que no se molestara en levantar La Aventura del Hombre, ya Telefe se encargaba de ahuyentar a los clientes. Los dos últimos programas de noviembre y diciembre le pidieron a Sebastián que hiciera un refrito de los programas anteriores para no gastar en la producción, excepto el monólogo y el llamado telefónico con el Presi. Otra cosa que hicieron para joder un poco más fue mandar el programa de noviembre en la mitad de la semana, sólo el programa de diciembre salió con conocimiento mío el día 15 porque eso figuraba en el convenio. A todo esto, vale la pena decir que nuestros programas, del primero al último, estaban llenos de todos los segundos de publicidad que permitía el canal. Cuando estaba por terminar el ciclo, Gustavo me llamó para decirme que para el ’94 yo iba a tener mi programa semanal los jueves a las 22 horas. Le dije que no me gustaba el horario, que por qué no me ponía los lunes a las 21. No podía, me dijo.

—Bueno –dije yo. Quedamos en que lo iba a pensar, y cuando le contesté que sí, me dijo: —No… No sé si fue él por su cuenta quien tomó la decisión, si intervino la mano negra, lo cierto es que me sentó de culo y me sacó de la televisión. Traté de llamarlo por teléfono alguna vez. Jamás me atendió. La prueba de que estoy contando la verdad y nada más que la verdad es que Sebastián, los coautores Pedro Saborido y Omar Quiroga, y el productor ejecutivo Emilio Cartoy Díaz siguieron cobrando todo el año ’94, porque sus contratos se hicieron por los dos años. El único que quedó afuera fue el Maestro, el más grande, el no te mueras nunca… “Yo, el Boludo”; además quedó desmantelado todo el equipo de producción, pero esto ya es otra historia.

Me olvidaba… nuestro programa fue el único de la temporada 1993 con cinco nominaciones en distintos rubros para el Martín Fierro, de las cuales ganó cuatro. Esto sin contar que Good Show ganó el premio Ondas de la cadena española Ser, que a Sebastián lo mandaron a buscar, pero nunca le dieron la menor trascendencia. ¿Te imaginás qué hubiera pasado si se lo hubieran dado por cualquier otro programa del canal? Mamita, el quilombo que hubieran armado. Además, debo decir, ¿por qué no?, que Good Show fue un programa que representó a la Argentina en una muestra en Canadá –que no reparte premios, la sola invitación con pasaje y hotel incluidos es el premio–, ¿qué tal? Pero tampoco le dieron pelota. Luego sigo. Mirá si hay para contar. Después de releer esta última parte de cómo fue que quedé fuera de la TV durante el ’94, me doy cuenta de que le falta un poco de gracia y otra cosita como dice La Bamba. Claro uno no es ni Woody Allen ni Groucho Marx, pero es que leyéndolos a ellos uno se da cuenta de que hay momentos en los que no hay de qué reírse, pero es igual interesante para leer. Es más, los otros días le regalaron a Berta unos libros, entre ellos la autobiografía de Charlie Chaplin; no sólo no hay de qué reírse (por lo menos en las primeras treinta páginas) sino que es bastante latosa y poco amena.

Aquí me parece que me acordé de lo que se me había borrado (un cacho de lo que escribí, que me había salido muy gracioso, gracias a mis dedos mágicos me desapareció de la pantalla y nunca más lo encontré). Hablaba de la censura y la autocensura, y de que esta vuelta mi salida de la televisión era de lo más siniestra por lo sutil. Lógico, como no me podían sacar del aire, como lo hicieron tantas veces, con impudicia, esta vuelta lo hicieron mucho mejor, tal cual se lo conté anteriormente. Y, por el momento, no tengo derecho al pataleo, porque el ciclo se cumplió hasta el final, y si yo llegara a abrir la boca tendrían todo el derecho del mundo para decir: “No le renovamos para el ’94 porque sus programas al final tenían muy poca audiencia”.

Fragmentos

A continuación fragmentos de algunos de sus monólogos, publicados por Santiago Varela en el libro Good Show (Ediciones de La Flor), serán los encargados de hacer recrear en la mente de aquellos que lo admiraron los recuerdos de realidades pasadas y de uno de sus mayores observadores. Sólo basta con recordar su voz para sentir nuevamente a Mauricio Borensztein, o simplemente, a nuestro Tato.

«Ayude a Cavallo: no pague por el pito más de lo que el pito vale», 9 de junio de 1991.

“Salgo y me encuentro con mi gran amigo el analista político José Yo Te La Explico.

—José, vos que sos un especialista cantame la justa. ¿Cómo es el estofado? Adelina se quiere separar de Alsogaray. Duhalde se quiere despegar de Cafiero para que no lo confundan. Los radicales se quieren abrir de Alfonsín; todos los que antes decían que con don Raúl eran como chanchos ahora dicen conocerlo sólo de vista. Hasta Rico, que con Seineldín eran tujes y calzoncillo, ahora no le quiere ni prestar la pomada. ¿Cómo es la cosa?

—Fácil, Tato. Es como el baile de la escoba. Cada vez que hay elecciones tiran la escoba y todo el mundo a rajar y a buscar pareja nueva. Nadie quiere quedarse pegado”.

«A cada privilegio le llega su San Martín», 21 de julio de 1991.

“Escúcheme Tato, —me dijo el cafetero José Bandeja—. Aquí el tema no es la guita sino que los diputados pongan el glúteo en la banca, que para eso los votamos.

—Lo que pasa, Tato —intervino Pierri tomándome del brazo— es que algunas leyes las usan para jugar a las figuritas. Te doy esta ley por esta otra. Te cambio esta difícil por tres fáciles. Se da cuenta Tato, ésta es la verdad de la milanesa. No es solamente que algunos diputados se rajan, que sí se rajan; no es solamente que algunos estén dedicados a la campaña, que sí están dedicados a la campaña; no es solamente que algunos faltan porque se les cantan los fueros, que sí faltan, sino que además está esto de las transas. Y cambiarlo va a ser más difícil que hacer gárgaras boca abajo —concluyó Pierri con mirada triste, me regaló un preservativo con un cartelito que decía ‘Para uso exclusivo de la Cámara. Trate de no utilizarlo mientras hace uso de la palabra’ y se las tomó».

«Melena pone impuestos como ninguno y en cada dólar pone su corazón», 30 de junio de 1991.

Puse los patines en quinta y en menos de lo que canta un mirlo llegué a la Casa de Gobierno. Ahí me sorprendió que, en lugar del granadero de siempre, estaba una tortuga ninja.

—Alto, ciudadano Tato. Son quince lucas la entrada.

—¿Cómo quince lucas?

—En realidad, son quince lucas a la entrada y quince lucas a la salida.

—¿Esto es un afano! ¡Cuándo estaban los granaderos esto no pasaba!

—Es probable, ciudadano Tato, pero los granaderos daban pérdida; por eso decidieron privatizar el servicio. Así que ahora el que no se pone no pasa.

—De acuerdo, —dije mientras gatillaba—, pero entonces no me llames ‘ciudadano Tato’, llamame ‘cliente Tato’, porque en este ispa cada vez somos menos ciudadanos y más clientes”.

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